06/04/2019 / 20:06
José Serrano Belinchón


Imagenes

Los Alvira

 Tomás Alvira, como su coetáneo Víctor García Hoz y otros nombres señeros han sido grandes defensores de la educación integral.

 


  En la tarde noche del pasado día 28 de marzo, tuvo lugar en la sala Tragaluz del teatro Buero Vallejo de nuestra ciudad, una conferencia titulada “Los Alvira, relato de un matrimonio camino de los altares”, a cargo de María Isabel y Tomás Alvira Domínguez, hijos del matrimonio al que se hacía referencia en el título. Las más de doscientas butacas de la sala resultaron insuficientes, por lo que algunos de los asistentes la siguieron de pie.
     El motivo fue la feliz noticia de encontrarse iniciado el proceso de beatificación de sus padres, Tomás Alvira y Paquita Domínguez, ambos miembros del Opus Dei, circunstancia nada corriente en la Historia de la Iglesia, pues matrimonios declarados santos hay varios, pero en un mismo proceso solo hay dos, y éste es uno de ellos. Paquita era maestra y Tomás,  al que recuerdo haber tenido el gusto de conocer en vida, catedrático de instituto, doctor en Ciéncias Químicas, e investigador del CSIC. Padres de nueve hijos, aragoneses ambos, de Borau (Huesca) ella, y de Villanueva de Gállego (Zaragoza) su marido; si bien la vida familiar, prácticamente desde su matrimonio, transcurrió en Madrid, y su lugar de vacaciones Maranchón, conocido pueblo de la provincia de Guadalajara.
    Tomás Alvira, como su coetáneo Víctor García Hoz y otros nombres señeros en el mundo de la educación como arte, y de la Pedagogía como ciencia en la España del siglo XX, han sido grandes defensores de la educación integral, donde jamás se ha de prescindir del elemento religioso como parte indispensable para una formación completa; deficiencia que puede surgir, y a la que estamos expuestos, cuando los aires de la política dominante soplan en dirección contraria.
        Éste es el espíritu pedagógico del profesor Alvira, que transcribo en sus propias palabras, y que jamás debiera faltar en el quehacer diario de los maestros católicos: “Me di cuenta de que actuaba como enseñante, así se dice ahora. Actuaba sólo como transmisor de conocimientos, como cauce de canal, como cable transmisor, pero pensé que yo debía ser algo más, mucho más, debía ser educador, y por tanto, ayudar a mis alumnos al desarrollo de su personalidad. Debía ser no sólo cauce, sino corriente de agua que fertiliza, energía que pone en movimiento. Si se compara muchas veces al profesor con el agricultor que cultiva la tierra, hemos de pensar que éste no se conforma con sembrar, sino que mulle la tierra, riega y añade fertilizantes adecuados para las plantas que cultiva. ‘Este fue el comienzo de una nueva vida cargada de ilusiones, porque había encontrado con claridad el camino de mi vocación de educador…”.

 


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