Guadalajara recupera su pasado medieval con la rehabilitación integral del Alcázar Real como futuro palacio de congresos
El Ayuntamiento de Guadalajara ha emprendido una de las actuaciones patrimoniales más ambiciosas de las últimas décadas en la capital alcarreña: la recuperación y puesta en valor del Alcázar Real. Este proyecto es un ejercicio de recuperación histórica que busca dotar de una nueva vida a una estructura que fue, durante los siglos XIV y XV, un epicentro del poder castellano. La obra, actualmente en fase de ejecución técnica, pretende transformar las ruinas de esta fortaleza en un palacio de congresos, un edificio que combinará la funcionalidad contemporánea con el respeto absoluto a los vestigios arqueológicos que han sobrevivido al paso del tiempo y a la destrucción de 1936.
La historia del Alcázar Real de Guadalajara es una crónica de transformación constante. Situado estratégicamente en las inmediaciones del Palacio del Infantado y marcado por la topografía del barranco del Alamín, este edificio ha sido testigo de la evolución de Castilla. Los estudios arqueológicos más recientes, liderados por expertos como Julio Navarro Palazón, han permitido desentrañar una cronología compleja que comienza en el siglo XIII. En aquella primera fase, la construcción se realizó bajo un esquema de mampostería de planta trapecial, con torres circulares en sus esquinas. Esta estructura fue el núcleo de una residencia fortificada que, lejos de ser estática, creció y se adaptó a las necesidades de la monarquía castellana.
La segunda fase constructiva, fechada en el siglo XIV y vinculada a la figura de Alfonso XI, supuso una ampliación notable que transformó el edificio con el uso de tapial. Fue en este periodo cuando el palacio alcanzó su mayor esplendor tipológico, integrando elementos arquitectónicos que reflejaban las corrientes mudéjares y andalusíes adaptadas al gusto castellano. Un ejemplo destacado es la qubba o aula regia, un espacio de carácter protocolario que subrayaba la importancia del Alcázar como escenario de gobierno. Los restos de esta estructura y de la galería porticada, así como los pavimentos recuperados, son hoy piezas clave para entender la jerarquía espacial de la fortaleza.
Con el paso de los siglos, el uso del complejo cambió drásticamente. Tras un periodo de abandono, en 1778 el Alcázar fue el escenario elegido para instalar la Fábrica de Sarguetas de San Carlos, una ampliación de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara. Este giro hacia la industria y la producción manufacturera supuso una modificación estructural profunda que alteró, aunque también preservó de manera singular, gran parte del recinto original. Más adelante, el edificio sirvió como cuartel militar y colegio de huérfanos, funciones que mantuvo hasta la Guerra Civil, momento en el cual el Alcázar sufrió daños irreparables que lo condujeron a una ruina definitiva de la que solo ahora, con este proyecto, comienza a emerger.
La complejidad técnica de la rehabilitación actual reside en la integración de las necesidades de un centro de convenciones moderno dentro de un monumento histórico. El equipo de arquitectos y arqueólogos afronta el reto de estabilizar unos muros que combinan piedra, tapial y restos de las intervenciones industriales del siglo XVIII. El enfoque de la restauración no busca reconstruir falsos históricos, sino consolidar lo existente y hacer legible la arquitectura bajomedieval española. Para ello, se está realizando un análisis exhaustivo de los sistemas hidráulicos, yeserías y estructuras que permiten conocer cómo se vivía en este palacio real antes de que el tiempo y los conflictos lo convirtieran en un testimonio mudo.
El proyecto de rehabilitación es un motor de desarrollo urbano. Al convertir el Alcázar en un palacio de congresos, el Ayuntamiento pretende atraer un turismo cultural de calidad que valore el patrimonio histórico como un activo económico y social. La versatilidad del espacio permitirá albergar eventos de carácter institucional, empresarial y cultural, conectando la ciudad antigua con la Guadalajara del siglo XXI. Esta decisión de reutilizar el patrimonio en lugar de dejarlo en el olvido es una práctica que se alinea con los estándares europeos de sostenibilidad urbana y respeto a la memoria colectiva.
La coordinación entre la administración local y las instituciones arqueológicas ha sido determinante para avanzar en este nuevo capítulo. El contraste entre las crónicas de personajes como Sancho IV o Enrique IV y la evidencia material hallada en las excavaciones ha permitido ajustar el proyecto para garantizar que cada intervención sea reversible y respetuosa con los estratos históricos. El uso de técnicas avanzadas de arqueología preventiva ha sido fundamental, permitiendo que la obra no sea un proceso destructivo, sino una fuente inagotable de nuevos datos sobre cómo funcionaba la ciudad medieval en la frontera entre el río Henares y el barranco del Alamín.