La degradación del discurso público y la obscenidad de la impunidad lingüística
Hay frases dichas en TV, en prime time y con público muy variado –no entraré a descalificar a quienes ven este tipo de programas– que creo que exigen ser pensadas.
Tengo claro que el hecho de que una mujer diga de otra en un programa de máxima audiencia «¿Esa que es mitad tonta y mitad tetas?», no es una boutade televisiva ni un exceso retórico. Creo que es la cristalización de un imaginario cultural que el feminismo lleva siglos intentando desmantelar; se trata nuevamente de la reducción de la mujer a cuerpo y a caricatura intelectual. Y más interesante todavía resulta que quien reduce a la mujer sea precisamente otra mujer –Nihil novum sub sole–.
La frase no es solo un insulto. Es la síntesis brutal del viejo dispositivo patriarcal: dividir a la mujer entre incompetencia y sexualización. “Mitad tonta”: negación de su autoridad intelectual, y “Mitad tetas”: reducción de su presencia pública a su anatomía. En esta frase, que ni siquiera era original de la tertuliana, no hay ni crítica política, ni sátira sofisticada, ni confrontación argumentativa. Solo hay cosificación y la cosificación no es una opinión; es una forma de violencia que suele encontrar en la mujer un fértil terreno para ejercerla.
El problema es de quien pronuncia la frase y de quien la sufre, pero es que hay un dispositivo que la permite, que la amplifica y que la normaliza. Las tertulias de las cadenas privadas han convertido el debate público en un mercado de exabruptos donde el valor no viene determinado por la solidez de los argumentos, sino por la capacidad de los contratados de generar polémica. En estos espacios, los gritos sustituyen a la razón; las ocurrencias más disparatadas, a la deliberación y la humillación personal y las descalificaciones, a la crítica. En ese ecosistema, el insulto sexista no es un accidente, es su recurso.
Que tal afirmación se produzca en presencia de otros contertulios –por favor, no caigamos en el chascarrillo fácil– y del propio conductor del programa introduce una cuestión ética adicional, el silencio. El silencio en un espacio público; el silencio no es neutro. Cuando alguien humilla con esa virulencia y nadie confronta al humillador/a con firmeza, el silencio legitima esa conducta. Este silencio no es prudencia; es complicidad estructural. La ética del discurso exige condiciones mínimas de respeto y reconocimiento del otro como interlocutor válido. Sin ellas, lo que queda no es debate, sino dominación. (A este respecto, os recomiendo leer a Jürgen Habermas, a quien me bebí hace cuatro años para poder formar a mi alumnado de la radio en técnicas de comunicación –precisamente para que no fueran como estos contertulios que nos colocan en horas punta vendiendo programas supuestamente “familiares”–).
Y ahora ya, saco la artillería pesada… el feminismo ha insistido siempre precisamente en esto, en que la dignidad de las mujeres no puede ser negociable en ningún lugar, pero menos en un espacio público donde se difunde opinión. Simone de Beauvoir, en 1949, denunció la construcción histórica de la mujer como “lo Otro” frente a “lo uno” ... Reducir a una mujer a su pecho en un debate televisivo es actualizar esta lógica colocando su cuerpo (y no entero…) por delante de su palabra.
Y aquí ya no encaja la libertad de expresión porque esta no es un salvoconducto para la degradación. La libertad de opinión es solo válida cuando nos acerca a la verdad, pero a la de todos, y nada en el insulto corporal contribuye a este proceso. La libertad protege la discrepancia razonada, la inteligente, pero nunca puede dar cabido o sostener a la deshumanización.
Desde hace años, confundimos pluralismo con relativismo moral –muchos profesores de Secundaria venimos advirtiendo de este fenómeno que se ve claramente en la creciente impertinencia de nuestro alumnado a la hora de exigir y de cuestionar cualquiera de nuestras decisiones/actuaciones–. No todas las opiniones son igualmente respetables. Una opinión que reduce a una persona a un estereotipo sexualizado no enriquece el debate y no amplía la democracia; la dinamita. La democracia requiere conflicto argumentativo, no degradación personal. Y esto es lo que nos venden en prime time quienes nos dominan…
Y lo que más me inquieta y entristece de esto es que la descalificación sexista provenga de otra mujer. Está claro que el feminismo no es una consecuencia automática del sexo biológico; es una posición ética. Ser mujer no impide reproducir esquemas patriarcales. El patriarcado no se sostiene solo por hombres; se sostiene por estructuras culturales que pueden ser interiorizadas por cualquiera. Precisamente por eso el feminismo apela a la responsabilidad colectiva, a no convertir el cuerpo de otra mujer en arma arrojadiza; a no competir por el reconocimiento reproduciendo la lógica que históricamente nos ha subordinado.
Mi malestar no nace de la susceptibilidad, sino de la memoria histórica. Cada vez que una mujer es reducida a su físico en televisión (o en el cartel de un pueblo anunciando una actividad “deportiva” solo para mujeres con una foto hipersexualizada…), se reactiva la pedagogía de la desigualdad. Se envía un mensaje tan silencioso como poderoso: el cuerpo femenino sigue siendo un argumento válido para desacreditar. Y cada vez que ese gesto queda impune bajo la coartada del espectáculo (o del deporte…), se consolida la idea de que todo vale si genera audiencia. Y no todo vale. La sociedad no puede asumir que cualquier frase, por el mero hecho de ser pronunciada en un plató, merezca idéntico reconocimiento que un argumento racional. La libertad sin responsabilidad –esta que se ha puesto de moda desde plateas públicas– degenera en ruido. Este falso pluralismo sin límites éticos ha degenerado en humillación normalizada.
Ser ciudadanos morales implica reaccionar ante estos episodios. El espacio público debe regirse por estándares mínimos de respeto. Debemos exigir que quienes tienen un micrófono comprendan la dimensión formativa de sus palabras.
Los ataques machistas, vengan de donde vengan, deben ser denunciados con claridad y sin ambigüedades y no por ánimo inquisitorial, sino por coherencia democrática, porque cuando la televisión convierte la cosificación en entretenimiento y el silencio en estrategia, la degradación deja de ser un incidente y se convierte en un sistema.
Y un sistema que trivializa la humillación de las mujeres no es un sistema plural; es un sistema moralmente podrido. Y en ese sistema están creciendo vuestros hijos e hijas…
Que la señora ha pedido perdón… el perdón es un invento difundido por el judaísmo y el cristianismo con el supuesto arrepentimiento por bandera, pero el daño ya está hecho; yo soy más de Hannah Arendt e insisto en que el perdón no borra el daño hecho, solo calma la conciencia del maligno. Más ética. Menos perdón.