30/09/2021 / 19:58
J.Pastrana


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Despoblación: Partirte la cara por tu pueblo

Luchar contra la despoblación implica, también, voluntad. Cobeta ha sido el último ejemplo de cómo el espíritu logra milagros. Sin embargo, no es el único. Hay otros ejemplos, porque en el medio rural son muchos los que están dispuestos a pelear por su pueblo.


Año 1974. Lucio Atance habla con el alcalde de Cobeta. El colegio ya no se puede seguir utilizando porque el edificio está en un estado… casi hasta peligroso. Y así se lo comunica porque sabe de qué está hablando. Su primer destino como maestro, con apenas 18 años, había sido Bañuelos y allí a punto estuvieron de tener una desgracia.

Como ya ocurrió en Bañuelos, en Cobeta trasladan a todos los alumnos al edificio del Ayuntamiento. El día que Lucio sale del colegio tiene una certeza: ese edificio no volverá a abrirse. “Yo sabía que no podríamos volver. Hacía falta dinero para arreglar eso y los ayuntamientos no tenían el suficiente para hacerlo”. Ni dinero, ni niños que justificasen el arreglo. El proceso de despoblación estaba en su apogeo y las perspectivas eran muy negativas.

Año 2021, 15 de septiembre. Han pasado más de 30 años desde que Cobeta dejó de tener colegio, ni siquiera en dependencias municipales. Y sin embargo… Hay guerras que solo se pierden cuando uno deja de presentar batalla. El alcalde de Cobeta, Pedro Hernández Berbería, llora, pero de alegría. El colegio, aquel colegio que cerrara hace casi 40 años, vuelve a abrir sus puertas. “Cada vez que pienso en ello me viene una emoción muy grande”, asegura. Allí, en primera fila, está también Lucio, que no quiere perderse el momento. Incluso se hace una foto con dos de los nuevos maestros que darán clase a los seis niños matriculados. “Me llevé una gran alegría al ver que reabría”, asegura. “Es que si tú sales al pueblo y ves a los niños jugando ya…” Es otra cosa.

Alumnos del colegio de Cobeta en 1963. Niños y niñas acudían separados a clase. 

¿Cómo se vence a la despoblación? Por un lado están las reivindicaciones, sí, pero no hay que olvidar la voluntad. La voluntad del Ayuntamiento, de los vecinos y de los que están pensando en cambiar la ciudad por el campo. “No hay pueblos sin futuro, hay pueblos sin proyectos. Si los tienes, te puedes confundir, pero la suerte te tiene que pillar trabajando, porque así ocurren milagros como éste”, asegura Hernández Berbería. 

En su caso, una de las prioridades desde que llegaron al Ayuntamiento en 2019 ha sido la de buscar niños para abrir la escuela. “Había que atraer familias ofreciéndoles casa, colegio, buenas comunicaciones...” La voz se fue corriendo y empezaron a surgir personas interesadas. Ahora tienen seis niños y esperan que para diciembre o enero puedan llegar otros tres.

Una de las familias que respondió a esa llamada fue la de Basilio Rodríguez. “Llevábamos tiempo pensando en ir a vivir a un pueblo, porque queríamos espacio para tener gallinas, huertos… Y siempre he pensado que para las niñas es genial, porque da muchísima más libertad. Ayer tuve que ir a buscarlas para cenar porque se pasaron todo el día fuera”, recuerda.

 

Lucio, en el centro, junto a dos de los nuevos profesores del colegio de Cobeta. 
 

Sus hijas tienen 6 y 8 años, “un momento ideal para vivir en contacto con la naturaleza”, y se han adaptado rápidamente a la vida en el pueblo. “Lo que más les llama la atención es el hecho de poder salir a la calle solas, que todo el mundo las conozca y que incluso les inviten a galletas”.

Se nota que la reapertura del colegio ha sido acogida con los brazos abiertos por el pueblo, al menos por la mayoría de él, ya que el alcalde reconoce que su empeño también tuvo algunos detractores. “Nos salieron hasta enemigos. Muchos de los que nos felicitaban el día de la inauguración, hace un mes no se creían que pudiéramos hacerlo”.

