Cronos: Barcelona contra el terror
En el verano de 2017 la relación entre el Gobierno central y el de Cataluña no podía ser peor... bueno, sí podía, pero el 17 de agosto todo eso quedó de lado... o al menos se disimuló, cuando un joven islamista radicalizado entró en Las Ramblas de Barcelona conduciendo una furgoneta y con el firme objetivo de atropellar al mayor número posible de peatones. Asesinó a 13 personas.
La reacción fue inmediata. Los Mossos d'Esquadra se pusieron al frente de la investigación y activaron la operación Cronos, un dispositivo especialmente diseñado para este tipo de casos. La carrera contrarreloj para detener a los terroristas acababa de comenzar.
Qué complicado es hacer un thriller de unos hechos brutalmente reales. El cine es espectáculo, una operación policial de esta envergadura es pura tensión, pero los fallecidos tienen nombre y apellido. ¿Cómo abordar el relato sin faltarles al respeto o caer en el puro sensacionalismo?
La respuesta de Fernando González Molina ha sido la de ponerse el traje de cronista e intentar no pisar más charcos de los estrictamente necesarios. Cronos reconstruye los cuatro días posteriores al atentado, los que desembocaron en la muerte o detención de todos los implicados, con una perspectiva coral, pero sustentada sobre tres pilares: el jefe de operaciones especiales encargado de coordinar el dispositivo de búsqueda (Enric Auquer), la responsable de comunicaciones de los Mossos (Diana Gómez) y la sargento del cuerpo en Ripoll, localidad en la que vivían los jóvenes terroristas, interpretada por Mónica López.
González Molina intenta ir a lo concreto, a los hechos, pero su relato no deja de ser el de los cuerpos de seguridad. Nunca se asoma, y puede que para bien, a lo que sintieron los asesinos tanto antes como durante y después de cometer los crímenes. Lo único que vemos de ellos es lo que ven los agentes: jóvenes dispuestos a morir... o deseosos de poner fin a la locura a la que los había conducido su fanatismo.
La película funciona bien como relato policial, atrapa por el hecho de ver un poco más de cerca un suceso que conmocionó a España. Y tanto Enric Auquer como Mónica López están fantásticos. El primero, porque le aporta carácter, intensidad y realismo a su personaje. La segunda, porque probablemente tenga el papel más complejo de toda esta historia, el de una mujer que se encuentra de bruces con el sinsentido del odio y los extremismos... y que no sabe si podrá volver a ser la misma, a mirar igual a quienes antes consideraba amigos. Los niños que había visto crecer se convirtieron, ante sus ojos, en miembros de una célula terrorista.
No corre tanta suerte Diana Gómez. A ella le toca lidiar con el lado más político y propagandístico de la historia, en el que asoman las rencillas entre el Gobierno autonómico y el central, y que termina con una desafortunadísima frase de triunfo, un «hemos sido nosotros» que remata la muerte del último terrorista, como si pudiera haber un mínimo de gloria reivindicable para un cuerpo concreto.
Si en los análisis sobre el mensaje o el enfoque de la historia pueden encontrarse grietas, tampoco excesivas, donde hay que aplaudir el trabajo de González Molina es en la construcción del relato: una historia vibrante, que se sigue con atención, a ritmo de thriller, y que logra ser respetuosa con los hechos que relata, transmitiendo además la incertidumbre y el miedo del momento. Una película hecha para ser vista y que incluso invita a una buena conversación, más sobre la vida que sobre el cine, a partir de unos hechos que, casi diez años después, sirven para analizar el mundo en el que vivimos.