07/08/2021 / 10:30
José Serrano Belinchón


Imagenes

Pelegrina en la memoria

 Fue el insigne naturalista Rodríguez de la Fuente, tan injustificadamente olvidado, el último descubridor y promotor de los barrancos de Pelegrina, quien tomó aquellos parajes como escenario ideal para sus correrías acerca de la fauna salvaje de la Península.


No son muchos los lugares de la provincia de Guadalajara que, con tantos merecimientos paisajísticos e históricos, como lo es el rincón de Pelegrina, sean a su vez tan poco frecuentados por el público excursionista de dentro y de fuera de la capital. Algún que otro pequeño grupo de estudiosos, interesados por la Geología o simpatizantes de nuestra fauna nacional, suelen aparecer por allí de tarde en tarde, hacen lo que tienen que hacer, ven lo que tienen que ver, se saturan del espectáculo natural de los farallones y de las cárcavas del río Dulce, y se marchan enseguida con el propósito de regresar de nuevo en mejor ocasión. Fue el insigne naturalista Rodríguez de la Fuente, tan injustificadamente olvidado, el último descubridor y promotor de los barrancos de Pelegrina, quien tomó aquellos parajes como escenario ideal para sus correrías acerca de la fauna salvaje de la Península. Lo que no deja lugar a duda es que, tomando como referencia aquellas inolvidables imágenes televisivas, uno acaba por regocijarse en el recuerdo al considerar cómo toda aquella maravilla, perdido paraíso para estos tiempos que corren, la tiene al natural, sin mascarillas ni mistificaciones, en la puerta de su casa.

En el mirador sobre el barranco, junto al ramal de carretera que va desde Torremocha del Campo hasta Sigüenza, un matrimonio de avanzada edad acaba de colocar un humilde ramo de flores al pie del monumento que recuerda al viajero la personalidad y la obra del naturalista fallecido. El detalle resulta emotivo en un momento de falsas idolatrías, donde por lo general la gratitud y el reconocimiento son monedas caducas y de escaso porvenir. La tarde anda de caída; los buitres y los quebrantahuesos dibujan lentamente círculos concéntricos sobre el cielo de Sigüenza. A nuestra izquierda se alcanza a ver, lejana, la chorrera que el río produce al despeñarse por la angosta abertura que, con el paso de los siglos, consiguió surcar entre las rocas. El rugido de las aguas al caer apenas llega hasta nosotros. Después, tomando, el arroyo pasa lento entre los arbolillos en sombra que crecieron a lo largo y el apacible hierbazal por el que se cuela, como una cinta, la estrecha senda de los campesinos. En pleno verano, cuando la media tarde abre en la comarca, el barranco del río Dulce se cubre de sombras antes de abocar en Pelegrina. El pueblo aguas abajo, sobre un leve oterillo en medio de la vertiente. Pelegrina se apiña en torno a los cuatro muros, todavía en pie, de la antigua fortaleza de los obispos. 


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