29/11/2020 / 13:00
Luis Monje Ciruelo


Imagenes

Viajar con la lluvia

Alguna vez he escrito que cuando se viaja con los ojos alerta buscando tema para un articulo siempre se encuentra algo.


Viajar en coche con calefacción en día pluvioso tiene su encanto si la compañía la llevas no solo va a tu lado sino también en el corazón; afuera, la neblina de este melancólico día de noviembre se suma al empañamiento de los cristales por la diferencia de temperatura. Los limpia cristales cumplen su cometido a un ritmo entre habanera y rigodón. El viajero se esfuerza en comprobar el paisaje, cien veces visto, por el que circula, a través de las lágrimas de vaho que le impiden comprobar si los árboles que le escoltan tienen todavía sus hojas verdes o muestran ya el inicio de su cambio a verdeceledón, como trámite previo a su desprendimiento de las ramas por obstrucción de la savia en el peciolo como todos los otoños sucede. Entonces es cuando algún compañero calificó de “chopo torero” al árbol vestido de amarillo que ilumina todas las vegas. Imaginando que las hojas son los alamares de chaquetilla de torero. 

Alguna vez he escrito que cuando se viaja con los ojos alerta buscando tema para un articulo siempre se encuentra algo, y eso es lo que también sucedió en este viaje neblinoso por la vega del Tajuña, en el que aún nos dio tiempo a visitar -espero que no por última vez-  mi querida chopera, ese remanso de paz en el Tajuña frente a Valfermoso, bajo cuyo fresco dosel de retorcidos árboles tantas horas he pasado leyendo en verano. Estos enormes álamos, que posiblemente sean mis coetáneos, se encuentran al igual que el que suscribe, en un estado lamentable: agrietados, con sus gigantescas ramas desplomadas por la hierba pero todavía vivas en un alarde de desafío y amor por la vida. Aunque el  interior de sus troncos está casi podrido, su grosor y la jugosa hierba que tapiza el entorno, confieren al paraje el mismo aspecto mágico que me cautivó la primera vez que lo vi hace 40 años.

Unos kilómetros mas allá, cerca del puente para subir a Brihuega, a la izquierda de la carretera,  entrevimos, a pesar de los empañados cristales, una serie de siluetas de esculturas metálicas, utensilios y herramientas utilizados por los campesinos en el cultivo de sus tierras, algunas de tamaño natural, que calculamos en término municipal de Archilla. Esa ubicación nos ha hecho dudar si esa singular exaltación de las faenas agrícolas habrá que atribuirlas a los frailes -por llamarles de alguna forma- del Hare Krismas, distantes apenas unos centenares de metros, o a la activa “Asociación de Amigos de Archilla“, (activa por lo menos cuando la presidía Pedrito del Castillo).


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