14/10/2018 / 17:00
José Serrano Belinchón


Imagenes

¡Y Cataluña, erre que erre!

Millares  muchos millares de catalanes de aluvión lo están pasando mal.


Sierras de Montserrat, principios de verano de 1808. Isidre Lluça Casanoves, exponiendo su vida, hace huir a redoble de tambor a los soldados de Napoleón que pretendían conquistar España. Las enormes rocas en aguja aumentan el volumen sonoro en un ciento por uno. Los gabachos desisten en su empeño y huyen. La sombra del “Tambor del Bruch” ha quedado escrita en nuestra Historia mientras la vida sigue.

            Han pasado algo más de dos siglos y algunos catalanes se obstinan en borrar de su tierra el espíritu del héroe del Bruch. Es la paradoja. La vida está llena de paradojas que jamás llegaremos a comprender. Una pequeña parte de catalanes no quieren a España, rechazan ser españoles. Son sus representantes los que deciden. Al pueblo no le queda otro recurso que callar y sufrir las consecuencias, las presentes y las futuras, que serían mucho peores si los responsables de su gobierno se obstinan en seguir por ese camino. Pues al margen de lo que me pueda sorprender mañana, sé que en algunos centros de enseñanza se sigue ofreciendo a los escolares la posibilidad de cursar el Bachillerato en lengua catalana, o en su defecto en francés, no en español.

            El comentario frente a la prolongada y comprometida situación está en la mente de todos. Aquella admirable tierra española ha sido, durante décadas todavía cercanas en el tiempo, la predilecta de anteriores gobiernos, la considerada descaradamente a favor, la que se fue nutriendo con la mejor parte de la tarta nacional y creciendo, por añadidura, con la mano de obra y el sudor de frentes honestas de otras regiones, entre las que se cuentan por docenas amigos, familiares y paisanos nuestros, a los que conocemos y en los que al cabo del tiempo hemos podido comprobar cómo lo único que consiguieron, huyendo de su ambiente natural, fue la supervivencia lejos del medio rural al que, por paradoja, solían volver cada verano en busca del afecto, del descanso y de la paz, que nunca -salvo en contados casos, si es que los hay- encontraron en sus tierras de acogida.

            Millares, muchos millares de catalanes de aluvión lo están pasando mal. Aquella tierra está muy lejos de ser lo que antes fue: la región señera, emprendedora, admirable, que hoy ofrece la triste impresión de no saber hacia adonde camina. Más de la mitad de sus jóvenes no estudian ni trabajan. Díganme si a dos siglos de distancia valió la pena que aquel humilde pastor de las estribaciones de Montserrat (uno de los más bellos parajes de nuestra Geografía), se jugase la vida en defensa de la patria en peligro.


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