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LUIS MONJE CIRUELO


Imagenes

Adiós a Buero Vallejo

Artículo publicado en Nueva Alcarria en mayo de 2000


 

La muerte de don Antonio Buero Vallejo, el autor alcarreño contemporáneo más universal, el hombre que matizó su escepticismo no mucho antes de morir diciendo que dudaba incluso de sus dudas, no ha sorprendido a nadie porque es algo que desde hace tiempo se veía venir. Guadalajara ha perdido a su hijo más ilustre, del que estuvo distanciada bastantes años por motivos bastardos, pero cuya creciente gloria terminó siendo reconocida y homenajeada por sus paisanos y por las instituciones. La capital y provincia le tributaron todos los homenajes posibles, y, en este sentido, a la hora de la despedida, las autoridades alcarreñas que visitaron en el Teatro María Guerrero su capilla ardiente pudieron hacerlo sin  avergonzarse de nada, en todo caso, democráticamente dolidos porque sus antecesores en el cargo, los que gobernaban hace cuarenta años, antepusieron la baja política al orgullo de sentirse paisanos de un rotundo triunfador en el campo de las Letras.

Desde hace casi treinta años, Buero Vallejo empezó a venir a Guadalajara reclamado por sus paisanos. Aunque al principio lo hacía con algún recelo, sintiéndose, ciertamente, un poco extraño en su ciudad natal, en alguna de sus visi-tas, realizadas de tarde en tarde, casi siempre para recibir algún homenaje, confesó que “cada viaje a Guadalajara es un reencuentro conmigo mismo y con la ciudad de mis años juveniles, pues la actual no la conozco lo suficiente”, En cada viaje se le notaba más a gusto, pues no en balde aquí vivió hasta los diecisiete años, y aquí tenía sus mejores recuerdos y -ya muy pocos- algunos amigos de la adolescencia. Por eso, cuando estaba entre sus paisanos suavizaba su habitual imagen de hombre triste, e incluso amargado, que algunos le atribuían. Imagen que él rechazaba rotundamente. En cierta ocasión me manifestó:” Yo tengo mi dosis de buen humor, lo que sucede es que propendo a escribir sobre temas de significación más o menos trágica, y algunos confunden la obra con el autor, pero no es lo mismo”. Y añadió que más de una vez se reía a carcajadas y que le gustaban mucho los chistes.

Buero está ya por encima de los avatares de las glorias humanas. La gloria literaria le daba un poco de risa. Así lo declaró cuando recibió en la Diputación la Medalla de Oro de la provincia. Dijo que no acababa de creerse los méritos que se le atribuían. Y confesó en voz alta: “Ante tantos elogios no dejo de preguntar-me desde hace tiempo quién diablos soy yo”. Y le faltó añadir, como Montaigne, “prefiero que se me elogie menos y se me conozca más”. Y es que en alguna entrevista me comentó que había muchas personas que no habían leído nada suyo, que no iban nunca al teatro, que no recordaban ni siquiera su nombre y, sin embargo, decían que le admiraban. “Y es que me habían visto en la tele”. Y subrayó con amargura: “en la sociedad moderna, si no sales en la televisión no existes”.

Aunque Buero Vallejo pensaba que la gloria literaria “es cosa  harto discutible y discutida, y al cabo de los años sólo sirve para fastidiar a los estudiantes”, sin embargo, creía que merecía la pena luchar por ella. “Pero no por la gloria, y menos por la vanagloria, pues quizá toda gloria es vanagloria, sino por la obra bien hecha, como diría Eugenio D’Ors”. “Merece la pena luchar por tu propia superación, para quedarte un poco menos insatisfecho de ti mismo, al ver que alguien te dice: “Gracias, Buero, su obra me ha emocionado, y me ha hecho llorar; gracias por lo bien que dice usted esas cosas que yo también he sufrido”. Por eso sí que merece la pena luchar”.

Ahora Buero Vallejo está por encima de rivalidades y banderías. Su profundidad y maestría le garantizan la relativa inmortalidad de que sus obras sigan triunfando después de su muerte, igual que triunfaron en años para él políticamente incómodos, lo que llegó a crearle después, en tiempos democráticos, pro-blemas de incomprensión entre sus colegas progresistas menos afortunados. Y es que algunos de ellos seguramente piensan con Balzac que sólo con torticerías se alcanza al éxito. Lo que choca con la honesta afirmación de Buero - dicha precisamente en Guadalajara- de que nunca movió un dedo para alcanzar un premio.


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