Todo lo que el fuego no pudo llevarse
Los pueblos de la Sierra Norte empiezan a recuperar la normalidad tras el incendio de La Mierla. El monte tardará años en recuperarse, pero los vecinos vuelven a sus casas con la mirada puesta en el futuro y el recuerdo imborrable de una semana que cambió la comarca.
FOTOS: RAFAEL MARTÍN
Las carreteras vuelven a tener tráfico, los bares empiezan a recuperar clientes y las puertas de muchas viviendas se abren de nuevo después de varios días de incertidumbre. A simple vista podría parecer que la Sierra Norte empieza a dejar atrás el incendio forestal de La Mierla. Sin embargo, basta recorrer La Mierla, Muriel, Villares de Jadraque, Zarzuela, Semillas o Hiendelaencina para comprobar que las llamas ya no están, pero sus consecuencias siguen muy presentes.
El monte continúa ennegrecido y, en algunos rincones, el olor a humo persiste. Agosto ha comenzado de una forma muy distinta a la esperada en unos pueblos que cada verano recuperan buena parte de su población.
En varios municipios las fiestas patronales han quedado suspendidas o profundamente alteradas.
Mauricio, párroco de la zona de Cogolludo, explica que donde hace apenas unos días se hablaba de orquestas, comidas populares y reencuentros, ahora las conversaciones giran alrededor de las ayudas, los seguros, las explotaciones agrícolas y ganaderas, las colmenas y la recuperación del monte.
Pero recorrer hoy la comarca también deja otra impresión. El paisaje ha cambiado, aunque no la voluntad de quienes viven en él. En todos los pueblos aparece la misma determinación de recuperar poco a poco una normalidad que hace apenas unos días parecía imposible.

En La Mierla, Pauli contempla el paisaje desde la puerta de su casa. Hace una semana salió sin saber si volvería a encontrarla en pie. Hoy puede regresar, aunque reconoce que hay imágenes difíciles de olvidar. "Esto no se olvida. ¿Cómo se va a olvidar?", dice mientras observa un campo de cereal que permaneció intacto junto a las primeras viviendas.
Cree que la experiencia deja una enseñanza compartida por muchos vecinos: reforzar la prevención y mantener limpios los alrededores de los pueblos.
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En Muriel, Regino García señala dos nogales completamente calcinados junto a su vivienda. La casa resistió y también otro viejo nogal que quedó al margen de las llamas. "Esto se ha quemado bastante más de lo que pensábamos", explica.
Durante la evacuación siguió la evolución del incendio a través de las fotografías que le enviaban desde el pueblo. "Nos estaban informando casi todos los días de cómo estaba la situación, de si el pueblo se iba a librar o no". Cuando regresó, descubrió que su principal preocupación nunca había sido el monte. "Lo peor eran las viviendas. El campo está muy afectado, pero eso con el tiempo se solucionará". Después insiste en una idea: "La gente tenía que hacer conciencia y segar alrededor del pueblo, dejarlo limpio y libre de maleza".

Mientras muchos vecinos seguían el incendio desde la distancia, el operativo de extinción concentró todos sus esfuerzos en proteger los núcleos habitados. Bomberos forestales, agentes medioambientales, efectivos de la UME, Guardia Civil, Protección Civil y personal desplazado desde distintos puntos del país trabajaron durante varios días frente a un incendio de comportamiento extremo. Una semana después, ese esfuerzo recibe un reconocimiento prácticamente unánime. Todos lamentan las pérdidas sufridas por el monte y por numerosas explotaciones, pero casi todas las conversaciones terminan regresando a la misma idea: las viviendas siguen en pie.
En Hiendelaencina, Micaela recuerda que la evacuación llegó después de un fin de semana pendiente del humo y de las noticias que llegaban desde los frentes más próximos. «Todo el mundo salió tranquilamente», explica. Las imágenes que circularon por los teléfonos hicieron pensar durante horas que el pueblo podía desaparecer. «La gente pensaba que se iba a quemar el pueblo y las casas». No fue así. Los equipos de extinción protegieron el casco urbano y, según recuerda, varios vecinos colaboraron con maquinaria agrícola mientras los bomberos defendían las inmediaciones del municipio. Hoy vuelve a atender el bar. «Hay que volver a la normalidad».

Ese mismo deseo aparece en las palabras de María Fernanda Heras, que siguió el avance del incendio desde una peña de Hiendelaencina. "No era un fuego cualquiera; era una lengua de fuego salvaje", recuerda. Prefiere detenerse en quienes evitaron que la tragedia fuera mayor. "A ellos les debemos que nuestros pueblos sigan en pie". Después reclama una mayor atención al medio rural y a la gestión del monte. "Hay que darle al campo la importancia que tiene. No hay nada más tradicional que nuestra tierra".
La reconstrucción será larga. El monte necesitará años para recuperar su aspecto y muchas explotaciones tardarán tiempo en volver a la normalidad. También habrá pueblos que este verano vivirán unas fiestas muy distintas o, simplemente, no podrán celebrarlas. Sin embargo, la vida empieza a abrirse paso. Los bares recuperan clientes, los vecinos vuelven a encontrarse por las calles y las casas vuelven a estar habitadas. Eso es todo lo que el fuego no pudo llevarse.











