Primavera explosiva
La primavera siempre se resiste por estos pagos. Pero ya la tenemos encima, tras una Semana Santa en la que muchos pueblos han reabierto bares, ventilado casas, brindado con la típica limonada y participado en comilonas y procesiones venidas muy a casi nada.
En el Valle del Mesa la floración de los cerezos (algunos centenarios) brinda uno de los mayores espectáculos de la naturaleza tiñendo de blanco y rosa la vega. Aunque lejos de la estampa que parece sacada de una postal de Japón del afamado Valle del Jerte extremeño.
En mi pueblo todavía perviven algunos ciruelos, primos hermanos, también de capa caída por el abandono irrevocable de los huertos.
Guardo nítidos recuerdos de abril y mayo que se cuelan en los mejores días de mi niñez y juventud. Eran meses de vísperas, expectativas y anticipos.
El tiempo volvía a ser amable, la noche se negaba a cerrar la tarde sin horas y se despertaban todos los árboles, los rosales, lirios azules, motetes y otras plantas silvestres. Recuerdo que las acacias daban unos racimos de flores blancas que comíamos y llamábamos ‘pan y quesitos’.
La vida sigue, los días son más largos, las mariposas empiezan a bailar, aviones, vencejos y otros pájaros a silbar y los cucos a llenar las solanas con su canto machacón. Son quienes refrendan por estos pagos la llegada total de la primavera.
Después asomarán los colores de verdad: el verde de trigales y girasoles, el rojo de las amapolas o ababoles (sin segundas), el amarillo intenso de aliagas y escambrones el morado claro de la lavanda.
Los meteorolistos anticipan que el cambio climático traerá un carro de calores, “un trimestre más cálido de lo normal”, con las correspondientes alergias y resfriados. Dejan para más adelante los temidos 40 grados en muchas ciudades. El tiempo dirá.