Una de las que sí se ha alegrado, y mucho, es Logi. Nació en el 52 y recuerda sus años de colegio, cuando había medio centenar de niños y niñas yendo a la escuela, separados por sexo, eso sí, cada uno entrando en clase con una piña para la estufa en los meses invierno. “Para mí la reapertura ha sido una alegría”, sobre todo tras ver años en los que ella misma tuvo que emigrar fuera del pueblo al que ahora ha vuelto. “Fue muy triste ver cómo se iba quedando sin gente, pero ahora están regresando los niños… y los que somos menos niños también”, bromea.

 

Logi, nacida en Cobeta, se encuentra encantada con la reapertura del centro. 

Juan Berbería también estuvo escolarizado en Cobeta y sus recuerdos son similares a los de Logi. En su caso, tuvo que marchar en busca de un futuro a Barcelona, aunque siempre mantuvo el contacto con el pueblo y eso le permitió vivir muy de cerca los peores años de la despoblación. “Cuando no había niños ni ambiente se pasó muy mal.”. Incluso, hace unos años, “cuando en el pueblo quedaba una treintena de personas”, llegó a temer que aquello echara el cierre. Por eso se alegra tanto de la presencia de los niños, aunque suba el nivel del volumen por las calles. “Qué chicos no hace trastadas. Todos nos hemos acostado de día cuando éramos jóvenes”. Lo que más agradece por encima de todo es la buena predisposición con la que han llegado los nuevos vecinos. “Tienen muchas ganas de involucrarse. El otro día los niños nos traían hasta dibujos”.

De aquella treintena de vecinos que le hizo temblar hace unos años se ha pasado a un panorama distinto.”Antes, a finales de agosto me quedaba solo. Ahora sigue habiendo gente para echar la partida y se ve mucho movimiento… un movimiento increíble para estas fechas”. No es casualidad. “Ahora mismo hemos pasado de 104 a 120 habitantes. Además de los seis niños y sus familiares tenemos tres profesores”, explica el alcalde.

Uno de esos profesores que acaba de llegar, directamente desde Albacete, es Carlos del Salto. “Dos días antes de que me dieran el destino, mi padre me dijo que iban a abrir un colegio en Cobeta, que a ver si me iba a tocar… y mira”. Eso le ha dado la oportunidad de vivir una experiencia que le está resultando muy gratificante. “Es el primer medio rural al que voy y es totalmente diferente a los colegios en los que he estado. Es una maravilla. Tenemos 6 alumnos de distintos cursos, pero al ser tan pocos es muy fácil hacer la adaptación curricular”.

 

Carlos del Salto en el colegio de Cobeta, su primer destino rural. 

Con 25 años y espíritu aventurero, destaca los paseos por el pueblo con los niños, la amabilidad de los vecinos e incluso la oportunidad que tuvo de compartir experiencias con el propio Lucio. “Yo en los 70 debía tener unos 20 años y, además de a los niños, daba clase a chavales que eran casi de mi edad, porque era el momento en el que la resinería empezaba a declinar, y había que prepararlos para salir fuera. Así que daba clase a los adultos por la tarde y luego salíamos a echar la partida. Éramos como amigos”.

En estos momentos, en la guerra contra la despoblación, a los ayuntamientos y vecinos les han llegado refuerzos. No sólo cuentan con una mayor complicidad por parte de las instituciones, también han mejorado las telecomunicaciones y las carreteras, lo que permite que más personas teletrabajen desde el medio rural y abre la posibilidad a visitas fugaces a la ciudad. Aunque eso no lo es todo. “Las comunicaciones ayudan mucho, pero cuando vas a un pueblo tienes que saber que los servicios y las infraestructuras no van a ser los mismos que en la ciudad”, señala Basilio.

“Lo que hace falta para que venga más gente son trabajo y vivienda”. De hecho, esto último es uno de los mayores problemas a la hora de conseguir nuevos pobladores. “No hay casas para vivir y nadie alquila. Y muchas veces las que se venden están ruinosas y tienes que invertir demasiado en ellas”, aunque por fortuna ese no ha sido su caso. Incluso, “han venido profesores que hemos tenido que meter en casas de familiares del alcalde que vienen solo en verano”.

