Agustín Esteban retrata las cenizas de La Mierla, 50 años después del éxodo de Alcorlo
El fotógrafo convierte la devastación ocasionada este verano por el incendio en la Sierra Norte en "Las cenizas de la esperanza", una exposición que presentó en el Día de la Sierra de Bustares y que puede visitarse en Guadalajara hasta el 31 de octubre.
FOTOS: AGUSTÍN ESTEBAN
"No porque se mancharan de hollín mis alpargatas sino por respeto a aquella tierra que se había visto tan perjudicada". Así explica Agustín Esteban por qué, en sus primeras visitas a los montes quemados por el incendio de La Mierla, procura no pisar las cenizas. El fotógrafo, nacido en Alcorlo, recorrió durante semanas los parajes de la Sierra Norte para documentar las consecuencias del fuego. Su trabajo se convierte en Las cenizas de la esperanza, la exposición que se muestra en la Biblioteca Pública del Estado de Guadalajara hasta el 31 de octubre, después de pasar por el Día de la Sierra celebrado en Bustares el 17 de octubre, donde ejerció también como pregonero.
La muestra nace de un proyecto distinto. La Asociación Serranía de Guadalajara le pide inicialmente fotografías de los enclaves más emblemáticos de la comarca, pero el incendio cambia el propósito de la colección. "¿Qué sentido tenía ahora mostrar aquellos bellos parajes ahora convertidos en tizones y ceniza?", escribe Agustín en el relato que acompaña a las imágenes. La respuesta está en fotografiar el paisaje que queda después de las llamas: pinares calcinados, carrascas tostadas, colmenas abrasadas y laderas cubiertas de negro.
Entre el 20 de julio y el 19 de septiembre de 2026, el fotógrafo recorrió lugares como Alcorlo, Semillas, Hiendelaencina, Bustares, Las Cabezadas, Muriel, Villares, Zarzuela, Las Navas, Sacedoncillo y Aldeanueva. Sus fotografías muestran la dimensión del desastre y los detalles que el fuego deja a su paso. La última imagen, sin embargo, se aparta de la devastación: una flor brota entre las cenizas con una abeja en su interior y una hormiga sobre uno de sus pétalos.
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La exposición, realizada íntegramente por Agustín, puede visitarse gratuitamente en la Biblioteca Pública de Guadalajara. El Día de la Sierra de Bustares la incorpora a una jornada marcada por el recuerdo del incendio y el reconocimiento a quienes participaron en su extinción. En el pregón, Agustín reivindicó el patrimonio natural de una comarca que conoce a través de la fotografía y de años de recorridos por sus pueblos y montes.
"¡Ay, mis dehesas!"
El fuego también alcanza parajes que forman parte de la historia personal del fotógrafo. Durante una de sus primeras noches en la zona, Agustín creía que Alcorlo se había librado de las llamas. Horas después, recibe fotografías y vídeos de las dehesas de Alcorlo, Zarzuela y Villares cubiertas de humo. "¡Ay, mis dehesas!", escribe. Recuerda los fresnos centenarios, los pinos, los barrancos, las construcciones de piedra y las hoces del Rihondo: lugares que visita cada año y que fotografía para darlos a conocer.
En las salidas posteriores encuentra colmenas abrasadas, pinares ennegrecidos y ceniza que llega a cubrirle las botas. En Las Cabezadas, el olor a humo y tierra quemada le hace sentir que el fuego acaba de pasar. No busca únicamente imágenes impactantes: intenta dejar constancia de lo que ha cambiado en un paisaje que conoce desde hace años.
El proyecto también evoluciona durante el trabajo. La asociación le señala que echa de menos fotografías de los pueblos y algún detalle verde que transmita esperanza. Agustín reconoce que se ha concentrado en los restos de la devastación y vuelve a salir el 19 de septiembre con la intención de encontrar una imagen distinta. La flor aparece junto a la carretera, cerca de Aldeanueva. "Necesitaba una hierba o algo que hubiera brotado de las cenizas", explica. La fotografía reúne la huella del incendio y la continuidad de la vida.
Medio siglo de transformación en Alcorlo
La mirada de Agustín sobre las cenizas tiene otro trasfondo. En 2026 se cumplen cincuenta años del comienzo de la fase final que condujo a la desaparición de Alcorlo bajo el embalse: en 1976, con la presa ya avanzada, el agua empezaba a cubrir parte del cauce del Bornova y muchas familias abandonaban el pueblo. El cierre definitivo de las compuertas llegó en enero de 1982, cuando los últimos residentes tuvieron que marcharse.

Fotografía de Tomás Camarillo que recoge la vida y atuendos de la época. CEFIHGU-DIPUTACIÓN DE GUADALAJAR.
La historia, que Agustín ha reconstruido mediante fotografías, documentos y testimonios, está recogida en la web de la Asociación Hijos y Amigos de Alcorlo. La localidad vivía de la agricultura y la ganadería, con vegas de regadío y una comunidad rural que fue perdiendo habitantes a medida que avanzaba el proyecto del embalse. Las casas quedaron bajo el agua; la iglesia se desmontó piedra a piedra y se trasladó a Asfain, en Azuqueca de Henares.
Alcorlo explica también el vínculo del fotógrafo con los lugares que retrata. No contempla la desaparición del paisaje como una transformación abstracta: conoce el desarraigo y la importancia de conservar imágenes de aquello que ya no puede recuperarse. La asociación mantiene viva esa memoria mediante fotografías, vídeos, documentos y encuentros de antiguos vecinos.
Las dos historias no son equivalentes: el agua que anegó Alcorlo y el incendio de La Mierla responden a causas distintas. Pero en el trabajo de Agustín se encuentran en una misma preocupación: registrar las huellas que los cambios dejan sobre el territorio antes de que se pierdan sus detalles y sus recuerdos.
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Tras el incendio, la recuperación de la Sierra Norte requiere también actuaciones sobre el terreno. La Junta de Castilla-La Mancha anuncia trabajos hidrológico-forestales para frenar la escorrentía y evitar que las cenizas lleguen a los cauces y embalses, con estructuras como fajinas y albarradas para retener materiales y reducir la erosión. Son medidas destinadas a proteger el suelo y favorecer la restauración ambiental, una fase menos visible que las llamas pero decisiva para el futuro de la zona.

La flor que cierra Las cenizas de la esperanza no oculta el daño ni promete una recuperación inmediata. Es la imagen que Agustín sale a buscar después de semanas fotografiando la devastación. Medio siglo después de que el agua empezara a cambiar para siempre el paisaje de Alcorlo, vuelve a recorrer la Sierra con la cámara para dejar testimonio de otra transformación. Esta vez, entre las cenizas, encuentra una señal de vida.