28/10/2019 / 11:17
Jesús Fernández


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Democracia como tragedia

Nos encontramos otra vez con el dualismo realidad y narración. El Estado narra lo que ha sucedido pero no impide que suceda.


Entre nosotros ya no hay orden público sino orden constitucional como no hay derechos públicos sino constitucionales. La Constitución de 1978 es la única realidad transversal, de confluencia. Hay que inhumar ciertos conceptos. Nunca pensé que el ejercicio de la democracia llevara consigo tanta tragedia y sufrimiento a la población. Ella que se ideó para  llevar diálogo, cooperación  y prosperidad a la sociedad  creyente. Esto significa que algunos políticos de profesión no han superado los esquemas bélicos del gobierno  y viven o practican una interpretación armada del conflicto. Pero todos somos políticos y tenemos nuestro tiempo. La libertad de expresión y manifestación se ha convertido en guerrilla urbana llegando al conflicto de las piedras y a las llamas o las calles como campo de  batalla. La guerra y la democracia no están en el mismo nivel ni utilizan las mismas armas. Es una pena que la democracia necesite la logística de la guerra para abrirse camino. 

Nos encontramos otra vez con el dualismo realidad y narración. El Estado narra lo que ha sucedido pero no impide que suceda. El Estado narrativo no sirve cuando la realidad está produciendo daños y lesiones a bienes y personas. Se necesita una intervención que salvaguarde la ley, la seguridad y la libertad de todos los que creen y crean dicho Estado. Hemos visto demasiada narración y poca seguridad. El Estado parcce que va siempre detrás de la realidad y es ésta la que se impone a aquel. La realidad crea al Estado, a la ley, a la noción, a lal moral y produce la historia. Esta es ka metodología marxista la realidad de la multitud y de la calle  dicta o impone las conductas políticas incluidas las categorías del conocimiento. ¿No oís a través de los cristales? No son voces, son conceptos, son consignas, adoctrinamiento. Parece un Estado “a posteriori”, posterior, que obedece, que ha perdido la iniciativa del derecho y de la ley. 

Pasemos de la sociología a la antropología, como decimos siempre.  No son sólo multitudes y destrozos, gritos y puños en alto, lo que llena las calles. Es el odio. Hay demasiado odio en nuestra democracia. Los sentimientos se contagian y a ello ayuda la comunicación tecnológica, las llamadas redes sociales que no unen sino que separan. Es una convocatoria a odiar. Esta es la tragedia de la democracia a la que hemos aludido en el título. Ahora entendemos qor qué hemos llamado a la democracia como un peligro, un riesgo pero siempre en un sentido moral.


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