10/07/2020 / 15:27
Ciriaco Morón Arroyo


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Caridad, cáritas

Los que por edad o salud no podemos ofrecer nuestra persona, debemos aportar al menos  dinero en la medida de nuestras posibilidades.


Durante la pandemia han aumentado las necesidades de muchos españoles, y la única ayuda que han recibido ha sido la de cáritas, que merece nuestro mayor elogio y gratitud; primero la institución promotora, la Iglesia católica, y en igual escala los miles de voluntarios que se ponen a su servicio. Yo no he pasado hambre nunca, incluso después de la guerra civil; por eso solo puedo imaginar lo que debe de ser para un padre o abuelo que le llore un niño hambriento y no le pueda satisfacer. Pero esos padres y niños existen y nosotros estamos en la obligación de ayudarles. Los que se donan e incluso se arriesgan al contacto directo con los necesitados son la España excelente que nos da ilusión frente a los vivillos falsificadores. Pero los que ya por edad o salud no podemos ofrecer nuestra persona, debemos aportar por lo menos dinero en la medida de nuestras posibilidades. “Dar es señorío e rescebir es servidumbre”, dijo el Marqués de Santillana. Su sentencia tiene dos proposiciones: la primera es un hábito derivado de nuestra libertad, ya que podemos tener alma de señores o mezquindad servil. El señorío del marqués responde a la concepción del honor que se asociaba con la nobleza de sangre, a la que debía responder la conducta noble y un rasgo esencial de esa nobleza era la generosidad. De hecho, don Gregorio Mayáns se llamaba a sí mismo siempre “generoso valenciano”.  

La segunda proposición: recibir es servidumbre, es algo más compleja. Algunos, en vez de trabajar noblemente, prefieren recibir la limosna del gobierno que solo puede darla confiscando con impuestos a los honrados trabajadores. Pero el aspecto más hondo de la proposición es que en nuestra vida todos somos fundamentalmente receptores. Cuando ayudamos con nuestras aportaciones, modestas o millonarias, desde luego es porque tenemos buenos sentimientos, pero no solo por eso, sino por una lógica completamente racional. La existencia humana tiene un lado innegable de indigencia. Por de pronto, nuestros padres nos brindaron nuestro ser y la capacidad de asimilar cuanto nos viniera de la sociedad, y la sociedad nos ha dado las oportunidades que la mayoría hemos aprovechado. Si no hemos esperado en una fila el plato de la caridad, hemos recibido a su tiempo la enseñanza que nos libró del analfabetismo; yo soy renuente a hablar de mí mismo; la prueba es que en estos artículos no he citado nunca un libro mío. Pero, como un dato de justicia histórica, siempre he recordado que debo mi carrera al hecho de que en 1947, el santo párroco de Pastrana, don Ángel Fernández Morales (de Carranque, Toledo), me llevó al seminario de Talavera de la Reina y allí, empollón empedernido, aprendí latín, griego y otras materias. Cuando me mandaron a la Universidad Pontificia de Salamanca, fui otra vez indigente y recibí de la Diputación Provincial de Guadalajara una bequita de 1500 pesetas al año. Por no hablar más de mí no menciono otras personas e instituciones que fueron pavimentándome el camino que me hacía al andar. Solo mencionaré al sabio maestro Luis Monje Ciruelo, siempre tan generoso con su amistad. Orgulloso y agradecido a lo que he recibido de vuestro señorío y caridad, os ofrezco mi más sincera servidumbre. 


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