12/01/2020 / 13:56
Atilano Rodríguez/obispo de Sigüenza-Guadalajara


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El Sínodo y el individualismo

Para hacer frente a este individualismo, además de profundizar en la vivencia de la vocación cristiana, deberíamos asumir las exigencias de la sinodalidad


   En la convivencia social, familiar y eclesial, experimentamos con alguna frecuencia manifestaciones de un profundo individualismo. La búsqueda de los propios intereses y la preocupación por el bienestar personal impiden pensar en el bien de los demás, conocer sus necesidades y buscar juntos soluciones a las mismas.

Este individualismo, en ocasiones, se hace notar también en los comportamientos y manifestaciones de nuestras comunidades cristianas. Las dificultades de algunos hermanos para hacerse presentes en las celebraciones de la comunidad parroquial y el miedo a comprometerse responsablemente en las diferentes actividades de la misma revelan una fe muy individualista y poco eclesial.

Para hacer frente a este individualismo, además de profundizar en la vivencia de la vocación cristiana, deberíamos asumir las exigencias de la sinodalidad. El camino sinodal, que tiene su fundamento en la igual dignidad de todos los miembros del Pueblo de Dios en virtud del sacramento del bautismo, nos obliga a una sincera conversión y a un cambio de actitudes que nos ayuden a seguir con decisión el Evangelio de Jesucristo y que nos impulsen a actuar siempre desde la fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia.

La superación del individualismo, de la costumbre y del “gris pragmatismo” en la actividad pastoral -del que nos habla con frecuencia el papa Francisco- nos obliga a vencer la inercia pastoral que nos desgasta y nos debilita paulatinamente en la maduración de nuestra vida espiritual, en el crecimiento de la comunión fraterna y en el cumplimiento de la misión evangelizadora.

Esto quiere decir que el Sínodo diocesano no podemos reducirlo solamente a un acontecimiento pastoral. Esto es muy importante, pero los trabajos sinodales han de afectar también a nuestra historia comunitaria, a la historia de nuestra querida diócesis de Sigüenza-Guadalajara. Por eso, el Sínodo no puede ser nunca una ruptura con el pasado, sino una preciosa ocasión para la acción de gracias por lo vivido a lo largo de los siglos y una magnífica oportunidad para proyectar el futuro de nuestra misión evangelizadora, contando siempre con la iluminación del Espíritu Santo.

Estamos invitados, por lo tanto, a contemplar el pasado con gratitud, pero también a mirar el futuro con esperanza y confianza en la gracia divina. Esto nos obliga a vencer el individualismo, a salir de nuestras comodidades y a no quedarnos con los brazos cruzados, diciendo que las cosas “siempre se han hecho así”. Si no hacemos frente a estas actitudes negativas, nos cerramos a explorar los nuevos caminos que el Señor nos pide recorrer para redescubrir el futuro pastoral y evangelizador de nuestra diócesis.


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