La procesión vivida desde dentro

02/04/2026 - 11:25 FCV

Ayer, cuando la noche ya había caído sobre Guadalajara, la Semana Santa se hizo carne y hueso en las calles del centro. Crujido de los varales, roce de las túnicas y ese “arriba” susurrado que une a los costaleros como si fueran una sola persona.

FOTOS: RAFAEL MARTÍN

Desde la iglesia de Santiago, la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Salud y María Santísima de la Esperanza Macarena salió a su cita anual con la devoción de siempre, pero con la emoción de quien la vive por primera vez.

Los hermanos, entre el cortejo, con el capirote puesto y el corazón en la garganta. Delante iba el paso de misterio, serio y recogido, como si el propio Cristo los mirara de frente. Detrás, el paso de palio de la Macarena se mecía con esa dulzura que solo consiguen los brazos que cargan con cariño. Los 85 costaleros -con la misma entrega de siempre- imprimían a cada paso un vaivén que parecía mecer a toda la ciudad.

El incienso subía recto hacia el cielo negro. Los cirios goteaban cera caliente sobre las manos. Y la música, esa que suena a casa, llenaba los huecos: la Agrupación Musical del Santísimo Cristo del Amor y de la Paz de Guadalajara y la Banda Unión Musical de Membrilla tocaban con el alma, unas veces fuerte, otras casi en susurro, como si supieran exactamente cuándo callar para que se oyera el latido de la gente.

La cuesta de San Miguel fue, una vez más, el lugar donde todo se resume. Allí se nota el esfuerzo, allí se siente el respeto, allí se ve cómo ochenta y cinco hermanos se convierten en un solo cuerpo para que la imagen no sufra. Nadie grita. Nadie aplaude. Solo se respira hondo y se sigue. Y al llegar a San Nicolás, la estación de penitencia se hizo oración muda: la ciudad entera se paró un momento, se arrodilló con el alma y luego continuó.

El recorrido -Teniente Figueroa, Sinagoga, calle Mayor- fue el de siempre, pero cada año se siente distinto. Porque cada año son más conscientes de que esto no es un desfile: es la manera que tienen los de aquí de decir que siguen creyendo.

Cuando los pasos volvieron a entrar en Santiago, ya pasada la medianoche, quedaba en el aire un olor a cera y a incienso que no se va en días. Y en el pecho, la certeza de que ayer, otra vez, Guadalajara fue capaz de pararse para caminar con su fe.