21/08/2020 / 11:38
Tomás Gismera | Historiador


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Entre Jadraque y Brihuega: Eduardo Contreras

Nada hay en Jadraque que recuerde el paso por sus calles de Eduardo Contreras. A pesar de que son muchos los recuerdos que hacen mención al paso de su padre, Bibiano Contreras y Rata. El famoso médico y alcalde que fue de la localidad en el tercer cuarto del siglo XIX.


Habría que remontarse a 1847 para buscar su nacimiento, cuando su padre, Bibiano, del que tanto se cuenta, comenzaba a ejercer como médico de los mineros de Hiendelaencina. Aparece su nombre, con letras de molde y por vez primera en 1877, cuando ya era, a pesar de su presunta juventud, Administrador de Rentas Estancadas de Hiendelaencina. Por entonces andaba la relación con su padre, con Don Bibiano, un poco tensa. Su padre había deseado que siguiese sus pasos y estudiase medicina y Eduardo llegó a estar inscrito en Alcalá para estudiar medicina, pero lo dejó enseguida. No estaba llamado para curar según qué tipo de males. Y se lanzó a recorrer el mundo, plasmando sus viajes en dos libros, hoy de culto, editados en aquella década en Madrid, y que lo lanzaron a la fama, al menos de la provincia de Guadalajara. Sus títulos: “Un viaje por Oriente, de Manila a Marianas”, y “Viajes y descubrimientos en el Polo Norte”.

Y mientras Eduardo andaba por Hiendelaencina, con lo de las Rentas Estancadas ejerciendo como funcionario del Estado su padre se trasladó como médico a Jadraque, precisamente ese año, el de 1877, don Bibiano fue designado alcalde de la villa, cargo que dejó en 1879. Entonces los alcaldes no podían permanecer en el cargo más de dos años continuados, para evitar las corruptelas.

Eduardo Contreras, tras su paso por Hiendelaencina, se trasladó a Jadraque, cuando en los pueblos de cierta nombradía y mucho paso comenzaron a instalarse las primitivas estafetas de correos. Accedió por vez primera a desempeñar un cargo de cierta responsabilidad en Correos y Telégrafos, en la villa de Jadraque, como oficial de correos, al final de la década de 1880. 

La vida, que para cualquier funcionario pudiera resultar tranquila en una población como Jadraque, entonces rondando los 2.000 habitantes, la ideó nuestro personaje de una manera muy distinta. Se empeñó en hacer cosas. Muchas cosas. Todas las cosas del mundo, a ser posible.

Es de suponer que Jadraque le impresionó, aunque ya lo conociese. Como le impresionaron las ruinas de aquél imponente castillo que roído por la miseria, se desplomaba día a día. A tanto llegó ese empeño por devolver a Jadraque un poco de su esplendor pasado que, una y otra vez, insistió en la reconstrucción del castillo. Fue el primer personaje de los que tenemos memoria que se interesó en ello. Una curiosa carta, fechada en Jadraque el 23 de noviembre de 1881, hoy conservada en el Archivo de los Duques de Osuna, firmada por don Eduardo, instruye al entonces propietario, el duque don Marianito, de cómo había de llevarse a cabo la reconstrucción, recomendándole incluso el lugar del que podían acarrearse las piedras necesarias con el menor coste. Evidentemente, el duque, en los revoltijos de su ruina, no estaba para gastos extras.

Eran años, los de los ochenta del siglo XIX, en los que una serie de intelectuales con avanzadas ideas para la época, ocupaban cargos de responsabilidad en la Serranía de Atienza, y por supuesto que a Eduardo no le costaría ningún trabajo entrar a formar parte del grupo de Jorge de la Guardia, médico en Miedes, o de Bruno Pascual Ruilópez, abogado en Atienza. 

Aunque eso será tras el paso del látigo del cólera por Jadraque, cuando en 1885 la población se vio sacudida por la epidemia y Eduardo, echando mano de sus conocimientos médicos, trabajó de forma incansable junto a su padre y con Félix Layna Brihuega, el padre de nuestro historiador, por toda la comarca. Don Félix, que dejó un hijo en el cementerio de la localidad, a punto estuvo de dejarse también la vida.

