VI Feria Provincial del Tomate: Volver al principio para no olvidar quiénes somos
Hay veces en la vida en las que merece la pena volver al lugar donde empezó todo. No para quedarse allí, sino para mirar atrás durante un instante, respirar hondo y recordar el camino recorrido. Por eso quizá no había un lugar mejor para poner el broche a la sexta edición de la Feria del Tomate que Uceda; donde hace seis años, comenzó esta pequeña —y ya no tan pequeña— historia. Porque las cosas que merecen la pena suelen empezar así: con una idea, con unas pocas personas dispuestas a creer en ella y con alguien que, en el momento adecuado, da ese primer empujón que hace falta para que un sueño deje de serlo.
Y si hablamos de aquel primer empujón, hay un nombre que aparece inevitablemente: Francisco Cremares, nuestro querido “Paquillo”. Porque hay personas que pasan por la vida dejando un trabajo bien hecho. Y hay otras que dejan algo más. Dejan recuerdos, afectos, admiración y, de alguna manera, una parte de sí mismas en aquello que ayudan a construir. Paquillo es de esas personas. Por su calidad humana. Por su profesionalidad. Por su forma de entender las cosas. Y por haber sabido estar ahí cuando una idea necesitaba que alguien creyera en ella.
También hay que recordar a quienes entonces tuvieron la responsabilidad de gobernar y decidieron apostar por aquella primera edición. Porque apostar por algo que empieza siempre tiene un punto de valentía. Cuando todavía no se sabe si aquello tendrá continuidad, cuando no existen certezas y solo hay ilusión, hace falta confiar. Seis años después, aquella confianza tiene respuesta.
La feria ha crecido. Ha echado raíces. Y las corporaciones actuales han sabido recoger el testigo y continuar el camino con entusiasmo, con trabajo y con la voluntad de que esta celebración siga creciendo. Y quizá haya algo especialmente bonito en todo esto. Que, cuando se trata de hacer pueblo, los colores deberían importar poco. Porque un pueblo no se construye con siglas. Se construye con personas. Con personas que tienen ganas de aportar, de colaborar, de mejorar y de dejar a quienes vienen detrás algo un poco mejor de lo que encontraron. Y precisamente por eso, cuando una iniciativa llega a su sexta edición, también hay que mirar alrededor y reconocer a quienes han ayudado a hacerla posible.
Esta sexta Feria del Tomate no habría sido lo mismo sin los ayuntamientos que han participado, que han entendido que nuestras tradiciones y nuestros productos también son una forma de hacer territorio, de unir pueblos y de reivindicar aquello que nos pertenece. Y, de una manera muy especial, hay que agradecer a la Diputación, porque esta es su Feria y porque su respaldo ha sido fundamental para que este proyecto pueda seguir creciendo y mirando hacia el futuro. También a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, por su colaboración y por acompañar una iniciativa que pone en valor nuestra tierra, nuestros agricultores y nuestros productos.
A Alimentos de Guadalajara, por contribuir a que aquello que nace en nuestras tierras encuentre también el reconocimiento que merece.
A FADETA por su inestimable colaboración en su comarca.
A Nueva Alcarria, el periódico de la provincia, por contar esta historia, por hacerse eco de ella y por ayudar a que el tomate con sabor a tomate tenga también un espacio en nuestras páginas, en nuestras conversaciones y en nuestra memoria colectiva.
Al Instituto Gastronómico de Castilla-La Mancha y sobre todo a la Academia Gastronómica de Castilla-La Mancha, por poner conocimiento, criterio y pasión al servicio de algo que, aunque pueda parecer sencillo, tiene detrás una enorme riqueza gastronómica y cultural. Y, por supuesto, a todos los participantes.
A quienes han venido a enseñar, a compartir, a competir, a disfrutar y, sobre todo, a demostrar que detrás de cada tomate hay una persona, una historia, un esfuerzo y muchas horas de trabajo. Y qué mejor que este párrafo para recordar a nuestro querido amigo Pablo Martín. Porque también él forma parte de esta andadura, de esos recuerdos que se quedan ligados para siempre a una feria que, más allá de los tomates, está hecha de personas, de amistad y de momentos compartidos. Su recuerdo nos acompaña porque hay personas que, aunque ya no estén físicamente a nuestro lado, siguen formando parte de aquello que ayudaron a construir y de quienes tuvimos la suerte de compartir camino con ellas.
