05/08/2019 / 20:08
Jesús Fernández


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Ser ministro

Ser ministro. ¿Por qué tantos políticos aspiran a esto? Muchos ciudadanos no saben lo que conlleva.


La codicia del poder ha sustituido a la política de negociación. A este paso, que quiten la palabra ministro del diccionario pues nos estorba. Ministro significa servidor pero estos políticos la han convertido en equivalente a señorío, en poderío. ¿Qué tendrá el poder que todos  quieren ser ministros y que el resultado de unas elecciones se mide en la capacidad de exigir (proporcionalmente), colocar  y obtener cargos, o sea, poder a través de ministerios? Quiero este y este ministerio. Y si puede ser el de Hacienda pues todo gobierno es una coalición de Ministros con el de Hacienda.  Las negociaciones van encaminadas a eso. Todo lo demás son malabarismo y relato pues hay que acomodar los tiempos. Las negociaciones tienen su calendario. Ya lo hemos dicho otras veces. Es el método marxista de la izquierda solitaria que no solidaria. Las sociedades se transforman, se cambian desde el poder, con el poder. No es el cambio el que precede al poder sino que dicho cambio procede del poder. Marxismo puro, mejor dicho, impuro para la democracia.

Ser ministro. ¿Por qué tantos políticos aspiran a esto? Muchos ciudadanos no saben lo que conlleva. Vivimos una democracia piramidal en jerarquía, en poder, en decisiones. Es un poder inmaterial que se refleja en posición, rango, saludos, honores, escalafones, privilegios, protección o seguridad estática y movible, (personal y familiar), traslados y viajes gratuitos, comunicaciones,  honorarios, servicios, invitaciones, banquetes. En la estructura política del gobierno de la nación se produce una especie de “dumping” o el conocido como cuello de botella y no todos pueden llegar arriba, a la cúpula. Pero donde más se constata el perfil socio-político de un ministro es en su capacidad de nombramientos y decisiones. Comenzando por el Jefe de Gabinete o el hombre antesala. Le siguen los Jefes de prensa con sus respectivos equipos y colaboradores que no son funcionarios asignados por la Administración y procedentes de Cuerpos sometidos a la oposición como forma de acceso. Se les permite nombrar (y contratar) a muchos asesores y ayudantes “a dedo” en los segundos escalones como se dice, por amiguismo, por vinculación o parentesco familiar) que llaman confianza. Luego está el poder en la administración periférica  de esos mismos ministros. Cada vez que veo a un coche oficial de alta gama que trae a un ministro y un edecán (uno de seguridad) se adelanta para abrirle la puerta, baja el ministro dándose el botón de la chaqueta y  comprobando el estado de la corbata, pienso que el mundo está al revés pues debería ser al contrario. El ministro debería abrir la puerta a sus colaboradores y sentirse honrado por ello al hacerlo.

Pero lo más importante de ser ministro y por lo que pelea la izquierda (¡humilde y sin casta!) además del despacho  sillón, es el presupuesto que maneja. Las decisiones que toma. Entrar en el Consejo de Ministros es salir del anonimato y entrar en la historia. Algunos salían para llamar por teléfono a su periódico (no había móviles) para comunicarle los asuntos tratados y aprobados. Era una primicia. El ser ministro pasa, el haber sido no pasa.


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