Don Eduardo Contreras dejó Jadraque poco después. De la estafeta de correos de esta localidad pasó a la de Atienza. Y en Atienza se convirtió en un adalid de la cultura. Junto a los nombrados, y a muchos otros, fundó el Casino de la Unión, desempolvó la historia y se lanzó a predicar con el ejemplo del buen hacer. Y en Atienza, junto a Jorge de la Guardia, iniciaría la persecución de un sueño: tener su propio medio de difusión cultural, fundando en 1897 la revista “Atienza Ilustrada”. Para entonces ya estaba casado con María de los Ángeles Sepúlveda y Cerrada, natural de Brihuega, con la que tenía cuatro hijos, Arturo, Herminia, Blanca y Concepción. María Sepúlveda era sobrina de otro de esos personajes que dieron de qué hablar en la provincia, más en Brihuega, Ramón Casas Caballero. Lo malo es que su mujer lo dejó viudo muy pronto, el 18 de julio de 1899. En Jadraque falleció, y en Jadraque la enterró.

Lo tentaron para que entrase en política, pero Eduardo prefirió mover los hilos de la política desde la sombra. A él se debe la irrupción en la provincia de unos cuantos políticos que llegaron a sentarse en el Congreso de los Diputados y en el Senado, con eso se conformaba.

Dejó la estafeta de Atienza para dirigir la de Jadraque, llevándose su revista, que pasó a llamarse “Alcarria Ilustrada”. Y comenzó a trabajar en Jadraque y por Jadraque, llegando incluso a montar un popular museo, mineralógico sobre todo, pues Eduardo era coleccionista de todo lo coleccionable: sellos, postales, fotos, libros, ex libris…

Tan pequeñas se le quedaron sus salas, que hubo de alquilar un local en la calle Mayor. Y el Museo Contreras, conocido en toda la provincia, fue muy visitado convirtiéndose, después de la iglesia, en el lugar más atrayente para los visitantes de aquellos años. Museo en el que se podían contemplar desde los fósiles coleccionados por su padre y hallados en los cuatro puntos cardinales de la provincia, a la más grande colección de taxidermia jamás habida en Guadalajara.

Pero como si fuese culo de mal asiento, Jadraque se le quedó pequeño, y libre la estafeta de Brihuega, a Brihuega se marchó, dejando al frente de la de Jadraque a su íntimo amigo, el farmacéutico Jacinto Abós quien, en eso de hacer cosas, le seguía los pasos.

En Brihuega continuó su “Alcarria Ilustrada”, hasta que el 17 de mayo de 1902 se publicó la antesala de su último número, un especial de 88 páginas, dedicado íntegramente a Brihuega. Allí concluyó la aventura de la Alcarria Ilustrada, porque junto a su tío, Ramón Casas, fundaría “El Briocense”, un periódico local y provincial que quedaría bajo la dirección de Antonio Pareja Serrada, flamante Cronista Provincial de Guadalajara.

Ya en Brihuega, al tiempo de la dedicación a su habitual trabajo, y a la edición del Briocense, tenía tiempo para viajar a Atienza, Jadraque y Madrid, a desempeñar otro tipo de funciones. Incluso llegó a formar parte de la aventura del Centro Alcarreño de Madrid, precursor de la Casa de Guadalajara. Fue llamando de puerta en puerta en pro de la reconstrucción del castillo de Jadraque. Tomó parte activa en la vida cultural de Atienza, y hasta en Brihuega anduvo en otra aventura, la fundación de la Filarmónica Briocense, de la que fue secretario. Sin contar que su firma fue habitual en la práctica totalidad de los medios de prensa de la provincia, y en muchos otros de Madrid. Una pluma ligera, aguda, crítica en muchas ocasiones. También fue un adalid en aquella famosa aventura del Centenario de la Batalla de Villaviciosa, colaborador necesario de Pareja Serrada, coautor de aquella “Razón de un Centenario”, y secretario y anotador de todos los actos.

Próximo a cumplir los ochenta años de edad le llegó la última hora, en plenitud de facultades, y con la mente tan lúcida que le permitía mantener sus innumerables compromisos y atender a sus colaboraciones periodísticas, en el mes de febrero de 1926, en Brihuega, donde vivía junto a sus hijas Blanca y Concepción, pues Herminia había fallecido y Arturo le había dado el mayor disgusto de su vida al dejar los estudios y casarse con la hija de un rico muletero de Maranchón con la que creó el madrileño Café Comercial de la Glorieta de Bilbao.

Fue el 4 de marzo de 1926 cuando sufrió un desmayo, falleciendo en la madrugada del día 5. A la mañana siguiente, 6 de marzo, desde Brihuega, en coche de caballos, trasladaron su féretro para ser enterrado en la población que soñó, junto a la que fuese su esposa, en Jadraque, donde reposa a la eternidad, su memoria. 

Un hombre de cultura, cuyo recuerdo no se debe perder, porque fue un ejemplo de tesón, y de bien y buen hacer.
    

 

   


 


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