Un día de tragedias humanas en el Festival de Málaga
El 12 de marzo de 2026 en el Festival de Málaga ha sido uno de esos días que dejan al espectador con el alma muy encogida. Cuatro películas, cuatro historias duras, cuatro miradas a distintas formas del dolor humano. De esos días que, al terminar, invitan más a una conversación silenciosa que a una celebración.
La jornada comenzó con La buena hija, dirigida por Júlia de Paz, un drama familiar que se adentra en las heridas que deja la violencia doméstica vista desde los ojos de una niña. La protagonista es Kiara Arancibia, que interpreta a Carmela, una niña que tras la separación de sus padres se traslada con su madre a vivir con su abuela. En el reparto encontramos también a Janet Novás, Julián Villagrán y la siempre extraordinaria Petra Martínez. La película aborda la compleja relación que la niña mantiene con su padre, a quien admira profundamente, pese a la sombra de violencia que planea sobre él.
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El film, que adapta el cortometraje previo de la propia directora, observa con delicadeza el conflicto entre tres generaciones de mujeres obligadas a replantearse su futuro. En la rueda de prensa, Júlia de Paz explicó que el guion se construyó durante cuatro años de documentación, hablando con víctimas, trabajadores sociales, fiscales y jueces para entender el entramado emocional y legal de estas situaciones.
Tras la proyección, Málaga ofrecía un contraste curioso: un cielo azul radiante y una luz casi primaveral, aunque el frío seguía recordando que el invierno todavía no se ha ido del todo. La caminata hasta el hotel AC Málaga Palacio, sede habitual de encuentros del festival, permitió ese pequeño paréntesis que siempre viene bien entre dos películas densas. La terraza del hotel, con sus vistas de 360 grados sobre la ciudad, sigue siendo uno de los lugares de conversación del certamen: periodistas, cineastas y equipos de televisión compartiendo impresiones frente al Mediterráneo.
La segunda película del día fue El corazón del lobo, del veterano director peruano Francisco J. Lombardi, uno de los grandes nombres del cine de su país. La película se sitúa en el Perú de 1990 y narra la historia de Aquiles, un niño indígena secuestrado por el grupo terrorista Sendero Luminoso. A través de su testimonio asistimos a su paso de víctima a combatiente y al largo intento de escapar de ese infierno.
El film describe con crudeza la violencia de aquella guerrilla que marcó durante décadas la historia reciente del país. Lombardi filma con pulso firme las atrocidades cometidas en nombre de una supuesta revolución y deja para el final la parte quizá más conmovedora: el intento del protagonista de reconstruir una vida después de la violencia.
La tarde comenzó con otra historia áspera. Ángeles (título que corresponde a la película dirigida por Paula Markovitch) sitúa su historia en Córdoba, Argentina, aunque se trata de una coproducción mexicana. La protagonista es Ángeles, una adolescente que vende golosinas por las calles mientras cuida de su hermana pequeña. La película retrata una vida marcada por la pobreza extrema y la soledad. Mantiene una relación de amistad con un hombre mayor que trabaja en una cabina de estacionamiento y arrastra el duelo por la muerte accidental de su hijo.
La directora implementa una puesta en escena basada en primeros planos y silencios que subrayan la fragilidad emocional de sus personajes. Es un cine áspero, casi sin concesiones, que obliga al espectador a mirar de frente una realidad incómoda.
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El cierre del día llegó con El jardín que soñamos, dirigida por Joaquín del Paso, otra producción mexicana que vuelve a colocar en el centro el drama de la migración. La película sigue a una familia inmigrante que intenta llegar a Estados Unidos mientras sobrevive con trabajos precarios en México. El protagonista, Junior, acepta un empleo peculiar: construir y vigilar una caseta en medio del bosque para controlar el paso de camiones madereros que devastan la selva.
La película contrapone constantemente dos fuerzas opuestas: la belleza salvaje del paisaje natural y el drama íntimo de una familia que lucha por sobrevivir. Ese contraste entre naturaleza majestuosa y desesperación humana es uno de los motores visuales y emocionales del film.
Al terminar la jornada, el balance del día era evidente: cuatro películas atravesadas por la violencia, la pobreza o la pérdida. El cine, cuando se adentra en estas zonas oscuras de la experiencia humana, tiene la capacidad de conmover y también de dejar un poso de inquietud.
Quizá por eso, al cerrar el cuaderno de notas, uno solo puede esperar que la programación de mañana traiga alguna historia luminosa. Porque después de un día así, el ánimo del espectador pide un pequeño respiro.