Y cómo no, a nuestro jurado. Porque juzgar un tomate puede parecer sencillo hasta que uno descubre todo lo que hay detrás de ese pequeño fruto. El sabor, el aroma, la textura, el equilibrio, el recuerdo… Pero también la responsabilidad de reconocer el trabajo de quienes han dedicado tiempo y esfuerzo a conseguir que ese tomate llegue hasta aquí. Gracias por vuestro tiempo, por vuestro criterio y por vuestra implicación. Porque una feria no la hacen solamente quienes aparecen en el escenario. La hacen también quienes están detrás. Quienes montan. Quienes organizan. Quienes transportan. Quienes reciben. Quienes explican. Quienes cocinan. Quienes limpian. Quienes colaboran sin que nadie los vea. Y todos ellos merecen también que sus nombres, aunque no siempre aparezcan escritos, formen parte de todo esto.
La Feria del Tomate es, en ese sentido, mucho más que una feria. Es una pequeña lección de cómo se hacen las cosas cuando se juntan la voluntad, el cariño y el compromiso. Y en este camino hay que detenerse también en dos nombres: Pedro Aguilar y Alfredo Palafox, verdaderos protagonistas. Ellos han conseguido dar un impulso enorme a esta iniciativa haciendo realidad algo que hacía falta: la Asociación “Amigos del tomate con sabor a tomate”. Puede parecer solo un nombre. Pero detrás de ese nombre hay mucho. Hay horas de trabajo. Hay conversaciones. Hay preocupaciones. Hay ilusión. Hay personas que dedican parte de su tiempo a algo que quizá no les vaya a reportar grandes recompensas, salvo una: saber que están ayudando a conservar algo que merece la pena. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor enorme. Porque el tomate es mucho más que un tomate.
Es curioso cómo algunos sabores son capaces de guardar recuerdos. Uno puede cerrar los ojos y volver a una cocina de hace décadas. Puede recordar una mesa, una casa, unas manos, una huerta. Puede recordar a los abuelos. A los padres. A aquellos veranos en los que el tiempo parecía pasar más despacio. Y, de pronto, aparece aquel olor. El olor de un tomate recién partido. Ese tomate que no necesitaba demasiadas explicaciones. Que olía a tomate antes de llegar al plato. Que tenía sabor. Que sabía a tierra, a sol, a huerta y a verano. Quizá por eso defender el tomate con sabor a tomate sea, en realidad, defender mucho más que un producto. Es defender una memoria. Una forma de trabajar la tierra. Una manera de entender nuestras raíces. Es defender aquello que nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados recibieron de quienes vinieron antes y supieron conservar para entregárnoslo. Y ahora nos toca a nosotros decidir qué hacemos con esa herencia. Podemos dejar que se pierda poco a poco, como tantas otras cosas que un día fueron cotidianas y hoy solo sobreviven en el recuerdo. O podemos cuidarla. Podemos protegerla. Podemos enseñársela a quienes vienen detrás.
Por eso una feria como esta tiene sentido. Porque mientras haya alguien que plante una semilla, alguien que cuide una planta, alguien que recoja un tomate y alguien que quiera contar su historia, habrá una parte de nuestro pueblo que seguirá viva. La sexta edición termina. Pero no debería terminar nada. Al contrario. Debería comenzar ahora un nuevo camino. Un punto y seguido. Porque todavía queda mucho por hacer, muchas personas a las que sumar, muchas historias que contar y, sobre todo, mucho sabor que conservar.
Quizá ese sea el verdadero sentido de volver al lugar donde empezó todo: recordar que las grandes cosas no siempre nacen grandes. A veces empiezan con una idea sencilla. Con unas pocas personas. Con un poco de tierra. Con una semilla. Y con alguien que decide cuidarla. Seis años después, aquella semilla ha crecido. Y ahora nos corresponde a todos seguir regándola. Por nuestro tomate. Por nuestra huerta. Por nuestras tradiciones. Por nuestra memoria. Y, sobre todo, por nuestro pueblo. Porque mientras sepamos conservar aquello que nos hace únicos, podremos seguir mirando hacia adelante sin miedo a olvidar quiénes somos. Y que nadie lo dude: el rey de la huerta sigue teniendo nombre propio. Tomate con sabor a tomate.
¡¡Hasta la séptima!!



