01/04/2020 / 18:38
Jesús Fernández


Imagenes

Tiempos de oscuridad

Estamos infravalorando la complejidad de la situación política nacional y europea.


Se acabó el recreo de la política. Se acabó la política entendida como feria de las vanidades y ambiciones personales. Gestionar las necesidades de un pueblo, de una sociedad es algo más que vivir en un chalet o palacio, bajarse de un coche oficial, recorrer una alfombra, sentarse en una mesa, rodeado de esclavos y servidores, con sueldos abultados, salarios elevados, privilegios personalizados, visibilidad asegurada. Gobernar es algo más que ascender en la escala social, conseguir aclamaciones de la multitud, tener competencias, disfrutar del poder,   y quizá conseguir un lugar en la historia. Es tomar decisiones en función del bien común, es responsabilizarse de la vida de los demás. Por eso, tenemos que cambiar de política, o mejor dicho, de cultura política y democrática. La estructura social no puede seguir siendo dual. Unos, arriba  mandando y otros abajo obedeciendo. Y creíamos que los de arriba nos aseguraban el futuro, pensaban en nuestro porvenir, garantizaban nuestra prosperidad o tomaban medidas para que no faltase nada a la población. Poníamos en sus manos nuestros recursos para financiar los servicios sociales. ¿Y qué hacían con ellos? Crear cargos y repartírselo a los familiares y amigos.

Estamos infravalorando la complejidad de la situación política nacional y europea. La dictadura, la intransigencia  y el totalitarismo marxista de aquellos que se sienten solucionadores de problemas ajenos, es atosigante. Este país se encuentra al borde de una era nueva. Algunos lo califican de desastre y añoran con volver a las andadas. Pasará. Pero, no hay vuelta atrás. El declive de la política tradicional no tiene precedentes. Es muy posible que nos encontremos ante uno de esos momentos históricos que separan épocas concretas. Para nuestros contemporáneos, las líneas rojas que separan dos épocas no son visibles todavía. Sin embargo, estamos ante una muralla que no nos deja ver el futuro. No hay ese futuro prometido y dicho futuro no consiste en recuperar el pasado.   

Unos son unos los narradores y otros los constructores de la historia. Estamos desesperados buscando claves de lo sucedido, claves entre el pasado y el futuro  y no las encontramos. Lo que ahora nos jugamos es la supervivencia de gran parte de la humanidad. Hay que enfrentarse a todo espíritu e ideologías fanáticas. El egoísmo del poder siempre es fanático, esté en manos de quien esté. Porque el pasado nunca es pasado y tampoco podemos anticipar el futuro. Como sigamos así el declive de la democracia está claro. Los disparos ahora son callados. La calma es relativa  pero la esperanza es más fuerte. Tenemos que dejarnos ya de superficialidades ideológicas como es capitalismo contra socialismo y viceversa. Tenemos que seleccionar  las prioridades para todos, entorno al hombre y su existencia, los valores y su vigencia. El crecimiento económico no depende de las disputas ideológicas. No acabamos de entender que mucha gente esté azotada por la enfermedad y sin embargo, la corrupción haya estado tan extendida y por tanto tiempo. Esta es la oscuridad aludida en el título. Esta es la mayor miseria.  


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