02/11/2019 / 17:38
Atilano Rodríguez/Obispo de Sigüenza-Guadalajara


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Creo en la vida eterna

La esperanza en la vida eterna nos ayuda a purificar criterios y a transformar los comportamientos de la vida presente teniendo en cuenta la que esperamos.


La celebración de la fiesta de Todos los Santos y la conmemoración de los fieles difuntos nos ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre el más allá de esta vida y nos invitan a dar gracias por aquellos familiares, amigos o conocidos que ya han partido de este mundo al encuentro con el Padre Dios.

Los cristianos, en ocasiones, vivimos tan centrados en los problemas de cada día y tan preocupados por la transformación de las realidades temporales que podemos olvidar nuestra confesión de fe en la vida eterna. Si la preocupación por hacer más habitable nuestro mundo es importante, la esperanza en la vida eterna es imprescindible, pues sin ella se pierde el interés por el presente y por el futuro.

Por otra parte, confesar la fe y la esperanza en la vida eterna es esencial para la vida de un cristiano. Cuando dejamos de confesar la resurrección de Jesucristo de entre los muertos y nos instalamos en este mundo, como si fuese la morada definitiva, estamos presentando un cristianismo, cuya única preocupación sería ofrecer a los demás un conjunto de buenos consejos para afrontar las dificultades de cada día.

Ante quienes puedan criticarnos por ser demasiado espirituales o por falta de compromiso en la transformación de las realidades sociales y culturales, los cristianos hemos de manifestar que la fe y la esperanza en la propia resurrección no sólo no nos aleja del mundo, sino que nos ilumina interiormente para orientar en verdad nuestro modo de vivir y nuestro modo de situarnos ante la realidad. La esperanza en la vida eterna nos ayuda a purificar los criterios y a transformar los comportamientos de la vida presente teniendo en cuenta la vida que esperamos y deseamos alcanzar en el más allá.

Sin la esperanza en la vida eterna, el cristianismo quedaría reducido a un conjunto de palabras y de consejos moralizantes, pues cuando un cristiano deja de esperar y desear la vida eterna, con el paso del tiempo se convierte en un ateo práctico, dominado por el egoísmo, el consumismo y la búsqueda de bienes materiales.

Si esto fuese así, tendríamos que preguntarnos con cierta frecuencia si creemos de verdad en la vida eterna, si esperamos alcanzarla cuando el Señor nos invite a dejar este mundo y si ponemos los medios para mantener viva esa esperanza mediante la escucha de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos. Por la participación en los sacramentos, verdaderos encuentros con el Resucitado, ya estamos participando anticipadamente de la vida eterna, que un día esperamos alcanzar en plenitud.


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