10/06/2022 / 15:02
J. P.


Imagenes

Todo a la vez en todas partes: Seamos coherentes, por Dios


Que Todo a la vez en todas partes haya llegado a estrenarse en cines solo puede calificarse como ‘milagroso’. Pocas veces una película tan evidentemente minoritaria había conseguido reunir suficiente confianza como para convertirse en El Estreno de la Semana. Así de claro. 

La historia sigue a la infeliz propietaria de una lavandería que, de la noche a la mañana, descubre que existe un multiverso y que en uno de esos universos alternativos ella es una genio... muerto. Su viudo de allí, que es una versión más viril y molona de su marido de aquí, acude en su busca para que le ayude a derrotar a una malvada villana multiversal que amenaza con destruirlo todo en todas partes, básicamente. 

Todo a la vez en todas partes es directamente una voladura de cabeza. Sus directores y guionistas han elaborado un ambicioso y valiente guión en el que podríamos decir que cualquier locura tiene cabida. De hecho, se encuentra dividido en dos partes. La primera sigue el habitual esquema de las películas súperheroicas y hasta Matrix podría ser citada como un referente. 
La segunda, sin perder la esencia de locura fantástica, se adentra mucho más en el terreno filosófico y emocional, dando a la trama de esta historia un subtexto mucho más cercano al drama, pero narrado desde el delirio... como debe ser. 

Michelle Yeoh, Jamie Lee Curtis, Jonathan Ke Quan, James Hong y Stephanie Hsu son los protagonistas de esta historia en la que las decisiones erróneas del pasado son oportunidades para el futuro y en la que se nos recuerda que nuestros enemigos pueden ser amantes en otros universo... de dedos salchicha.

Todos a la vez en todas partes no es una película para todo el mundo. Y conste que no lo digo por snobismo. Es una propuesta bizarra en todas las acepciones del término que se les pueda ocurrir, a veces escatológica y en ocasiones de una delicada poesía que conmueve el corazón. Tiene momentos de humor zafio y otros de una sensibilidad totalmente inesperada. Es una experiencia cinematográfica que, sin duda, todos aquellos que tengan la suerte de ver en una sala de cine recordarán durante mucho tiempo, no ya como una película que les gustó más o menos, sino como un evento en sí mismo. 

Son muchos los amantes del cine que viven obsesionados con la falta de originalidad, pero lo cierto es que, más que originalidad, lo que se echa en falta es un público valiente que se atreva a ver propuestas atípicas, a descubrir ese otro cine de arte y ensayo que se fabrica hoy en día y que en fechas recientes cuenta con dos ejemplos extraordinarios: El hombre del norte y Todo a la vez en todas partes. Son ejemplos de cine con mayúsculas, no porque tengan que gustar a la fuerza, sino porque se atreven a ser historias de autor, ambiciosas y rodadas con el corazón. Puede que el universo de Todo a la vez en todas partes sea caótico, pero demuestra una coherencia interna envidiable, sobre todo en un mundo en el que a los propios espectadores les cuenta tantísimo mantenerla, pidiendo cine que se salga de la fórmula habitual mientras le dan la espalda a propuestas tan únicas como ésta. 


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