Un capitán entre la conciencia y el ruido del festival
El segundo día del Festival de Málaga amaneció frío y con un cielo gris que amenazaba lluvia sin decidirse nunca a cumplir la amenaza. Un día de ese tipo que parece pedir cine: oscuridad de sala, historias intensas y café caliente entre proyección y proyección.
Y el festival, desde luego, no tardó en darnos material.
La sorpresa del día: Hangar Rojo
La primera proyección de la mañana fue una auténtica sorpresa. La chilena Hangar Rojo, dirigida por Juan Pablo Sayago, se ha convertido —al menos por ahora— en la gran película del festival. Un film de apenas 81 minutos rodado en un austero blanco y negro que logra una intensidad poco habitual.
La película sitúa su acción el 11 de septiembre de 1973, el día del golpe militar que llevó al poder al general Augusto Pinochet y acabó con el gobierno del presidente Salvador Allende. El protagonista es un capitán de la escuela de aviación chilena que se encuentra atrapado en un dilema moral: obedecer órdenes o mantenerse fiel al orden constitucional.
El relato se desarrolla con una sobriedad admirable. No hay discursos grandilocuentes ni dramatismo exagerado. La narración observa los acontecimientos con cierta distancia, casi con frialdad, permitiendo que sea el espectador quien complete el juicio moral.
Destaca de forma extraordinaria Nicolás Zárate, que interpreta a ese capitán atrapado entre la obediencia y la conciencia. Su trabajo es contenido, sobrio, lleno de pequeños gestos que transmiten más que muchos diálogos.
Tras la proyección tuvo lugar una rueda de prensa con el director y parte del equipo. Fue curioso comprobar cómo Nicolás Zárate aparecía completamente transformado respecto a su personaje: otro aspecto, otro estilo, casi irreconocible. Es uno de esos momentos en los festivales en los que el cine y la realidad parecen pertenecer a mundos distintos.
Paseo por el puerto y cafés a precio de Venecia
Tras la rueda de prensa tocó aire libre. Un paseo por el centro de Málaga, rumbo al Muelle 1, la zona renovada del puerto. El cielo seguía indeciso entre nubes y claros, pero el ambiente era agradable.
Eso sí, el turismo se deja notar.
Parada técnica para un café con leche: cuatro euros por taza. Precio de turista internacional. Exactamente el mismo que uno paga en la isla de Venecia. Málaga tiene esas dos caras tan españolas: la del barrio donde el café cuesta poco más de un euro y la del paseo turístico donde la cuenta llega con cierto dramatismo.
El paseo por el puerto, pese a la multitud, resultó de lo más placentero. Turistas, barcos, tiendas, y ese aire mediterráneo que hace que todo parezca un poco más amable.

Intentando competir con La caza
La siguiente cita cinematográfica fue Día de caza, dirigida por Pedro Aguilera y protagonizada por Carmen Machi, Rossy de Palma, Blanca Portillo y la joven Zoe Arnao.
En la rueda de prensa el propio director explicó que su intención era hacer una reinterpretación de La caza, la mítica película de Carlos Saura de 1966, pero trasladando la historia a personajes femeninos.
El problema es evidente: competir con La caza es poco menos que suicida.
La película comienza con cierto aire de comedia costumbrista. Tiene ecos lejanos de La escopeta nacional de Luis García Berlanga e incluso algunos momentos que recuerdan a Los santos inocentes de Mario Camus. El problema es que invocar esos títulos implica jugar en una liga muy distinta.
De las protagonistas, Rossy de Palma es quien domina claramente la pantalla. Está en su territorio, segura, divertida y con presencia. Blanca Portillo, magnífica actriz sobre todo en teatro, aparece aquí algo sobreactuada. Y Carmen Machi, que siempre parece interpretar una variación de sí misma, vuelve a demostrar que ese registro lo domina con absoluta naturalidad.
La rueda de prensa fue muy entretenida. Escuchar a estas actrices siempre merece la pena, pero especialmente a Rossy de Palma, que estuvo espontánea, divertida y con una naturalidad que contagió a toda la sala.

Un drama de diálogos interminables: Solos
Tras una comida abundante —y sorprendentemente barata— en un bar cercano al Mercado de la Merced, llegó la sesión de las cinco de la tarde con Solos, dirigida por Guillermo Ríos Bordón.
La película reúne a cuatro intérpretes: Kira Miró, Carlos Santos, Salva Reina y Elia Galera. Y básicamente consiste en eso: cuatro personajes hablando sin parar sobre sus conflictos personales.
Conflictos que, por desgracia, resultan en muchos casos mezquinos, ridículos o simplemente poco interesantes. El guión está plagado de frases que parecen sacadas de manuales de autoayuda. La puesta en escena se basa casi exclusivamente en primeros planos y planos de detalle, lo que refuerza la sensación de estar ante un producto pensado más para televisión que para una sala de cine.
Sorprendentemente, la película fue muy aplaudida por el público. Una sospecha que entre los espectadores habría familiares, amigos y miembros del equipo.
En la rueda de prensa posterior, director y actores defendieron el proyecto con entusiasmo, intentando encontrar profundidad filosófica donde cuesta bastante encontrarla.

Emociones familiares en Nueve lunas
La cuarta película del día fue Nueve lunas, dirigida por Patricia Ortega, cineasta venezolana afincada en España que el pasado año presentó Mamacruz en la Seminci de Valladolid.
La historia plantea una situación peculiar: un joven trans que se encuentra en proceso de transición acaba quedándose embarazado por una serie de circunstancias bastante poco verosímiles. El protagonista está interpretado por Zack Gómez-Rolls, acompañado por Jorge Sanz, María León y Kiti Mánver.
La película apuesta por un tono claramente emocional, muy orientado al gran público. Todo se desarrolla con un aire amable, incluso edulcorado, en el que los conflictos parecen resolverse con demasiada facilidad.
En la rueda de prensa destacó Jorge Sanz, que habló con mucha sensatez sobre la necesidad de seguir aprendiendo en la vida y sobre el respeto hacia la identidad de cada persona. Un discurso sencillo pero sincero que fue de lo más interesante del encuentro.
María León, apasionada como siempre, aportó también energía y entusiasmo a una conversación que terminó pasadas las nueve y media de la noche.
Cuatro películas y el cansancio del festival
Al salir del cine el clima era más amable que por la mañana. La noche malagueña parecía reconciliarse con el festival.
Había una última proyección nocturna, pero después de cuatro películas y cuatro ruedas de prensa, el cansancio era ya evidente. Un festival también exige resistencia: no solo ver cine, sino escuchar, preguntar, tomar notas y mantener la atención durante largas jornadas.
El Festival de Málaga tiene, eso sí, algo muy especial: la cercanía. Las ruedas de prensa están abiertas no solo a la prensa sino también al público, lo que genera encuentros muy vivos entre espectadores, cineastas y actores. Hoy las salas estaban prácticamente llenas.
Pero si hay que quedarse con un momento del día, no hay duda: la poderosa impresión que dejó Hangar Rojo. Una película que revisita uno de los episodios más dramáticos de la historia de Chile con una serenidad que resulta profundamente perturbadora.
Y que, quién sabe, quizá termine siendo una de las grandes revelaciones del festival.