04/09/2020 / 13:47
José Serrano Belinchón


Imagenes

Se apagan nuestros pueblos

Unos de soledad absoluta y obstinada, otros apunto de estarlo, si antes no se le pone remedio.


En cualquiera de sus comarcas el mapa de Guadalajara aparece salpicada por puntos inmisericordes en donde apenas hay lugar para el recuerdo. Tuve por norma detenerme en estas paupérrimas muestras de soledad y de silencio en donde nadie habita. Aquí la vieja olma centenaria, que presidió cada año los grandes acontecimientos del lugar; allá la fuente pública, manando todavía, con el leve colgajo de ovas que trepa desde el pilón hasta el carcomido caño de cobre antiquísimo, pidiéndole que deje de manar; a nuestra espalda el solemne juego de arcadas medievales de la vieja iglesia del pueblo, cerrada a cal y canto, pero sosteniéndose en pie por obra y gracia del milagro permanente del Santo Patrón, desde el día que las campanas de la torre dejaron de sonar. Por la noche, cuando el mundo aparta de la vista del caminante el último rayo de sol y amanece la luna, suenan tras la escuela en ruina los murmullos del abrevadero, agua que se va y desaparece sin haber llegado a ninguna parte. El canto de los grillos despertando a los dioses lares que dormitan entre las hendiduras de las piedras, surgen del silencio y merodean por las esquinas en las noches de luna. También para ellos, para los escondidos fantasmas de tantos pueblos muertos o moribundos, cualquier tiempo pasado fue mejor. Involuntariamente y sin que uno lo desee, los ánimos del escritor vuelan hacia los pueblos abandonados o a punto de estarlo si antes no se les pone remedio. Pueblecitos, sí; recuerdo que uno guarda como oro en paño en las celdillas de su esponjoso corazón de viajero, y piensa en Villacadima, cuyas históricas piedras tardomedievales suele visitar cada verano, y en esa lista de nombres para el recuerdo, pequeñas escalas en donde detenerse y parte integradora de la Guadalajara total, cuyos nombres todavía son y lo serán siempre, al menos en la memoria y en las vieja crónicas de su pasado, si no glorioso, digno al menos sobre todo lo demás. Unos en soledad absoluta y obstinada, otros apunto de estarlo, si antes no se le pone remedio. Todos cambian de aspecto cuando llega el verano; pero viene septiembre y vuelve a poner las cosas en su sitio: el obstinado peso de la realidad.


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