Hernández Berbería también es consciente de ello y por eso reformaron el antiguo cuartel de la Guardia Civil para habilitar en él dos apartamentos de 60 metros cuadros. “Eran dos lugares que estaban perdidos y además los hemos preparados para personas con discapacidad, por si acaso”. Ahora, su empeño es mover nuevos proyectos, como el de una escuela de resineros que sirva para recuperar una actividad tradicional en la zona. “Ya hay seis familias que se ganan la vida con esto y queremos que sean diez. Hay que seguir metiéndole goles a la despoblación”. La pelea continúa.

 

Driebes, enganchados a la historia

Otro lugar en el que la resignación ha dado paso a la acción es Driebes. Con imaginación y trabajo allí han sabido aprovechar al máximo uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de los últimos años, el de la perdida ciudad romana de Caraca. Cuando la noticia saltó a los medios, el actual alcalde, Javier Bachiller, era todavía concejal, pero recuerda que “nos cambió todo. Cada cosa que hacemos tiene una repercusión mediática bestial, desde los congresos, a las visitas y  hasta el certamen Ruranos de murales”, que llegó a salir en la prestigiosa revista Times.

El impulso que han obtenido le ha cambiado la cara al pueblo, han pasado de temer por el futuro del colegio, que contaba con 9 alumnos, a sumar 19. “El Ayuntamiento ha creado una guardería, que no es algo habitual en un pueblo pequeño,  y eso ha servido para atraer a familias jóvenes”. También han financiado actuaciones en el colegio porque “si no inviertes en los pequeños, no tienes futuro”.

 

Todo el mundo coincide, tener a los niños pululando por las calles del pueblo es una bendición. 
 

Una de esas personas jóvenes que ha llegado a la localidad es Beatriz Lozano, veterinaria. “Yo soy de Driebes y mi madre también. Veníamos los fines de semana y vi que en cuestión de veterinaria no había nada, así que decidí empezar el negocio”. Tanto para su trabajo como para el de su marido es importante el hecho de que haya fibra óptica, otra pelea ganada, pero sobre todo destaca la calidad de vida que ha ganado para sus hijos. “Hemos vivido en Inglaterra y en Alcalá y puedo decir que hemos pasado de no tener vida social a tener un montón. Vivíamos en urbanización en Alcalá de Henares y era todo muy impersonal. Hay padres que aún no se han enterado de que mis hijos ya no van al colegio allí”, pero aquí “tienen sus amigos. Es todo muy fácil. Vas andando y te das cuenta de que la gente te saluda de verdad”.

 

Beatriz Lozano junto a una de sus hijas. 

Aún así, el pasado y cierto pesimismo todavía extienden su sombra sobre Driebes. Sebastián tiene 86 años y se ha pasado toda su vida trabajando con el ganado. “Yo siempre estoy en el campo, pero parece ser que el pueblo se anima algo, poco, pero se anima algo”. Es difícil competir contra sus años de infancia, cuando los niños matriculados en el colegio eran más de 100, según sus recuerdos. Desde entonces ha caído el número de ganaderos de la zona, “solo queda mi hijo”, y los negocios. “Tiendas había dos o tres y ahora hay una. Y hornos también había dos o tres y ahora ninguno”. Por lo menos, ahora parece que el pulso se está equilibrando un poco. “Con los chicos que hay por el colegio, parece que esto tiene un poco de vida”.

Un sentir similar tiene José Padrino, antiguo alcalde del municipio, quien recuerda que en estos momentos “la tasa de natalidad en el pueblo es mínima. No hay industria y la agricultura está mecanizada. La población está envejecida y la gente joven tiene que salir, como mis propios hijos”. A pesar de ello, reconoce el trabajo que se está realizando desde el Consistorio. “Las escuelas se han mejorado y los niños desde que nacen ya casi tienen guardería… pero es que es muy difícil”.

