Las campanas que repican sobre Sigüenza


En estos días pasados he tenido la oportunidad de leer el libro sobre Sigüenza que acaba de ver publicado el profesor Plácido Ballesteros San José.  Se titula “La restauración de la diócesis de Sigüenza y la tradición de la conquista de la ciudad (1085-1124), un análisis historiográfico”.

Es un cúmulo de noticias, documentos y reflexiones que nos permiten conocer –con todos los detalles que hasta hoy se saben– ese momento estelar de la fundación de la diócesis seguntina y su reconquista a los musulmanes. El libro, que es de historia pura, tiene varias partes bien distintas y mejor definidas. De un lado, se analiza el momento y el proceso de la constitución de la diócesis seguntina. Y de otro, el proceso de asentamiento castellano en la pequeña aldea que a finales del siglo XI depende de Medinaceli. Con la pregunta siempre en el aire de si existió o no existió una batalla de reconquista de la ciudad, con tropas castellanas capitaneadas por don Bernardo de Agen. Es un pulso de la historia sobre la tradición, que el autor resuelve con nitidez, con elegancia y con el respeto por todas las opiniones.

Pero el libro tiene una segunda parte que es aún más sabrosa, variada y entretenida. Es el estudio a través de cuantos han escrito sobre ella, de la tradición de la Reconquista, hecho histórico que fue celebrado en 2024 como un nueve veces centenario del glorioso momento que al final ha quedado en un recuerdo moderado y bien encaminado a la celebración de un futuro más de que de un pasado.

En la primera  parte de este análisis, dos son los hechos que el autor quiere destacar, y que afortunadamente deja muy claros en su exacto significado. Es el primero el de la restauración de la diócesis seguntina tras la reconquista de la Transierra por Alfonso VI de Castilla.

Enterramiento del primer obispo Don Bernardo de Agen.

Es el segundo el controvertido memorial de la Reconquista de la Ciudad a los árabes, en unas jornadas de lucha, estrategias, pólvora y espadas. Se calcula que esto ocurrió a principios de 1124, y de ahí que se haya conmemorado recientemente ese hecho. Pero la evidencia histórica desmiente tal aserto, porque en ningún caso se ha evidenciado que en esa época Sigüenza estuviera ocupada por los almorávides, que no llegaron a tomarla tras la primitiva conquista, mediante pactos, que de Toledo y su entorno hizo Alfonso VI en 1085.

Sobre el hecho de la restauración, con las fuentes históricas actualmente disponibles, no es posible delimitar la fecha exacta de la reinstalación de la diócesis de Sigüenza. Pero la documentación existente la acota entre el 26 de diciembre de 1121 (fecha deducible del documento fechado ese día del año 1144 en el que don Bernardo indica estar en el vigésimo tercer año de su proclamación) y febrero de 1122 en que nuestro prelado ya aparece como obispo seguntino. En esta corta etapa cronológica aparece incluido el 22 de enero, día de San Vicente, que es el que tradicionalmente se ha tenido como el día en que la “Iglesia seguntina recuperó el Castillo de Sigüenza”. De aquí es de donde el profesor Ballesteros concluye la posibilidad de que dicha efeméride, en las celebraciones bajomedievales del Cabildo eclesiástico seguntino, se refiriera a la consagración de su primer obispo, y no a la leyenda de su inverosímil conquista.

La diócesis de Sigüenza existió durante el periodo visigodo (recordar los nombres de Protógenes y de Gunderico, entre otros) pero en los siglos de dominación musulmana, cuando la actual Ciudad Mitrada quedó reducida a una mínima aldea dependiente de Medinaceli, todo fue borrado. La recuperación de Sigüenza como sede de obispado entra de lleno en la tarea política de Alfonso VII de Castilla, que todavía reconoce el mandato de su madre Urraca, y del obispo toledano don Bernardo de Sedirac, para frenar el expansionismo de Alfonso I el Batallador, monarca de Aragón. Por eso durante el largo decenio de 1111 a 1124, los castellanos/toledanos se afanan en recuperar una serie de obispados (como ejes repobladores) en la frontera con Aragón. Este es el caso de Sigüenza.

Enterramiento del primer obispo, don Bernardo de Agen.

Las conclusiones, muy resumidas, que el profesor Ballesteros anota en su obra tan cuidada, medida y clarificadora, son las de que no hubo reconquista militar de Sigüenza. La ciudad, que desde época romana, y luego visigoda, fue un punto estratégico en la Ruta de Mérida a Zaragoza, sobre el nacimiento del río Henares, con aldea mínima y somera defensa castillera, estuvo poco menos que deshabitada en los siglos de predominancia musulmana. Y ya a partir de 1085, de la conquista de Toledo por el gran Alfonso VI, se decidió recuperarla como sede de obispado, y punto fuerte en la frontera. Ahí llega don Bernardo de Agen, un prelado erudito, y buen gerente de la repoblación, para colaborar en las pautas que desde Toledo se dan de hacer un nuevo estado frente al que se siente como enorme poder musulmán al sur del Tajo.

De la segunda parte del libro sobre La restauración de la diócesis de Sigüenza yo destacaría el panorámico análisis que Ballesteros hace de toda la bibliografía que desde finales de la Edad Media se hace en torno al tema de la recuperación militar de la ciudad. Esa “mentira histórica” se trasciende en una tradición, que es la que aún se vive. ¿Y quien la mantiene? Pues un numeroso grupo, a lo largo de los siglos autoreciclado, de escritores, historiadores y poetas, que ven cómo el 22 de enero de 1124, tras varios intentos de asalto, finalmente don Bernardo de Agen, con tropas prestadas por los pueblos de los alrededores de la serranía ibérica, conquista la ciudad. Que no tendría entonces ni siquiera murallas, cuando menos un castillo como el que hoy vemos. 

La catedral de Sigüenza y sus protagonistas: Don Bernardo de Agen, doña Urraca de Castilla y el rey Alfonso VII.

En ese análisis bibliográfico, Ballesteros nos descubre algunos valores que hasta ahora no habían sido suficientemente considerados, como la obra de don Diego González Chantos y Ollauri sobre “Santa Librada”, la “Noticia Historial” de Antonio Carrillo de Mendoza, y los análisis de Pérez Villamil y Minguella y Arnedo sobre la Catedral y la Diócesis, respectivamente. Mientras que descalifica en pocas líneas la obras de Renales, Baltasar Porreño e incluso de Sánchez Portocarrero, por haber confiado demasiado en los falsos cronicones.

El libro escrito por Plácido Ballesteros.

En todo caso, esta obra de Ballesteros San José merece ser leída (y aún releída) con atención y tino, porque desvela una visión histórica sobre la Sigüenza de sus orígenes, y es un testimonio por sí misma de una época, y, sobre todo, de un modo riguroso, moderno y consagrado, de hacer historia.