22/11/2020 / 10:26
José Serrano Belinchón


Imagenes

Gentes de la tierra: Rufino Blanco

Nacido en Mantiel, muchos colegios españoles llevan su nombre, y entre ellos uno muy céntrico, conocido y familiar para las gentes de nuestra capital.


Allá por la década de los años sesenta del pasado siglo, nuestro catedrático de Pedagogía y Didáctica en la Escuela Normal de Cuenca, don Alberto del Pozo, nos hablaba en sus clases hasta con cierta devoción de este personaje, del que los estudiantes jamás habíamos oído ni una sola palabra. Había nacido en Mantiel el año 1861. Poco después, conocida parte de su obra y algunos ligeros rasgos de su personalidad, me di cuenta de que se trataba de un intelectual injustamente desconocido y olvidado, incluso en su propia tierra, pese a tratarse de un impulsor de la Educación como Ciencia, y de un maestro al que imitar y a quien seguir en sus consejos por cuanto a Educación se refiere, fundamentados tanto en la ciencia como en la experiencia.

Su nombre era Rufino Blanco, y en vida había sido director de la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, consejero de Instrucción Pública, presidente de la Federación de la Prensa y redactor de ABC. Así mismo había ostentado el cargo de gobernador civil de Segovia y autor de diversas publicaciones sobre Gramática y Caligrafía; figura destacadísima de la Pedagogía Española del siglo XX y miembro de número de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, quien en el discurso de ingreso resumió su magna personalidad en aquella frase que descubría su sencillez extraordinaria: “Yo no soy más que un maestro de escuela”. De su obra escrita, en torno a unos cuarenta títulos, me referiré aquí a tres de ellos a manera de muestra: ”Bibliografía pedagógica del siglo XX”, “Tratado de análisis de la Lengua Castellana” y “Elementos de la Literatura Española e Hispanoamericana”.

Fervoroso católico al que sus paisanos dedicaron en 1975 un cálido homenaje a su memoria, que perpetúa una lápida en el frontis de la casa de Mantiel en donde nació, con la fecha de su muerte. Fue asesinado en Paracuellos el 3 de octubre de 1936, víctima del odio en aquella España destrozada y sin norte hacia el que mirar. Muchos colegios españoles llevan su nombre, y entre ellos uno muy céntrico, conocido y familiar para las gentes de nuestra capital, situado en el Paseo de las Cruces.


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