 

El ex alcalde, José Padrino. 

El Ayuntamiento, por su parte, sigue poniendo sobre la mesa iniciativas con las que poder mantener la inercia de estos últimos años. “Estamos habilitando una casa en el propio colegio destinada a personas que respondan a ofertas de trabajo público durante el curso escolar, para que vengan familias con dos o tres hijos”. Incluso ejercen de intermediarios a la hora de buscar vivienda, el constante problema del que habla poco, gracias a una APP municipal. “Hacemos de inmobiliaria de las casas que se alquilan y venden y la verdad es que nos ha funcionado muy bien. Casas de alquiler no quedan”. Calcula que en los últimos tiempos pueden haber ganado unos 80 vecinos, “que para un pueblo de menos de 400 no está nada mal”. Un asalto más ganado.

 

Arbancón, orgullo y unidad

Y si se habla de combate, hay que hablar de la Galia de la Sierra Norte. Allí existe un pequeño municipio cerca de Cogolludo que ha logrado convertirse en todo un referente para la comarca. Se trata de Arbancón. Gonzalo Bravo es su alcalde desde 2007, cuando llegó al cargo con apenas 24 años. Sin embargo, su lucha comenzó antes, en la Asociación Juvenil Los Cuatro Caños, reclamando un transporte público a Guadalajara que no tenían. Ahora hay de lunes a jueves. Talento puro para la lucha.

Al contrario que Driebes y Cobeta, en Arbancón renunciaron a reabrir la escuela. “Cuando surgió la posibilidad, los padres decidieron que los niños siguiesen en Cogolludo”, explica el alcalde. La distancia es de apenas 3 kilómetros y allí se reúnen los niños de varios municipios cercanos. Puede llamar la atención después de conocer los otros dos casos, pero es que en el medio rural, el enfoque y las condiciones varían de un sitio a otro. Adaptarse o morir.  

Mª Ángeles Valdehita pertenece a la Asociación Tus Raíces. A través de ella se ofrece servicio de ludotecas a Cogolludo, aunque durante el verano también realizaron un campamento urbano que ha reunido a una treintena de chicos de varios municipios de los alrededores. “Queremos ayudar a conciliar vida laboral y familiar, a que las familias no tengan que irse porque no hay un servicio orientado a niños de 1 a 3”.

 

Tus Raíces busca aumentar la oferta de actividades extra escolares para niños en el medio rural. 

Valdehita cree que es fundamental la colaboración entre ayuntamientos. “Es inviable que cada ayuntamiento tenga todos los servicios propios, pero somos municipios que estamos a cinco minutos unos de otros. Algunos pueden ser compartidos”. Por eso, en octubre confían en poner en marcha un proyecto de actividades extraescolares que aproveche las características de cada municipio. “Estamos hablando con todos los ayuntamientos para que haya actividades conjuntas. Tenemos un pabellón cubierto en Fuencemillán, así que ahí se pueden hacer actividades en invierno. Tenemos un campamento multiaventura en Arbancón, así que ese podemos usarlo para actividades dirigidas a niños más mayores. Queremos poner en común cosas y lograr beneficios para todos”.

Con este enfoque sobre la mesa, Bravo apostó por reconvertir las antiguas escuelas en un centro de formación para desempleados que, además, es uno de los pocos del país acreditado para formar retenes forestales. “El objetivo era formar a la gente en algo de lo que después pudieran trabajar en la zona. Ahora se ha convertido en un centro de referencia al que viene incluso gente de otras comunidades”.

En Arbancón, más que en mantener abierto el colegio, los esfuerzos han ido dirigidos a establecer un calendario de actividades que se alargue durante todo el año. “Da igual que participen 10 personas o 50. Todo el mundo tiene derecho a disfrutar de esa oportunidad. Los pueblos no son solo para el verano”.

 

Arbancón a la luz de las velas, es una de las actividades turísticas más exitosas de la localidad.

