Renacimiento y saberes: nombres alcarreños en la fundación de la biblioteca de El Escorial


Aunque los reyes de España quisieron ser sabios ninguno alcanzó a serlo en la medida que don Felipe, de Austria, lo consiguió. Aquí recuerdo, así por encima, a los alcarreños sabios que le dieron a Felipe II la idea de crear una gran Biblioteca en El Escorial.

 A quien no haya visitado todavía la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, se lo recomiendo con vehemencia: es el lugar más impresionante que un lector y amante de los libros pueda visitar en nuestro país. Un gran salón situado en el frontal principal del monasterio, de 54 metros de largo, 9 de ancho y 10 de alto, con suelos de mármol, estanterías en maderas nobles, y un complejo programa de pinturas en sus bóvedas. Todo en ella es grandioso, espectacular, cargado de mensajes y simbolismos. A los que añaden los miles de libros, manuscritos y piezas de arte y ciencia que la componen.


Hoy la menciono porque me he encontrado con que han sido varios los alcarreños que a lo largo del siglo XVI tuvieron un papel muy destacado en su creación y desarrollo, hasta el punto de poder decir que, salvo el rey fundador, todos los que la hicieron posible eran paisanos.


El tema, que sería largo y con visos de erudición, quiero centrarlo en aportar las fechas y los nombres que puestos sobre el tablero constructivo consiguen como en un puzzle componer la imagen y el sentido de esta Biblioteca Laurentina. Son dos los alcarreños que al rey Felipe II le dan la idea de crear una Biblioteca que será pública por su monumentalidad y las dimensiones de su contenido. Que supere lo estrictamente personal de la que ya entonces, mediado el siglo XVI, constituía la “Biblioteca Rica” del príncipe Felipe [II]. Estos nombres son los del campiñero (de Quer) Juan Páez de Castro (1510-1570), y del guadalajareño Luis de Lucena (1491-1552). 

 

Bóvedas de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial, pintadas por Tebaldi.


El primero de ellos escribió durante su estancia en Bruselas, en 1556, su manual “Sobre la utilidad de juntar una buena biblioteca” Este “Memorial a Felipe II sobre las librerías”, entregado en 1558 al rey, contiene en sus cuatro partes: 1. la exhortación a que haya librerías regias públicas. 2. la defensa de las múltiples ventajas de que haya bibliotecas. 3. la propuesta de que se abra en Valladolid, con tres salas, una Biblioteca Regia: La primera sala destinada a biblioteca en sí y con su orden; la segunda, una suerte de museo geográfico, cartográfico y de la Historia Natural y Humana; la tercera un archivo secreto propiamente dicho.


Y 4. los lugares de donde se comprarán los objetos anteriores, expuestos por salas y el colofón al Memorial. Páez de Castro, una original figura del Humanismo Castellano en el siglo XVI, acompañó como asesor a Diego Hurtado de Mendoza en su larga embajada por Italia y tras viajar por toda Europa y relacionarse con la élite humanista se retiró a su villa natal de Quer donde entre 1560 y 1570 escribió su claras meditaciones.


El segundo, nuestro conocido paisano Luis de Lucena, estando ya en Roma, y a poco de morir, en 1550, escribió su testamento en el que proponía la fundación de una gran biblioteca Pública, con todo detalle de su estructura y contenido. Tema que le llego también al Rey. Y como en 1557 se produjo la batalla de San Quintín, y a raíz de ella y por conmemorarla se dispuso la construcción de un gran palacio y monasterio en la sierra madrileña, El Escorial, uno de los elementos que la constituirían como esencia humanista sería la Biblioteca, que se puso en la parte inicial del edificio, sobre los portones que deberían atravesar quienes a ella entraran.

Fray José de Sigüenza fue el autor del programa iconográfico de los techos de la Biblioteca del monasterio de El Escorial.


