11/09/2021 / 13:58
José Serrano Belinchón


Imagenes

Tomellosa de Tajuña, con sabor a pueblo

La última tarde que pasé por Tomellosa de Tajuña, acompañado de mi amigo Eugenio Castillo por las orillas del pueblo, la brisa exhalaba como un ligero olor a espliego.


Al punto de entrar en Tomellosa, escondido en la ladera norte del cerro Cabeza Herrero, quedan las tierras de Valdemanrique, donde cuentan que los campesinos solían sacar enganchados a la reja del arado restos de cerámica, piedras y tejas del desaparecido poblado de Castillejo, incendiado, parece ser, por algunos vecinos de Fuentelviejo para vengar un crimen del que fue víctima una persona inocente de este lugar cercano.

La última tarde que pasé por Tomellosa de Tajuña, acompañado de mi amigo Eugenio Castillo por las orillas del pueblo, la brisa exhalaba como un ligero olor a espliego. La gente lo echa a la lumbre para encender y deja todo ese olor por las calles y por los alrededores, me dijeron.

Dos mujeres hacían punto sentadas al sol bajo las piedras de la era de don Faustino. La fachada del ayuntamiento es una de las más originales que jamás he visto. Un venerable edificio a base de mampostería y de maderas, restaurado, que se abre en doble galería, y que en otro tiempo llegué a conocer en un estado lamentable forzado por el peso de su antigüedad. Por entonces -no sé si todavía se conserva- en el soportal, junto a la puerta de entrada, había un aviso oficial del tiempo de maricasataña, escrito sobre una tablilla clavada en la pared, en el que decía: “Se prohíbe pernoctar y encender lumbre en este local y hacer aguas mayores y menores bajo la multa de dos pesetas.”

Por la cuesta del Terrero salían a la superficie fragmentos cortantes de pedernal junto al tomillo y la ajedrea. Desde una especie de mirador que deja las huertas a nuestros pies, se ven medio escondidas en la vertiente las primeras casas de Balconete, hincadas de uñas para no rodar hasta las escasas corrientes del arroyo Peñón en el barranco. Ya en el término de Valdeavellano, al otro lado de la ancha vega del Tajuña, se divisan a la caída del cerro de la Encina exiguos bancales escalonados en los que conviven, mitad por mitad, el matorral y los olivos.

Si en alguna ocasión te pierdes por Tomellosa, amigo lector. Es seguro que no pasarás sed. Te puedes servir a tu gusto en cualquiera de sus cuatro fuentes: la de la Plaza, la Nueva, la de la Ventanilla y la del Arrabal.


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