Certamen de teatro, noche mágicas con el municipio iluminado a la luz de las velas y otras propuestas han logrado impulsar el turismo hasta el punto de que la localidad cuenta con 100 camas para visitantes. “Ahora mismo tenemos unas 12 personas que han llegado gracias a todo lo que estamos haciendo. Han abierto dos negocios de hostelería y tenemos una familia con la tienda de ultramarinos” e incluso cuentan con un espacio coworking “gracias a que disponemos de una fibra decente, con lo que estamos atrayendo a personas que teletrabajan”.

Esa apuesta por el ocio y la cultura incluso se ha convertido en un aliciente a la hora de atraer nuevos vecinos. “Tras el confinamiento, en cuanto abrió Madrid, aquí se vendieron cuatro viviendas. Empezó a llamar gente al Ayuntamiento preguntando por vivienda y notamos que valoraban ese programa de actividades”.

Aquí también son conscientes de las dificultades que implica conseguir una casa. “No hay política de vivienda rural y el alquiler es casi inexistente o tiene mala relación calidad-precio”, reconoce Bravo. “Por eso empezamos a reconvertir espacios municipales en vivienda de calidad.  Ahora tenemos tres casas en alquiler con nuevos pobladores y se va a empezar una cuarta”.  Uno de esos nuevos pobladores es Marcelino, que llegó aquí buscando “comodidad y calidad de vida” y que lleva desde mayo instalado en el pueblo. “Aquí recuperé la tranquilidad. Aparco sin problemas, salgo a pasear y tengo más pueblos que visitar. Además de que es mucho más rentable que vivir en Madrid”.  

 

También Tino llegó a la localidad hace más de 10 años escapando de la ciudad. “Me encantó el silencio, el valle de Arbancón y el ambiente, que era bastante familiar”. Tras pasar por Barcelona y Madrid, quería un lugar más tranquilo. “Aquí cada vez se hacen más cosas y eso se respira hasta en el ambiente del bar. No hay una atmósfera derrotista. A veces en los pueblos el problema es la falta de expectativas, de perspectiva de futuro, pero eso es lo que aquí se está intentando cambiar, que seamos conscientes de que las expectativas nos las tenemos que crear nosotros. La gente que viene aquí se encuentra con una comunidad que está haciendo cosas”. La pequeña aldea gala, unida.

Algo similar opina Ana López, que lleva más de 55 años unida a la localidad. “Lo que más alegría me da es que la gente está volviendo a sus orígenes. Cuando se fueron en los años 50 o 60, tiraban todo lo que tuviera que ver con el pueblo porque parecía que era paleto, casi avergonzaba. Ahora se valora”. Además, a la hora de regresar lo han hecho recuperando y reformando sus viviendas. “Eso también influye en la autoestima”, asegura Tino. López es igual de positiva que Tino respecto al futuro. “Yo creo que los pueblos se van a volver a llenar, no con gente nativa, sino con personas llegadas desde fuera”.

 

Precisamente para contagiar ese optimismo, desde el Grupo de Acción Local de la zona, Adel Sierra Norte, se ha puesto en marcha el proyecto Futuros Rurales. “Lo normal es pensar que quedarse en el pueblo es fracasar y marcharse, sinónimo de éxito. Por eso queremos mostrar casos de gente que se ha quedado en su pueblo y es triunfadora, para cambiar esas actitudes.Y eso hay que cambiarlo desde abajo, desde el colegio”, explica Bravo, vicepresidente de Adel. Puro orgullo rural.

Lo que sí tiene claro Bravo es que no hay que buscar exclusivamente familias con hijos. “Cuando ofreces un empleo o algo puntuando más a quien tenga hijos, no funciona. Para que esto funcione tenemos que ofrecer arraigo, que la gente del pueblo quiera que vengan vecinos y que el que venga quiera integrarse. Si no consigues el arraigo, esa gente estará aquí hoy, pero mañana se irá a otro sitio”.

La pelea sigue y el medio rural va logrando pequeñas e importantes victorias. La punta de lanza es la voluntad, el espíritu combativo. Hay que partirse la cara por el pueblo. Ya hay quien lo ha entendido y, sobre todo, quien lo está haciendo.   


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