22/06/2020 / 22:12
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

La vulpeja de Atienza

Hace cien años José Ortega Munilla describió la llegada de una zorra a las calles de Atienza 


 

Cuentan las noticias que de un tiempo a esta parte se pasea por las plazas de Atienza una vulpeja. Que ronda las noches atencinas, toma algo de alimento y torna por el lugar que llegó al escondido paraíso de sus sueños.

¡Tiempo de duendes!, clamaría alguno de los muchos personajes que habitaron la Atienza del siglo XIX o los inicios del XX. La Atienza literaria del Conde de Fabraquer, la de nuestro casi paisano Benito Pérez Galdós, don Pío Baroja o, mejor aún, don José Ortega y Munilla.

Don José, quien mucho antes de que lo hiciese su hijo, también don José, con apellidos Ortega y Gasset, se paseó por Atienza viviendo sus historias, y habitó en el Jadraque que se asomaba a las novedades del siglo XX, a pesar de encontrarse todavía, cuando Ortega y Munilla lo habitó, en el XIX. Al igual que don Benito Pérez Galdós legó para la posteridad literaria de Atienza alguna de las páginas más gloriosas don José Ortega y Munilla, a través de alguna que otra novela que el tiempo se ha encargado de ir arrinconando.

El 22 de enero se cumplieron los cien primeros años desde que una de esas sabrosas novelitas de don José viese la luz. Una novela que se centró en Atienza, en sus calles, en sus noches, en sus personajes, en su ambiente de taberna y luz a medio gas.

Don José, que fue maestro en aquello de escribir novelas cortas, y novelas por entregas; “Nuño Pérez” es el título de una de aquella que hacían furor en las primeras décadas del siglo XX. Novelas cortas que a través de periódicos y revistas llegaban al lector, que las buscaba, coleccionaba y encuadernaba para releerlas al amor de la lumbre en días como estos de inviernos fríos.

Eran tiempos, los de aquellas décadas, herederos de la novela costumbrista del siglo XIX, que tantos maestros nos dejó en el arte de la pluma, y tantas historias contó.

Guadalajara, por aquellos intermedios de siglos estaba de moda en el mundo literario. Y no sabríamos decir el por qué. Pero desde años atrás, desde mediados del siglo XIX, Guadalajara, o mejor, algunos pueblos de Guadalajara, entraban y salían por la puerta de los grandes literatos. La capital también se asomó a la novela y el relato. Pero una capital es siempre eso, una capital, que por derecho propio ha de figurar.

Fueron numerosos los pueblos que se asomaron a las obras de Manuel Fernández y González, o del Conde de Fabraquer, auténticos maestros del folletín. Benito Pérez Galdós y Pío Baroja encumbraron  a algunos más y por supuesto que abierta la puerta otros grandes de la literatura siguieron sus pasos.

Don Luis Mariano de Larra, que siguió los de su padre, don Mariano José, centró en Jadraque alguna de sus piezas teatrales. Un Jadraque que mediado el siglo XIX comenzó a recibir a toda una pléyade de grandes intelectos. Y con la llegada del ferrocarril, en mayor número. Por Jadraque, a más de don Luis Mariano, pasó nuestro Conde de Fabraquer, lo mismo que lo hizo por el amurallado Palazuelos asomándose desde allí a Sigüenza; y a Jadraque se llegó, para pasar los últimos años de su vida, una de las grandes poetisas de esa parte del siglo. Doña Micaela de Silva y Collás, que nació en Oviedo un ocho de mayo de aquellos años en los que los franceses quisieron conquistar España. Doña Micaela, que acudió en busca de salud falleció en Jadraque el 7 de junio de 1875, y para la posteridad quedaron en nuestras tierras aquellos versos salidos de nuestra hidalga villa, sus “Emanaciones del alma”.

Por entonces fue cuando a Jadraque llegó don José Ortega y Munilla, conocido periodista entonces de la sociedad madrileña, director de periódicos de larga tirada y autor de numerosas obras literarias que recorrían las manos de los ávidos lectores de su obra. De su obra y la de sus coetáneos, Pérez Galdós o aquel otro maestro que nos legó su tiempo y que únicamente cometió, en el mundo literario, un fallo. Su obra la centró en su tierra, por ello tanto aprecia Cantabria a don José María de Pereda y Sánchez de Porrúa a pesar de que, leyéndola, nos puede conducir a cualquiera de nuestros paisajes.

