Rondallas: Cine y lugares seguros

22/01/2026 - 11:42 J. P.

Daniel Sánchez Arévalo es el guionista y director de Primos, la película con la que aprendí qué es un lugar seguro en el cine, esas en las que puedes refugiarte cuando necesitas pensar que todo irá bien. Han pasado 15 años ya desde que se estrenara aquella producción protagonizada por res peculiares primos en Comillas. Y por eso es de agradecer que ahorao haya decidido regresar a otra pequeña localidad, esta vez de Galicia, para contarnos una historia de tono similar. 

Ahora bien, Rondallas no es Primos. Para empezar, porque sus dolores y transfondo son mucho más dramáticos, puede que demasiado. Lejos de acercarse al tono social y reivindicativo de un referente como podría ser Tocando al viento (Mark Herman, 1996), prefiere poner el acento en el drama personal, en el sentimiento de pérdida, la presión del éxito... Demasiada cosas para una película que intenta conjugar comedia y drama sin tanto acierto como en otros trabajos del reconocido director, responsable también de películas como Gordos y AzulOscuroCasiNegro.

En este caso, un vecino de un pequeño pueblo gallego, Javier Gutiérrez, intenta reactivar a la rondalla local para levantar el ánimo de la comunidad, abatida por la muertes dos años atras de varias personas en un accidente marítimo. Su decisión servirá para hacer aflorar dramas personales y cuentas pendientes. 

Lo que más agradezco a Sánchez Arévalo es que su película me devuelva a un Javier Gutiérrez amable y optimisa, una faceta en la que tampoco es que sea muy usual verle. Además le rodea de un casting que maneja con solltura el difícil arte de hacer divertidos los momentos difíciles. María Vázquez, Tamar Novas, Fernando Fraga y Carlos Blanco resultan entrañables y cercanos. Gracias a ellos y a la pasión que pone Judith Fernández en el último tercio de la películas, Rondallas es capaz de abrazarte el corazón, de hacerte volver a casa con una sonrisa en la cara... y de hacerte querer escuchar más música folklorica gallega 

Y no es fácil, porque la producción bien podría haberse venido a bajo por su montaje. Durante sus casi dos horas de duración, no son pocas las veces en las que el espectador tiene la sensación de haberse perdido algo, de que las tijeras le han robado escenas o simples segundos de silencio necesarios para que el todo funcione con suavidad. El resultado es una película muy bien intencionada, con buenas actuaciones y memorables líneas de diálogo, pero demasiado brusca en su desarrollo. Una lástima, porque me habría encantado tener una residencia de verano, lluviosa eso sí, para alternarla con mi lugar seguro oficial.