Esa Biblioteca, de la que tanto se podría hablar, pero siempre nos queda el recurso de admirar, fue proyectada como todo el edificio por el arquitecto Juan de Herrera. Y su decoración encomendada a Pellegrino Tibaldi, el pintor italiano discípulo primero de Miguel Ángel Buonarotti, que puso el color y la forma de la Sabiduría en los techos de este espacio. La secuencia iconográfica, los motivos que sustancian las bóvedas de esta biblioteca, fueron idea de otro paisano, José Martínez de Espinosa (de Sigüenza, conocido siempre como fray José de Sigüenza) (1544-1606)  quien entró en 1575 a formar parte de la orden de San Jerónimo, y que puebla en el Escorial, y diseña el plan de la iconografía de la Biblioteca en 1585, haciendo ese año el contrato con Andrés de la Rueda para preparar el estudio de estructura de la bóveda. Escribe un libro en 1602, la “Tercera parte de la Historia de la Orden de San Jerónimo. La Fundación del Monasterio de El Escorial” en el que describe con minuciosidad los elementos que constituirán los techos, que ofrecen en un extremo la imagen de la Filosofía, en el otro la de la Teología, y en los siete tramos de su bóveda las ciencias del Trivium (Gramática, Dialéctica y Retórica) y del Cuadrivium (Aritmética, Geometría, Música y Astronomía). Según María Concepción Rayón Ballesteros en su estudio de 2022 “De la Filosofía a la Teología: la iconografía de la Biblioteca Escurialense” La clave para interpretar el conjunto pictórico de la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo del Escorial son los frescos de sus techos … en los que se nos presenta la superposición de dos tipos de representaciones diferentes, que resumen la complejidad de las tendencias culturales que se entrecruzaban en su corte en el siglo XVI: el Trivium (que representa las ideas humanistas de Arias Montano y fray José de Sigüenza), y el Quadrivium (que representa los saberes matemáticos, geómetras y ocultistas tan apreciados por Juan de Herrera).


Tras la construcción y adorno de la Biblioteca, vino el tiempo de llenarla. A más de los libros propios de la Casa Real, se empezó a comprar y a requerir todo aquellos que se sabía era importante. Y entre otras muchas aportaciones, que llegaron a consumar la cantidad actual de 40.000 libros, 600 incunables, 7.000 grabados, y miles de piezas de ciencia, medallas, monedas y otras curiosidades, se inició con la compra a sus herederos de la Biblioteca de Gonzalo Pérez, secretario que fue del Consejo de Estado con Carlos I y Felipe II, y que fallecido en 1566, fue su hijo, el alcarreño (de Valdeconcha) Antonio Pérez, también secretario real, y enamorado de la princesa de Éboli, quien en 1571 llevó al Escorial esa importante biblioteca paterna.

Las Artes Liberales en la Bóveda de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial.


Otro de los aportes iniciales fue la Biblioteca (considerada a la sazón la más grande de España, después de la de Hernando Colón) de don Diego Hurtado de Mendoza, el embajador, (1503-1575), hijo del Conde de Tendilla y Marqués de Mondéjar, que circunstancialmente nació en la Alhambra de Granada, pero que por muchas razones era alcarreño de pura cepa, hermano de María Pacheco. Tras una vida de servicio a la monarquía, desterrado y proscrito en Granada, y tras un examen de sus gastos de embajador en Italia decidió donar su enorme Biblioteca, vía testamentaria, a la de Felipe II. Y aumentar así, de golpe, la de el Escorial con muchos manuscritos griegos, y otros (por citar algunos notables) como el libro de estampas de Jerónimo Cock, las Institutiones Geometricae, de Alberto Durero, las Comedias de Plauto; la Historia Natural de Plinio; las Epístolas de Marsilio Ficino, el De architectura, de Vitrubio; la Vida de hombres ilustres de Paolo Giovio; los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, de Maquiavelo, etc.


El tema aún daría para mucho más, pero el intento de aclarar la influencia de algunos nombres alcarreños en la creación de la biblioteca escurialense, creo que se ha cumplido..