 

 


José Ortega y Munilla
 Vio la luz del mundo, don José Ortega y Munilla, en tierras de Cuba –cuando aquellas eran tierras españolas-, apenas iniciada la segunda parte del siglo XIX, en 1856. Don José era un castellano-extremeño de pura cepa. En Valladolid nació su padre y extremeña de naturaleza fue su madre. Y en Madrid, punto intermedio, nació don José a la literatura, el periodismo y las costumbres de Castilla. Luego de pasar por Cuenca.

Siguiendo los pasos del padre, el hijo también se asomó al mundo del periodismo; fundó periódicos y revistas y se casó, miel sobre hojuelas, con la hija de un periodista, con doña Dolores Gasset y Chinchilla, la amada hija de don Eduardo Gasset y Artimé. Todo un caballero del siglo XIX que anduvo metido en el mundo político –fue ministro de Ultramar-, en el financiero y, claro está, en el de la prensa. Fundó el que fue quizá el periódico más influyente de su tiempo “El Imparcial”, que dejó en herencia, al menos en lo que a la dirección se refiere, a su yerno, nuestro don José Ortega y Munilla. Hombre afable, amigo de sus amigos y caballero de un tiempo en muchos aspectos aún por descubrir.

Llegó don José a Jadraque como otros hombres de su tiempo llegaron a la villa del Conde del Cid, para recobrar la salud cuando, tras la caída de un caballo, su médico le dijo que mejor que estas tierras, en donde la Alcarria se viste de perfume –versos de Ochaíta García-, ningunas.

En Jadraque recibió don José Ortega y Munilla la visita de amigos ilustres, como la de don Benito Pérez Galdós, ya contada en estas páginas periodísticas. Y desde Jadraque, claro está, se acercó don José, no podía ser de otra manera, a la hidalga y castillera villa de Atienza, en la que años después centraría su novela.

 



Nuño Pérez
La obra de Ortega y Munilla, esa en la que la vulpeja aparece por las calles de Atienza, tiene fecha de comienzo… la noche del 7 de enero de mil ochocientos…
Aquella noche, de aquel año inconcreto, aparecía la vulpeja –la zorra-, por las calles de Atienza:

“En la velada en que hablo irrumpieron el silencio cacareo de gallinas, ladridos de perros, gritos de hombres y mujeres. ¿Qué sucedía? Era sencillamente que la vulpeja había llegado de los altos cerros. El hambre le había hecho salir de su escondite, y arriesgándolo todo, volvía a entrar en la villa, en desafío de los canes, de los hombres y las escopetas. Y la vulpeja saltó las bardas de los corrales, entró en los establos, interrumpió el sueño de la honorable familia gallinácea…”

Y  a través de la obra nos encontramos con esa Atienza que, en el siglo XIX, comenzaba a perder la hidalguía de los grandes apellidos: Nuño Pérez de la Puebla. Nuño, o mejor dicho, don Nuño, era un hombre de unos treinta años, hijo de don Desiderio y doña Jimena, difuntos. Estos heredaron de antiguas “hijodalguías” tierras de pan llevar, varios cientos de cabezas de ganado ovejuno, cuarenta o cincuenta reses bovinas, tres pares de mulas y varios censos sobre otras propiedades…

Cien años después de que don José Ortega y Munilla, por los mismos días, por las mismas fechas, por el mismo mes,  y el mismo entorno retorna la vulpeja –la zorra-  hambrienta, a las calles de Atienza.

La novela de don José vio la luz el 22 de enero de 1920. La magia de la literatura nos devuelve, en presente, el paseo de una vulpeja, amable y confiada, a la hidalguía de Atienza; una vulpeja que no alborota a las gallinas y le dan las gentes de comer.

¡Cosa de brujas!, que diría don José Ortega y Munilla si levantase la cabeza.


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