23/05/2020 / 17:13
Manuel Angel Puga


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Pensando en positivo

Una de las consecuencias de esta pandemia es que se haya purificado el aire que respiramos, que haya bajado el nivel de contaminación en las ciudades, al no existir casi tráfico en ellas.


Ante los miles y miles de muertes (se tardará mucho en conocer el número exacto) causadas por el coronavirus, ante la angustia y la impotencia que todos sentimos, ante los graves errores cometidos por quienes deberían velar por nuestra seguridad, y ante la crisis económica que se avecina, se hace difícil, por no decir imposible, pensar en positivo. Sin embargo, debemos hacerlo, aunque solamente sea para poder seguir viviendo con un mínimo de ilusión.

Velando por nuestra salud mental y velando también por la de quienes nos rodean, no es bueno centrarse demasiado en el lado negativo de esta pandemia, es decir, centrarse en la muerte de los seres queridos o conocidos, en las numerosas situaciones dramáticas que se están originando, en los muchos días confinados en nuestras casas, en el miedo a que haya un repunte de contagios, en el pánico a perder el puesto de trabajo o al hecho de haberlo perdido ya, etc., etc… Darle vueltas a todo esto no soluciona las cosas y puede hundirnos cada vez más en el abismo. Además de extremar todos los cuidados y todas las precauciones para no contagiarnos, ahora es conveniente pensar en el lado positivo de este gran mal, aunque cueste hacerlo.

Y pensando en este lado positivo nos encontramos con un gran beneficiado: el planeta Tierra, nuestra “casa común”. Una de las consecuencias de esta pandemia es que se haya purificado el aire que respiramos, que haya bajado el nivel de contaminación en las ciudades, al no existir casi tráfico en ellas… Sí, es cierto que el coronavirus está acabando con la vida de miles y miles de personas en el mundo, pero no olvidemos que más de medio millón de seres humanos mueren cada año, víctimas de la contaminación del aire. Conviene no olvidar este hecho.

  Y si pensamos en los ríos o en los mares veremos que sus aguas están ahora limpias y cristalinas, como no se conocía desde tiempos inmemoriales. Por tal motivo en muchos lugares, en los que habían desaparecido, han vuelto de nuevo los peces, como está ocurriendo, por ejemplo, en los canales de Venecia. Por otra parte, en España tenemos el caso de la Alhambra de Granada, donde sus numerosos estanques, ahora olvidados y sin visitantes, se están llenado de ánades reales y de patos azulones, aves migratorias que han encontrado allí su particular paraíso para quedarse a vivir… El coronavirus está matando a mucha gente; cierto, pero la vida está resurgiendo con fuerza en muchos sitios del planeta Tierra, precisamente, donde nosotros la habíamos destruido.

Pero también en la vida espiritual tiene esta pandemia su lado bueno, su lado positivo. Es muy cierto que en muchos de nosotros se ha reavivado el sentimiento religioso. Muchos hemos despertado de la tibieza espiritual en que estábamos sumidos. Había muchos creyentes que estaban adormecidos a causa de esa inercia familiar y social que les empujaba a creer, pero que carecían de auténticas convicciones religiosas… 

Tantas muertes a nuestro alrededor, tanta desolación e impotencia nos están haciendo despertar, nos están haciendo ver que necesitamos a Dios, que sin Él no somos nada. La fe se ha reactivado estos días en quienes la habían olvidado… Incluso hay personas no creyentes que empiezan a percatarse de que el laicismo y el ateísmo no son el camino acertado… El coronavirus está reavivando una fe en Dios y una esperanza de vida eterna que estaban desapareciendo. Esto es algo positivo, sin duda alguna.

Pese a todo, lo que más se está reavivando es el amor al prójimo, la caridad cristiana. Esta pandemia está poniendo de relieve que el ser humano es capaz de olvidar las diferencias de ideología política, de raza, de religión o de clase social cuando surge una gran desgracia, como ahora ha ocurrido. Esto es algo esperanzador. Los gestos de caridad y de desinteresada ayuda al prójimo están siendo incontables: hoteles que cedieron sus dependencias para que se convirtieran en hospitales; taxistas que transportaron gratis a personas contagiadas; voluntarios de Cruz Roja llevando comida y ropa a los más necesitados; la Asociación Hazte Oír proporcionando botellas de agua mineral y mascarillas a muchos hospitales; numerosas personas anónimas que han hecho donaciones al Banco de Alimentos o a Instituciones caritativas… La caridad obró el milagro de que todos los corazones latiesen al unísono por amor a Dios y por amor al prójimo… Todos hemos podido comprobar que donde abundó el mal de la pandemia sobreabundó el bien del amor, de la caridad… Y esto es algo positivo y alentador en una sociedad que está sufriendo.


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