19/06/2020 / 23:59
Antonio Bueno Tabernero / Historiador


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Una carta manuscrita en Maranchón de Felipe IV

Hace ya un año, en una popular página web dedicada a la venta de todo tipo de objetos coleccionables, aparecía una carta hasta el momento inédita escrita y rubricada por el rey Felipe IV de España  y fechada en Maranchón en 1644. 


Dado el interés que podría tener para la historia en general y de Maranchón en particular, me puse en contacto con varios concejales de su ayuntamiento, encontrando en ellos una buena acogida a mi propuesta para que se procediese a su adquisición, de tal manera que hoy, felizmente y gracias a la implicación de la Corporación, dicho documento ya forma parte del Archivo Municipal.

El paso y/o alojamiento en Maranchón de los sucesivos reyes de España a lo largo de los siglos está ampliamente documentado. Y es que no podemos olvidar que el camino de rueda entre la Corte y Zaragoza, el viejo Camino Real de Aragón utilizado para viajar “en coche”, discurría desde tiempos antiguos por Maranchón, procedente de Alcolea del Pinar, para proseguir, dejando a un lado Clares, por Balbacil en dirección a Tortuera.

Hagamos, brevemente, un repaso a algunas de las visitas de los monarcas españoles a Maranchón de las que tenemos constancia.

Felipe II (1585): Gracias a la “Relación del viaje hecho por Felipe II en 1585 a Zaragoza, Barcelona y Valencia”, escrita por Henry Cock, sabemos que el monarca y su extensa comitiva, en su viaje a Zaragoza para celebrar la boda de su hija menor, la infanta Catalina, con el Duque de Saboya, así como para que el príncipe Felipe (futuro Felipe III) fuese reconocido en Monzón como heredero al trono por los tres Estados de la Corona de Aragón (Aragón, Valencia y Barcelona), tomaría posada y pernoctaría en Maranchón durante dos noches consecutivas, las del 9 y 10 de febrero, a causa de las copiosas nevadas caídas en la zona en aquellas fechas. El día 11 el séquito partiría hacia Tortuera, pasando por el centro de Balbacil.

Carlos II (1677): Gracias al diario de este viaje recogido por Francisco Fabro Bremundán, secretario del Consejo de su Majestad, y cuyo motivo era la jura de los fueros aragoneses, sabemos que la noche del 24 de abril el rey llegaba a Maranchón, donde cenaría y quedaría alojado. A la mañana siguiente, tras el desayuno, la comitiva partiría hacia Tortuera, pasando por Balbacil, Concha y Tartanedo.

Felipe IV (1628, 1630, 1632, 1641, 1642, 1644): Como vemos, a lo largo de su amplio reinado de 41 años, este monarca pasaría por Maranchón en numerosas ocasiones, siendo en la última de ellas en la que redactaría la carta manuscrita que más adelante conoceremos.

De su estancia en Maranchón el 28 mayo de 1632, en el viaje iniciado por el monarca para conseguir dinero de Aragón y Cataluña, dejaría constancia escrita su valido el conde duque de Olivares, redactando allí una carta dirigida al conde de la Puebla: “Al Conde de la Puebla. Señor mío: Aquí en Maranchón, recogido ya Su Majestad, Dios le guarde, recibí la carta…”

Felipe V (1701): Este viaje, motivado por las nupcias en Barcelona del primer rey Borbón con su prima María Luisa Gabriela de Saboya previstas para el 2 de noviembre, sería recogido por Antonio de Ubilla y Medina, Secretario de Estado. En su escueta reseña tan solo indica que el día 10 de septiembre el rey llegaba a Maranchón, donde quedaría alojado, partiendo al día siguiente hacia Tortuera.

Carlos III (1759): De este viaje, motivado por el regreso a España del infante don Carlos para ocupar el trono español tras la muerte sin descendencia de su hermano el rey Fernando VI,  gracias a las anotaciones consignadas en uno de los libros de fábrica de la iglesia de Maranchón conocemos que la comitiva real tomaría posada en el pueblo unos días antes de su llegada a Madrid ocurrida el 9 de diciembre.

Carlos IV (1802): Con motivo del casamiento de sus hijos, el Príncipe de Asturias don Fernando (futuro Fernando VII) y la infanta doña María Isabel, toda la comitiva real se trasladaría a Barcelona, alojándose en Maranchón la noche del 18 al 19 de agosto. Pedro Boada de las Costas, funcionario real, señalaría de Maranchón en un librito de anotaciones del viaje: “es de 500 vecinos, buen caserío y buena posada”.

Contexto de la carta escrita por Felipe IV en Maranchón
Durante el reinado de Felipe IV, entre 1621 y 1665, la situación económica española afrontaría una profunda recesión, sufriendo la hacienda real hasta cuatro bancarrotas. A ello se sumarían los elevados costes financieros de la política exterior llevada a cabo especialmente por su valido el conde duque de Olivares, que provocaría en 1640 la sublevación y proclamación de la secesión de Cataluña así como la sublevación de Portugal, acontecimientos que junto a otros finalmente precipitarían la destitución del conde duque en enero de 1643.

Precisamente ese año, una nueva campaña militar en Cataluña obligaría al rey a partir hacia Zaragoza para hacerse cargo directamente de las operaciones.

En marzo de 1644, estando el rey todavía fuera, se daba a conocer la noticia del nuevo embarazo de la reina Isabel de Borbón con quien Felipe se había casado por poderes en 1615 y cuyo matrimonio no se consumaría hasta 1622, año en el que Felipe cumpliría los 15 años e Isabel los 20. Desde aquel día hasta entonces, la reina había tenido ocho hijos (6 mujeres y 2 varones), de los que tan solo dos habían sobrevivido, el príncipe Baltasar Carlos y la infanta María Teresa, y un aborto en 1640, de una hija.

