05/06/2021 / 11:34
Ciriaco Morón Arroyo/University Cornell. Profesor emérito


Imagenes

Menéndez Pelayo (1856/1912)

Por la honradez de sus convicciones, la visión todavía válida de obras, autores y corrientes intelecturales y el estilo de la exposición, la obra de Menéndez Pelayo debería ser leída en las escuelas de toda España.


El 19 de mayo de 1912 murió en Santander don Marcelino Menéndez Pelayo. La fecha me ha coincidido con la redacción de un extenso artículo sobre el barroco literario español, para la gran enciclopedia DETLI, planeada y dirigida por el profesor Miguel Ángel Garrido Gallardo y publicada por el C.S.I.C. Parece que las obras de don Marcelino se leen poco en España, por dos razones: no son fácilmente accesibles (aunque están en internet) y habiéndose proclamado fervoroso español y “católico a machamartillo”, es difícil acomodarle al programa cultural de quienes cuestionan la unidad nacional de España y su más visible tradición. Ahora bien, basta con abrir su primer gran libro: la Historia de los heterodoxos españoles, escrito cuando tenía 22 años, para quedar asombrado ante una figura tan portentosa. Porque lo de menos es que critique a los erasmistas o trate con ironía algunas ideas de Miguel Servet: lo principal es que ya en esa obra juvenil, las exposiciones de Servet y Erasmo son dos síntesis magistrales. Y hablando de síntesis, Ortega y Gasset, en sus artículos de 1908 a 1912, se empeñó en hacer del sabio cántabro el corifeo de “una hueste de almogávares eruditos”, donde almogávar significa salvaje o bárbaro. Porque, según el Ortega joven, “la erudición es el extrarradio de la ciencia” (1914). No hay mayor error ni mayor injusticia cultural; porque, si un rasgo distingue a Menéndez Pelayo, es la genial capacidad de síntesis; cuando se enfrenta con un libro como La Celestina, o con una comedia de Lope de Vega, comienza informando sobre las primeras ediciones, describe como erudito los datos históricos que le sirven de trasfondo, y después ofrece la visión comprensiva del texto como creación artística y sus valores estéticos. Lo afirmado con respecto a textos concretos es aplicable a las semblanzas de la obra completa de un autor. Ya he hablado de los estudios sobre erasmismo o de Servet; pero en la Historia de las ideas estéticas en España-portentosa obra que abarca toda la Europa occidental-se encuentran síntesis magistrales de Lessing, Hegel o Alfred de Musset. Y el mismo carácter tienen las síntesis sobre las distintas épocas de la cultura europea: el Renacimiento, el neoclasicismo y el romanticismo. Por la honradez de sus convicciones, la visión todavía válida de obras, autores y corrientes intelectuales y el estilo de la exposición, la obra de Menéndez Pelayo debiera ser leída en las escuelas de toda España. Precisamente por su admiración de la cultura española cultivó el estudio del catalán y su literatura: fue discípulo agradecido de don Manuel Milá y Fontanals hasta el punto de editar sus obras cuando el maestro murió; fue condiscípulo y amigo admirador y admirado del gran investigador catalán don Antonio Rubió y Lluch y concibió a España en todas sus dimensiones: la de cada una de las lenguas peninsulares, incluyendo la portuguesa, y la dimensión americana. Una de sus obras maestras es precisamente la Historia de la poesía hispanoamericana (1892). El epistolario del gran maestro abarca 22 tomos de cartas, más uno de índices. Son cartas de principios del siglo XX, cuando está naciendo el hispanismo como disciplina en Europa y en Estados Unidos. Pues bien, una parte considerable del epistolario consiste en las consultas que le hacen desde toda Europa y Norteamérica sobre temas concretos que los hispanistas están estudiando y bibliografía sobre los mismos. En la Universidad de Cornell, donde yo enseñé 33 años, existe la colección más rica del mundo, fuera de Italia, de obras de Dante y Petrarca y sobre ellos. El creador fue el profesor Daniel Willard Fiske. Pues bien, Fiske consultó a Menéndez Pelayo sobre las ediciones antiguas de Dante y Petrarca en la Biblioteca Nacional. La respuesta del sabio español se conserva en aquella universidad. Muerto Menéndez Pelayo en 1912, las consultas vinieron a don Ramón Menéndez Pidal, del Centro de Estudios Históricos. En 1916 don Ramón mandó a Columbia a Federico de Onís, y Onís, asistido por el soriano Ángel del Río, magnífico hispanista y magnífica persona, dirigió durante años el hispanismo norteamericano. Onís mandó a Cornell a León Felipe en 1923, donde enseñó español con el sueldo de 2100 dólares anuales. 

 


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