06/06/2020 / 13:47
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Las viejas cosas

Hablaré de mi vieja y dura Regia, que me sirvió durante 40 años. Pero antes quiero recordar otros añejos instrumentos o aparatos que aún conservo.


Ahora que uno se siente, por la edad, una vieja cosa tanto en lo físico como en lo humano, aprecio mejor el valor y el servicio que prestaron los objetos inanimados que hoy, quizá, están arrumbados en un rincón del desván o tal vez se exhiben en el salón o el despacho como adquiridos en un anticuario. La petición de que, con motivo de mis 80 años de Periodismo, dedique una Brújula a mi primera máquina de escribir, hoy guardada en el estuche con que siempre la protegí, me ha hecho volver la atención hacia esas viejas cosas que tan importantes fueron en nuestra vida hasta que fueron relegadas por el reto de la incesante renovación y modernización. Hablaré de mi vieja y dura Regia, que me sirvió durante 40 años. Pero antes quiero recordar otros añejos instrumentos o aparatos que aún conservo, hace tiempo sin uso, pero disponibles. El más antiguo, una máquina de coser Singer, de finales del siglo XIX, heredada de una abuela, por la que me ofrecieron 93.000 euros y luego resultó un intento de estafa. Una radio Philips, de los años veinte, a la que sólo le falta la funda de cretona para situarla en su época; un gramófono con más de medio siglo, y mi primer televisor, comprado en 1960, grueso como diez de plasma juntos, y del que digo que dentro de treinta o más años me darán por él un montón de euros (sic). Y una foto grande, de pared, de mis abuelos maternos en 1924, en la que un fotógrafo/artista me sustituyó en los brazos de la abuela, ella con toquilla y sayas y yo en mantillas, por un bolso, para situarla junto a mi abuelo, él con boina, calzón y alpargata navarra. ¡Pobres abuelos, colgados en un oscuro salón de la casa del pueblo, mirando de frente sin ver nada, acaso muy de tarde en tarde a algún sorprendido tataranieto! Gracias a esta máquina de escribir, pretérita hoy por el ordenador, dejé de escribir a mano mis artículos, que luego mecanografiaba en una oficina. Y me complace recordar que fue el regalo de boda de mi amigo Tomás Camarillo, al que ayudé en alguno de sus sencillos libros y al que dediqué una sentida necrológica. Murió en abril de 1954, y su viuda, agradecida a mi amistad, me hizo elegir lo que quisiera de su tienda de regalos. No dudé, pero como me parecía un abuso, pues costaba 3.000 pesetas, ofrecí pagarle la mitad a plazos, lo que ella no consintió. Cuando miro estas viejas cosas pienso en cuántos objetos y personas, arrinconados por el tiempo, podrían ser todavía útiles.


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