Este nuevo embarazo tampoco llegaría a término, ya que nuevamente un aborto provocaría en la salud de Isabel, a sus 41 años, un grave deterioro. Aún así la reina, como ya había hecho en otras ocasiones durante la ausencia del rey en la corte, seguiría al frente del gobierno hasta el 25 de septiembre momento en el que le aparecerían los primeros síntomas de la erisipela que se iría extendiendo por la cara y el cuerpo, acompañada de fiebres altas y fuertes dolores. Como remedio, los médicos de la Corte recurrirían a tratamientos muy agresivos, llegando a practicar a la reina hasta 8 sangrías, provocándole con ello una mayor debilidad física.

La carta de Felipe IV escrita en Maranchón
Vista la gravedad de la reina Isabel, su estado se pondría en conocimiento del rey, quien preocupado por la complicada situación militar no podría regresar inmediatamente a Madrid.

El 4 de octubre, mientras el rey se encontraba ya de camino, la salud de Isabel sufriría una aparente mejoría que sería comunicada por el presidente del Consejo de Castilla Juan Chumacero en la carta enviada a Felipe IV ese día: “Esta noche quedamos sin él [mal], por haberse continuado de la mejoría en la garganta y calentura después de la sangría, habiendo estado Su Majestad lo más de la tarde sentada en la cama y entretenida, los pulsos vigorosos, la voz clara y despierta…” Llegada la carta a manos del rey, éste daría contestación a Chumacero escribiendo al margen de la misma: “es tan grande la pena y congoja con que me hallo, que hasta ver libre de todo punto a la Reina de este achaque, no se minorará el cuidado con que estoy”.

Junto a la cama de la reina se trasladarían también el mismo día 4 las reliquias de San Isidro y la imagen de la virgen de Atocha buscando su ayuda milagrosa,  prohibiendo Isabel que su hijo el príncipe de Asturias Baltasar Carlos se acercara a su lecho, pues la enfermedad era muy contagiosa. Como ella misma expresaría: “reinas para España hay muchas, príncipes muy pocos”. Recibida la extremaunción de manos de su confesor fray Juan de Palma, intentaría redactar el testamento, lo que finalmente no lograría debido a su extrema debilidad.

El día 6 de octubre, por la mañana, Chumacero comunicaría al rey que ya nada podía hacerse, salvo rezar por la reina. En su contestación, escrita al margen en la misma carta recibida, Felipe escribiría: “estos son de los lances [en] que es menester todo Dios para poder con ellos”. A las cuatro y media de la tarde Isabel de Borbón fallecería conservando la consciencia, mientras que el rey llegaba a Maranchón para pasar allí la noche.

Desconocemos exactamente cuándo y dónde se informaría a Felipe IV del fallecimiento de la reina. Según Gregorio Marañón y otros autores la noticia habría llegado a Maranchón al día siguiente, 7 de octubre, aunque prefirieron no comunicársela hasta haber partido y llevar recorridas unas diez leguas de distancia, concretamente a la altura de Almadrones, donde probablemente harían noche.

Ignorando al parecer aún la funesta noticia, poco antes de partir de Maranchón, el rey escribiría en la soledad de su aposento, firmando de su puño y letra, la breve carta que hoy damos a conocer dirigida a don Fernando de Borja y cuyo contenido literal era el siguiente:

“Vieneme el travaxoso estado de la salud de la Reyna, con el quebranto mayor que cabe en ningun sentimiento, y no me permitiendo entrar en essa corte, he resuelto passar al Pardo, donde con el ayuda de Dios estare el Domingo a la noche, y porque es bien que me vaya a acompañar el Príncipe mi hijo en dolor tan justo, ordenareis que se me lleve cama para mi y tambien para mi hijo con los criados y lo demas necesº a su servº”
En Maranchón
7 de octubre 1644.
A D Ferdo de Borja


Recibida la noticia de la muerte de su esposa, el rey escribiría desde Almadrones a Chumacero una nueva carta ordenando la celebración de cien mil misas por el alma de la reina, continuado el resto del trayecto de regreso solo en su carroza, con las cortinas cerradas.

Sin coraje para contemplar el cadáver de su esposa, como ya anunciaba en la carta escrita en Maranchón antes de conocer su muerte, se dirigiría directamente al Pardo sin entrar en la corte, donde permanecería en compañía del príncipe de Asturias hasta que el cadáver de la reina fuera inhumado en el panteón de reyes de El Escorial.

A Felipe siempre le pesaría el resto de su vida no haber valorado suficientemente a su esposa. Así, la desolación del Monarca por su pérdida quedaría reflejada en una carta enviada a sor María de Ágreda el 15 de octubre: “Yo me veo en el estado más apretado de dolor que puede ser, pues perdí en solo un sujeto cuanto se puede perder en esta vida, y si no fuera por saber (según la ley que profeso), que es lo más justo y acertado lo que Nuestro Señor dispone, no sé qué fuera de mí. Esto me hace pasar mi dolor con resignación entera a la voluntad de Quien lo dispuso, y os confieso que he habido menester mucha ayuda divina para conformarme con este golpe”.

Desde la muerte de Isabel, Felipe IV depositaría todas sus esperanzas en su hijo y heredero el príncipe Baltasar Carlos, cuyo inesperado fallecimiento dos años más tarde en Zaragoza, el 9 de octubre de 1646 a los 16 años de edad, volvería a sumirlo en la desesperación.


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