01/10/2010 / 09:45
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Villaviciosa, a la espera del tercer centenario de la famosa batalla


Portada clásica del monasterio de San Blas.
Por: JOSÉ SERRANO BELINCHÓN
Andar, ver y contar
Son muchos los pueblos de Guadalajara en los que resulta un placer acercarse a ellos. Villaviciosa, con su incomparable mirador sobre la vega del Tajuña, es uno de estos pueblos. Nos viene a recordar que cada día que pasa se aproxima la fecha, marcada con caracteres relevantes en el libro de nuestra Historia, de la batalla a la que Villaviciosa da nombre; página interesantísima por las consecuencias que habría de traer al futuro de nuestro país; nada menos que el cambio de dinastía
Pienso que a menos de dos años del tercer centenario de la batalla que lleva su nombre, este pequeño lugar de la Alcarria aparecerá, o por lo menos debería aparecer a partir de ahora, con cierta frecuencia en los medios de información no sólo provinciales, sino también en los nacionales, considerando que el enfrentamiento bélico que se dio sobre los altos más cercanos al pueblo, tuvo una trascendencia mucho mayor de lo que nadie hubiera podido imaginar, no sólo en el tiempo, sino también en el espacio, es decir, en toda España y a partir de entonces.
Hacía varios años que no bajaba hasta Villaviciosa, la “Villa deleitosa” de los antiguos debido a los muchos encantos que hay a sus alrededores, a lo que yo añado la tranquilidad y la paz de aquellos parajes, buscando un poco el contrasentido, pues estas tierras se han hecho famosas por todo lo contrario, porque fueron campo de batalla en distintas ocasiones dentro de la llamada Edad Contemporánea de nuestra Historia: la primera de ellas, la ya anunciada, que es la que de un modo muy especial pretendemos resaltar aquí, la que como resultado sentó en el trono español a los Borbones franceses en la persona de Felipe V, nieto del Rey Sol; y la segunda aquella otra más cercana a nosotros, la del mes de marzo de 1937, considerada como uno de los episodios más memorables y más sangrientos de la Guerra Civil, que con el nombre de “Batalla de Guadalajara” se vino a dar en estos llanos alcarreños de los que parte el ramal de carre-tera que baja hasta Villaviciosa.
Antes de llegar, ya contaba con que encontraría al pueblo en la más estricta soledad. A pesar de los infinitos encantos paisajísticos que tiene alrededor, casi todas las puertas de Villaviciosa están cerradas. La de hoy es una tarde cualquiera del mes de enero, una de esas tardes soleadas, claras y frescas del invierno en las que el cielo de la Alcarria parece de cristal. El sol de las cinco va tiñiendo de amarillo las piedras del campanario de la iglesia, y de oro viejo el solitario torreón del extinto convento de San Blas.

El tercer centenario
Cuando se entra en Villaviciosa enseguida se empieza a sentir el rumor continuo de la fuente de la plaza, la de los cinco chorros abundantes que alimentan las albercas del lavadero anejo, y después, durante el buen tiempo, las hortalizas de los huertos que hay un poco a la caída. Huertos próximos a la plaza que por un instante me traen a la memoria el recuerdo del señor Tomás de Lucas, un hombre cabal, alcalde que fue durante casi cuarenta años, que me defendió en mi primer viaje de los ataques furibundos de su perra y me contó todo cuanto quise saber, con la sencillez y la llaneza que dio carácter a las gentes de esta tierra. El señor Tomás ya no cuenta en el mundo de los vi-vos, falleció según he sabido hace unos años, y como buen padre, y como buen alcalde, dejó a su hija Francisca el encargo de cuidar de su pueblo, misión que viene desempe-ñando como alcaldesa pedánea en el ayuntamiento de Brihuega.
A Francisca de Lucas, la alcaldesa de Villaviciosa, la he vuelto a encontrar en el mismo sitio donde la encontré siempre, junto a la puerta de su casa en la Plaza Mayor. No hay que decir que la conversación con la alcaldesa se abrió recordando que el tercer centenario de la Batalla de Villaviciosa nos queda a menos de dos años de distancia, tiempo suficiente como para prepararlo con todo el detalle y la dignidad que merece la tal efemérides.

