27/04/2020 / 13:47
Atilano Rodríguez/obispo de Sigüenza-Guadalajara


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Cristo vive para siempre

Cuando un cristiano pierde la relación y el contacto con el Resucitado, se queda sin participar de la vida de Dios y sin gozar de su salvación.


En nuestros días no resulta difícil encontrar personas que ya no han oído hablar de la resurrección de Jesucristo o que no tienen tiempo para reflexionar sobre este acontecimiento. Otros contemplan la resurrección del Señor como un hecho del pasado, pero sin repercusión o incidencia en el presente.

Para algunos cristianos, la resurrección de Jesucristo es un dogma de fe, recogido en el credo de la Iglesia católica, que es preciso confesar para ser católico. Quienes ven sólo de este modo la resurrección no suelen plantearse la razón de ser ni el sentido hondo de este acontecimiento. Podríamos decir que estos hermanos tienen fe, pero no han vivido el encuentro con el Resucitado, como vencedor del pecado y de la muerte.

Las consecuencias del olvido de esta verdad de fe o el desconocimiento de la misma son muy graves para la Iglesia y, por supuesto, para los creyentes. Cuando un cristiano pierde la relación y el contacto con el Resucitado, se queda sin participar de la vida de Dios y sin gozar de su salvación. Puede suceder, incluso, que la Iglesia crezca en número de fieles o que se multipliquen las actividades pastorales, pero siempre faltará el fundamento y la fuerza transformadora de las mismas.

Un cristiano, si carece del encuentro personal con Jesucristo, como el Viviente y el que da vida a todos los seres humanos, podrá afirmar que cree en Dios, pero ese Dios está muerto. Como mucho, podrá ser valorado como un gran personaje del pasado, al que podemos contemplar con admiración, pero su Evangelio es simple letra muerta y, por lo tanto, no ayuda a vivir ni a esperar en nada ni en nadie.

La misma celebración de los sacramentos, sin confesar con convicción la resurrección de Jesucristo, se reduce a unos gestos, palabras y signos repetidos rutinariamente, pero sin repercusión en la vida espiritual del bautizado. Los sacramentos, instituidos por Jesucristo, para encontrarse con nosotros a lo largo de la historia y para ofrecernos su amor, su gracia y su salvación, se convierten en pura rutina.

El vacío que deja la presencia de Cristo resucitado en la vida de la persona o en las actividades eclesiales no puede ser sustituido por nada ni por nadie. Los ritos, las actividades pastorales y los mismos planteamientos doctrinales son muy importantes, pero no pueden ofrecer vida y salvación si falta el fundamento y el origen de todo.

Esto quiere decir que hemos de volver a la Escritura y a los orígenes de la Iglesia para contemplar y recuperar la experiencia vivida por los primeros cristianos. Ellos, desde el primer momento, se dejaron atrapar, fascinar y transformar por el poder salvador de la resurrección del Señor y experimentaron su presencia en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en la atención de los marginados de la sociedad.


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