08/05/2022 / 10:39
Luis Monje Ciruelo


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Se van los pastores

Artículo publicado el 20 de junio de 1974. (ABC Huecograbado). 


Si los pastores se marchan, pero no a Extremadura, como tradicionalmente se ha cantado, sino a la ciudad. Ellos también huyen del campo, de sus inclemencias e incomodidades, de su soledad. Cada vez les resulta más penoso su trabajo de jornada intensiva sin horario fijo; cada vez les parece más molesto el peso de su zurrón.
Ya no se oye en los atardeceres la música de zampoñas y pipiritañas pastoriles ni el dulce lamentar de “Salicio juntamente y Nemoroso”. Rabadanes y zagales prefieren escuchar las gangosas melodias de los transistores, en los que aprenden aires nuevos y ritmos frenéticos que los jóvenes no pueden bailar en el pueblo. Se cansan los pastores de pisar todo el día, y a veces toda la noche, tierras ásperas de pedruscos y zarzales. Se avergüenzan de sus abarcas y peales, de sus groseras ropas de pana, de la manta rústica que les abriga y protege.
El campo les hastía y los rebaños les cansan. Por eso los pastores jóvenes sueñan, aún más que los mozos campesinos, con la emigración. Puestos a abandonar su bíblico oficio, no se conforman con aprender otro en la aldea o en la villa inmediata. Prefieren marcharse a la gran ciudad para ver en la realidad lo que adivinaban a través de los transistores. No les importa sufrir en el andamio las mismas inclemencias que en el monte, ni sentir idéntica soledad que con las ovejas entre la muchedumbre.
Los pastores se van y los ganaderos no encuentran quienes los sustituyan. Estas dificultades se vienen a sumar a las tradicionales que ofrecen las roturaciones de terrenos, la carestía de piensos, la depreciación de los productos ganaderos y la repoblación forestal. Todo esto se traduce en la disminución de la cabaña provincial.
Los pequeños ganaderos, que son mayoría en Guadalajara, tienen que asociarse, si no se desaniman, y unir sus rebaños para poder pagar el pastor, cuando lo encuentran. Las exigencias de estos son cada día mayores y rebasarán pronto las posibilidades de las modestas economías de los agricultores-ganaderos si la estructura del campo y de la sociedad no cambia, y la ordenación de los cultivos y el mejoramiento de los pastos no permiten tener rebaños con mayor número de cabezas.
Hace diez años un pastor no se conformaba con menos de 25.000 pesetas anuales en metálico, ajustadas en fanegas de trigo, a las que había que sumar el haterío, que variaba mucho de unas comarcas a otras. Por término medio, un pastor que guardara alrededor de cuatrocientas ovejas percibía entonces, además de ochenta o noventa fanegas de trigo, setenta kilos de garbanzos, cuarenta arrobas de patatas,  una arroba de lana, un par de abarcas, luz y leña gratis; cada ganadero le regalaba una oveja, con lo que reunía cuatro o cinco que le eran mantenidas por los amos, incluso durante la estabulación invernal. Además se le cedía una fanega de tierra de regadío y se les hacían frecuentes regalos.
Hoy los ajustes suelen ser estrictamente en metálico a base de jornales de 250 a 300 pesetas diarias más la comida. Se comprende que un solo pequeño ganadero no pueda soportar esa carga y necesite agruparse con otros. Todos rivali- zan en atenciones con el pastor, mimándole –por su condición de bien escaso- como en la ciudad hace el ama de casa con la empleada de hogar.Se les obsequia, se les agasaja, se les invita –con su familia cuando están casados- a fiestas, reuniones y conmemoraciones, se les dan presentes de fruta, miel y nueces al recoger las respectivas cosechas. Son costumbres, por supuesto, de las zonas serranas y de parte de las alcarreñas; quizá no tanto de la Campiña.
A pesar de todo, los pastores quieren dejar de serlo para emigrar a la ciudad. En cada festividad de San Pedro, en que los contratos, siempre verbales, se conciertan o prorrogan, las bajas son mayores, sobre todo entre los pastores jóvenes y los de mediana edad. 
Ya se van los pastores, sí, pero para no volver más.

 


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