-Sí, sí; estamos en ello. En Brihuega se ha creado una comisión encargada de mover el asunto, y de prepararlo todo bien.
-Es verdad; Brihuega también tuvo mucho que ver en aquel hecho histórico; pero eso no quita que fuese aquí donde se dio la batalla decisiva. A ver si el pez grande se va a llevar los honores, cuando en este caso más bien corresponden al pez chico.
-No, no; Brihuega es Brihuega, y Villaviciosa es Villaviciosa. Eso lo tenemos muy claro.
-Habréis pensado que los actos los presida el Rey. Al fin y al cabo es parte inte-resada en el asunto.
-Sí que se ha pensado. Lo más importante sería que el Rey viniese aquí y que presidiera los actos. Por lo menos lo tendremos que intentar.
-Claro; como debe ser. Yo creo que si en el tiempo que falta vamos creando ambiente, cada cual desde su sitio, el Rey vendrá. De eso estoy seguro.
-Nosotros también lo pensamos así. Para el pueblo sería un honor muy grande.




Un paseo fugaz
Villaviciosa cuenta hoy con muy pocos habitantes. Dudo que sean más de diez los que viven en él de forma permanente. En el pueblo hay dos plazas: la Plaza Mayor, donde está la iglesia de la Santa Cruz, románica en origen, y la fuente de los Cinco Caños; y la Plaza de los Bolos, muy próxima a la primera, al otro lado del tambor del ábside, algo más grande que la anterior, donde está el nuevo edificio del ayuntamiento y cuatro árboles repartidos por ella.
Desde que descubrí junto a las tapias del pequeño cementerio el mirador hacia la vega del Tajuña, acercarme hasta él es un placer para los ojos que procuro no perderme cada vez que voy al pueblo. La carretera que sigue recta, paralela al río a todo lo largo, es la vértebra principal de la inmensa vega. En ambos lados, a la derecha una y a la izquierda otra, las dos vertientes de variada y menuda vegetación, y en medio, junto al río, los huertos y los sembrados, la apretada arboleda con su ramaje desnudo, señalando el camino que lleva hasta el empalme de Barriopedro, de Cívica y de Valderrebollo, los lugares y parajes más cercanos en dirección saliente.
Y atrás, de regreso al pueblo, el desangelado torreón del desaparecido convento de monjes Jerónimos de San Blas convertido en solar, en pequeños cuarteles de regadío, donde a cualquier hora del día o de la noche se siente el murmullo de las aguas del so-brante en su viaje hacia el Tajuña. Este monasterio de San Blas de Villaviciosa desapareció durante la primera mitad del siglo XIX, a la par de tantos célebres conventos y monasterios más de nuestra provincia y de toda España. Todavía conserva en buena piedra labrada y según el estilo clásico, la portada del XVII que sale al Camino de Brihuega, si bien, el monasterio fue fundado por el arzobispo Gil de Albornoz, señor de estas tierras, varios siglos antes: en el año 1347.
En la plaza, junto a la fuente, hay dos escudos engarzados en fortísimos marcos de hierro, montados en esmalte o en cristal de colores, como las vidrieras de las catedrales. Uno de ellos es el del regimiento “Villaviciosa 14.Regimiento de Caballería. Leo Villaviciosae. Victor et vintes”, tiene como lectura. El segundo, idéntico en técnica al anterior, es el escudo del pueblo.


La batalla de Villaviciosa

Fue la última que mantuvieron, en la llamada Guerra de Sucesión, entre los ejércitos del Archiduque Carlos de Austria y los de Felipe de Anjou, ambos aspirantes al trono español tras la muerte sin descendencia del último de los Austrias, Carlos II El Hechizado. Una vez que la suerte de Valencia se decidió en la batalla de Almansa, el entusiasmo de los soldados del futuro Felipe V fue grande. En diciembre de 1710, los aliados se vieron derrotados en Brihuega y Villaviciosa. La última de estas batallas fue decisiva. El rey personalmente con el duque de Vandôme estuvo al frente de su ejército, que salió victorioso y sirvió para colocarle en el trono e instalar en España la dinastía Borbónica. Un monolito en los altos alcarreños próximos a Villaviciosa, recuerdan aquel enfrentamiento bélico de tanta trascendencia para la moderna Historia de España. (Del Diccionario Enciclopédico de la provincia de Guadalajara).

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