29/05/2020 / 21:29
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

El pitido

El pitido sustituye al grito, tiene más fuerza y es más fácil que el silbido y se empareja con el megáfono.


Aunque el hombre es un animal político, Aristóteles dixit, con frecuencia se olvida que también es educado y se comporta como tal organizando escraches a quien no le gustan sus opiniones. Mi consejo es que recurran a los pitos y abandonen las cacerolas. Los pitidos son una manera de autopotenciar nuestra presencia en actos más o menos multitudinarios.  Ir por la calle a solas soplando un pito tiene sus ribetes de ridículo. El pitido sustituye al grito, tiene más fuerza y es más fácil que el silbido y se empareja con el megáfono. Un grupo, por numeroso que sea, sin pitidos ni megafonía, no hace el ruido suficiente para que se le oiga desde lejos y la gente diga “¡Ahí vienen esos!”, que es lo que se pretende. “Esos”, lo mismo son estudiantes que piden más becas, jóvenes proclamando su júbilo por el comienzo de las vacaciones. O, ahora, gente pidiendo la dimisión del Gobierno. No tendría mucho sentido, y no es habitual en España, una manifestación de silenciosos, aunque lleven pancartas; por ejemplo, de catedráticos, pero tendrían que ser de los de antes, de cuando yo estudiaba en la Universidad, porque los de ahora, por su atuendo y sus maneras ya no son aquellos señores que nos inspiraban a los estudiantes un respeto reverencial. Hoy en día, seguro que más de un catedrático se manifiesta con el pito en la boca. Hay tantos, como tantas son las universidades, que los catedráticos han perdido el prestigio que suele aureolar a los estamentos a los que solo acceden unos pocos tras una dura selección. Tan pocos eran entonces que en Madrid había una sola Universidad. Así que ser estudiante universitario también daba cierto prestigio social. Pero veo que me voy por los cerros de Úbeda, y tengo que volver al pito. El pitido necesita un instrumento. Su  sonido es monocorde, estridente, y, además, los pitadores suelen hacerlo sonar con gesto agrio y adusto. Al paso y al ritmo con que se organizan las manifestaciones de protesta, se van  a conseguir unos perfectos pitadores, pero nunca silbadores que superen a los canarios de la Gomera. A fuerza de pitidos, silbidos o chiflidos no se resolverán los problemas pero los protestones se desahogan y a algunos órganos subvencionados les sirve para justificar su inoperancia.


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