Adiós

12/06/2022 - 10:00 Luis Monje Ciruelo

Digo adiós a lectores y amigos, pido perdón a los que haya podido molestar alguna vez con mis opiniones, seguramente desacertadas, y agradezco las oraciones que me dediquen. Artículo escrito por Luis Monje para ser publicado después de su fallecimiento.

Desde el Otro Lado en que ya me encuentro, llamado por Quien puede hacerlo, quiero decir adiós en mi último artículo, que no pretendo sea plañidero, a cuantos me han leído a lo largo de mi larga vida, en especial a los que me han seguido en estos últimos años, que son a los que más afectará mi definitivo silencio. No sé si son muchos o pocos, ni si se se pueden contar por decenas, centenas o millares. Sé que esta afección, que supongo y espero, sólo durará unos momentos, porque la vida sigue para los demás y sería tiempo perdido o desaprovechado el dedicado a recordar a un muerto con el que, quizá, no se tuvo más trato que el de leerlo en un libro o en el periódico. Un muerto que era sólo amigo a distancia, y cuyo silencio, por muy justificado que esté, para algunos sólo será la pérdida de una costumbre: la de leerme semana tras semana. Los periodistas somos conscientes de que tras nuestro protagonismo diario o semanal, nuestra firma y nuestra persona apenas dejarán la huella de un comentario de barra de bar, o una conversación de calle, y, después, el olvido. Tal vez en la solana de alguna escondida aldea de la provincia alguien comente al leer estas líneas: “Yo le conocí personalmente hace años”. O “me hubiera gustado saludar a quien ya leía mi padre”.

La vida y la muerte estaban últimamente tan entremezcladas en mi vivir que cada día me dolía menos sentirme cerca de la barrera del Más Allá. El tiempo nos va dejando solos, abre huecos y vacíos en nuestro entorno y cuando nos damos cuenta nos encontramos en medio de un mundo que no es el nuestro, que no es en el que nos hemos educado y en el que aprendimos a convivir. Bien supo Dios lo que hacía cuando nos creó como hombres finitos, dándonos un plazo para vivir. Las generaciones evolucionan, no siempre para bien, y, en nuestro tiempo avanzan sobre todo en los aspectos técnicos, a los que nos resistimos los mayores por su complejidad. Nos desligamos de Dios, despreciamos lo que no entendemos, y así nos va. Desaprovechamos la oportunidad de beneficiarnos de estas modernidades, quizá porque nos parecen mágicas o milagrosas y, por tanto, no las comprendemos. Nuestro desprecio se ha convertido así en marginación añadida a la que arrastra de por sí el envejecimiento. Siempre las nuevas generaciones han mirado con desdén a la anterior, y mucho más en estos últimos tiempos en que los avances científicos y los retrocesos morales han superado todos los retos. Si a uno le duele, a pesar de todo, que finalice el tiempo de estar aquí es, en buena parte, por no poder presenciar esta carrera del hombre para descubrir los misterios de la vida y de la Naturaleza, con el riesgo de que, a fuerza de desentrañar incógnitas, llegue a creerse Dios.

Morir es adelantarse a los demás en el ignoto camino de la vida, del que nadie ha regresado. Me hubiera gustado poder leer o escuchar en vida los elogios y encomios que algunos dirán de mí ahora, tal vez porque no comprometen a nada. “¡Dios te libre de la hora de las alabanzas!”, dice el refrán. Los que lo hagan con sinceridad tal vez se arrepientan de no haber sido conmigo más espontáneos, más francos, más cercanos. Es lo mismo que pensaba yo respecto a ellos. Pero somos humanos, y con frecuencia nos creemos el ombligo del mundo. Sólo ante la muerte del otro tratamos de enmendar los silencios que le hemos dedicado, pese a que la Biblia aconseja no alabar a nadie antes de su muerte (Eclesiastés, XI, 28). Menos mal que, a medida que envejecemos, aumenta nuestra comprensión de las debilidades ajenas. 

Como me voy para no volver, aprovecho la ocasión para saltarme los reducidos límites que el periódico fijó durante los últimos años para mi Brújula. Y a lo mejor hasta me publican ésta destacada, incluso, con la noticia de mi muerte en portada, con lo que cerraría mi colaboración de ochenta y un años en Nueva Alcarria igual que la empecé con dieciséis años el 16 de agosto de 1941: con mi nombre en primera plana.

Digo adiós, por tanto, a lectores y amigos, y pido perdón a los que haya podido molestar alguna vez con mis opiniones, seguramente desacertadas, y agradezco las oraciones que me dediquen, aunque no sea ante la urna de mis cenizas, que ya reposan en el Camposanto junto a las de mi esposa, Petri Arenas, con la que estuve cincuenta y seis años felizmente casado.

Pd- Luis Monje escribió este artículo el 15 de mayo de 2013 para ser publicado después de su fallecimiento, D.E.P.