10/03/2019 / 13:16
Ciriaco Morón Arroyo


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Antonio Machado

Para él la poesía era ‘palabra en el tiempo’. Según esta fórmula los versos deben expresar sentimientos sinceros del poeta que invita al lector a compartirlo.


El 22 de febrero se han cumplido 80 años de la muerte del poeta Antonio Machado en Colliure (Francia), la antigua Colibre cuando el Rosellon era todavía español, antes de ser anexionado a la república vecina por Luis XIV en 1659. Machado fue un gran poeta y, como todo gran poeta, gran pensador, aunque en esta faceta asoció su indiscutible originalidad, primero con Unamuno y luego con Ortega y Gasset. Mal estudiante, terminó el bachillerato a los 25 años; luego se fue a Francia durante algunas temporadas y aprendió la lengua francesa. Con ese conocimiento, pero sin grado universitario, logró ser catedrático de francés en el instituto de Soria (1907-1912). En 1912, cuando murió Leonor, su joven esposa, se trasladó a Baeza. Aspiró al instituto de Salamanca para estar cerca de Unamuno, al que admiraba como a un maestro (“Siempre te ha sido, oh rector de Salamanca, leal/ este humilde profesor/ de un instituto rural”), pero, como le recordaba Unamuno, al no ser licenciado, cualquiera con ese título tenía preferencia sobre él en un concurso de traslados. Por fin se matriculó en la universidad de Madrid y se licenció en 1918. Allí siguió en particular los cursos de filosofía de Ortega y Gasset. Solo tuvo un obstáculo: para licenciarse tenía que pasar un examen de latín y en esa materia, en la que no estaba muy versado, tenía que enfrentarse con el sabio y al parecer inflexible catedrático don Julio Cejador. Machado le pide a Ortega que interceda por él, y de hecho el problema se solucionó, porque consiguió su título. Publicó diversas versiones tres libros de poesía: Soledades, galerías y otros poemas (1907), Campos de Castilla (1912, 2ª ed., 1917) y Nuevas canciones (1924). Los “Proverbios y cantares” de Campos de Castilla en 1912 están escritos durante la enfermedad y a raíz de la muerte de Leonor y reflejan el sentimiento trágico de Unamuno. En cambio, los de Nuevas canciones son aforismos más especulativos y están dedicados a Ortega y Gasset: “El ojo que ves no es/ ojo porque tú le veas;/es ojo porque te ve”. Los idealistas (Valga Fichte, como el más exagerado) comenzaban su sistema partiendo de la experiencia del yo que encontraba su objeto dentro de sí mismo y lo proyectaba fuera como no-yo. Pues bien, Ortega rechazaba ese punto de partida desde 1914, y Machado acentúa la presencia de las cosas, o sea del mundo, enfrente de la conciencia humana; por eso, las obras de Abel Martín, uno de sus seudónimos, se titulan: Las cinco formas de la objetividad, De lo uno a lo otro, Los complementarios, etc. Para él la poesía era “palabra en el tiempo”. Según esta fórmula los versos deben expresar sentimientos sinceros del poeta que invita al lector a compartirlos. Toda experiencia pasada por el horno de un afecto convierte las realidades estáticas en zarzas ardientes, como la de Moisés. En ese horno los sustantivos y adjetivos se hacen verbos, expresiones temporales; por eso dice el poeta: “el adjetivo y el nombre, remansos del agua limpia, son accidentes del verbo en la gramática lírica”. En el fuego del corazón se abren en cada momento dos caminos posibles: encerrarnos en nosotros mismos en actitud angustiada o abrazar el mundo trabajando en él con entusiasmo; por eso canta: “Hora de mi corazón: la hora de una esperanza/ y una desesperación”. Como se ve, los versos citados demuestran que no solo fue un gran poeta, sino un pensador profundo en torno a la existencia humana y la naturaleza de la poesía. Ojalá el recuerdo de su muerte nos estimule a leer y gozar su inmenso legado.


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