19/09/2020 / 11:59
José Serrano Belinchón


Imagenes

Con sabor a pueblo: Villacadima

El pueblo hace más de cuarenta años que se quedó vacío; la gente se empezó a marchar, se abandonaron las casas; una mala noche los desalmados de turno profanaron las tumbas del interior de la iglesia…


Villacadima se tuesta al sol extendido de poniente a levante en el último páramo de la Sierra Norte de Guadalajara. Bien conocido desde mis paseos de juventud a estas alturas (1,500 metros sobre el nivel del mar). Nunca me fue fácil encuadrar a Villacadima como parte de una comarca caracterísca. Los campos, fríos en extremo, no se araban con vacas como en los demás pueblos vecinos, sino con pares de mulas, y se vivía del cultivo del cereal y de los huertos. El pueblo hace más de cuarenta años que se quedó vacío; la gente se empezó a marchar, se abandonaron las casas; una mala noche los desalmados de turno profanaron las tumbas del interior de la iglesia…; pero cada verano, uno o dos de los antiguos pobladores, optaron por abrir sus casas y habitarlas hasta que los primeros fríos del otoño les obligaron a emprender la huída.

            En años sucesivos se fue uniendo alguno más al pequeño grupo de veraneantes; se volvió a enganchar el fluido eléctrico, quedando al final hasta media docena de casas abiertas. Arcas oficiales tuvieron el valioso gesto de restaurar su iglesia románica, joya señera de nuestro patrimonio a la par de la de Campisábalos que tiene por vecina, y el pueblo se ha ido renovando poco a poco, restaurando algunas más de sus primitivas viviendas, levantando otras de nueva planta, hasta que el corazón de la vieja villa ha vuelto a latir como residencia temporal de unos cuantos oriundos a lo largo del año.

            Días atrás paseé por la carretera que bordea al pueblo. Durante el fin de semana se veían algunos coches estacionados en la pequeña explanada de bajo la torre, y varios niños jugaban a la pelota en la pradera. Como fondo, sobre los altos a todo lo largo, las enormes aspas de los generadores giran y giran a impulso de la brisa que sopla desde el Poco de Grado, por el punto de conjunción de las tres provincias de ambas Castillas: Guadaslajara, Segovía y Soria. 


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