El ser querido: Honesto, pero no valiente
¿Qué destacar de la última película de Rodrigo Sorogoyen? Podría quedarme con su audacia formal, con esa decisión que ha tomado al prescindir de sus reconocibles y maravillosos planos secuencia para cederle el protagonismo al tamaño de los encuadres y al salto entre formatos. O con las excelentes interpretaciones de su pareja protagonista, Javier Bardem y Victoria Luengo. Pero no, el cuerpo me impide hacerlo.
Sorogoyen es un fantástico director que, gracias a trabajos como Antidisturbios, El reino o As bestas, ha logrado convertirse en un emblema ideológico, en un hombre «comprometido». Tiene un terreno que le gusta mucho o en el que se siente protegido, no lo sé, pero del que le cuesta moverse para cuestionar sus propias creencias. Y por eso, con El ser querido, puedo hablar de cine honesto y comprometido, pero no valiente, porque no hay nada más seguro ni fácil, desde el punto de vista del fondo de la historia, que lo que han hecho y escrito él e Isabel Peña.
Un genial y polémico director de reconocidísimo prestigio queda para comer con su hija, con la que ha tenido muy poco contacto. Le ofrece un papel en su próxima y ambiciosa producción. Él quiere ayudarla y, sobre todo, recuperar el tiempo perdido, construir algo entre ellos, si es que aún se puede. Ella busca… ¿relanzar su carrera? Qué más da. Porque, al final, por mucho que El ser querido pretenda denunciar la masculinidad tóxica de su protagonista, tan solo tiene un personaje interesante, con dobleces. El otro es una víctima, sin nada que reprocharse y sí mucho que reivindicar. Vamos, un personaje plano.
Decía antes que Bardem y Luengo hacen un trabajo maravilloso en esta película, pero nunca podría hablar de un duelo interpretativo, porque no hay combate entre ellos. Y eso está bien para el mensaje, pero no para la historia. Los dos saben quién es el malo y quién es la buena. Uno se pregunta si, en manos de otros actores, esto habría resultado igual de interesante… y lo dudo. Bardem es bueno, buenísimo, porque sabe sacar humanidad de todas las imperfecciones de su Esteban Martínez. Luengo no. Podría haberle dado juego la condición de enchufada de su personaje, pero su Emilia está demasiado enfocada en mostrar al espectador la absoluta dependencia que tiene de ese padre ausente que ahora retorna.
El ser querido dura dos innecesarias horas y cuarto que se ven de maravilla. Paradójico, pero cierto. Y podría haber durado tres. Es lo que tiene saber hacer cine e interpretarlo. Tiene escenas memorables por su intensidad, como la del rodaje de esa comida que se convierte en una pesadilla o la que transcurre dentro de una cafetería, sin diálogo, solo con música. En las dos, los protagonistas son los sentimientos de él, su amor y su volcán interior. Esteban resulta poco creíble cuando Bardem tiene que esforzarse por destacar sus defectos, pero es complejo cuando intenta sacar sin éxito de su interior los sentimientos que le provoca su hija, cuando es un ser imperfecto que ha cometido errores y que desearía amar mejor, aunque no pueda.
El ser querido corre el riesgo de resultar aburrida por predecible, y a lo mejor por eso el genio de Sorogoyen ha tirado del riesgo formal —esos encuadres asfixiantes y cambios de formato— para «engañar» al espectador. Pero, más allá de eso, toda su película ya está contada en la primera escena. Ojalá tenga valor para poner sus creencias ante el espejo en la próxima película y arriesgar de verdad, porque sería una lástima que su talento y el de Peña se quedaran anclados en esa zona de confort tan cómoda que han encontrado.