“De rodillas bajo la cruz, la Pasión se hizo carne en el empedrado de Guadalajara”

03/04/2026 - 12:56 FCV

Ayer, pasada la medianoche del Jueves Santo, la plaza de Santiago Apóstol se convirtió en un escenario de sudor, silencio y fe. Los costaleros de la Cofradía de la Pasión del Señor, con túnicas moradas y capirotes blancos, se arrodillaron sobre las losas frías.

FOTOS: RAFAEL MARTÍN SOLANO

Las manos enguantadas apretaron las varas forradas de rojo y blanco. Un solo grito bajito -“¡arriba!”- y el paso de Nuestra Señora la Virgen de la Piedad se elevó temblando, con el Cristo muerto en sus brazos, rodeado de flores frescas que brillaban bajo los faroles.

Los cofrades, hombro con hombro, sintiendo el peso de la madera en los huesos y el olor a incienso y cera caliente que se pegaba a la garganta. El Grupo de Tambores de la Cofradía marcaba un ritmo seco, casi militar, mientras los dulzaineros Mahurotos arrancaban notas castellanas que se metían en el pecho. La noche era fresca, pero bajo el hábito sudában como si estuviéran en pleno agosto.

Delante iba Nuestro Padre Jesús de la Pasión, cruz a cuestas, y detrás el Cristo de la Expiración del Cementerio Municipal, con esa mirada de dolor. Y cerrando, la Piedad, hermosa, serena, como si consolara a toda la ciudad. Las mujeres de mantilla negra, con encajes que caían sobre los hombros y medallas de plata al pecho, seguían en silencio, con los ojos fijos en la Virgen. Algunas con lágrimas que no se secaban.

La procesión avanzó por Teniente Figueroa, Miguel Fluiters y la Plaza Mayor. Las fachadas antiguas se iluminaban con el vaivén de los cirios. Los balcones se llenaban de vecinos que no hablaban, solo miraban. En cada esquina, cuando los costaleros se arrodillaban otra vez para ajustar el paso, se oía solo el roce de las túnicas y algún suspiro contenido. La ciudad entera parecía contener la respiración.

Fue uno de esos momentos en los que la Semana Santa deja de ser un desfile y se convierte en algo visceral: el crujido de la madera, el olor a flores y cera, el calor de los cuerpos bajo el hábito y esa sensación de que, por unos minutos, todo el peso del mundo lo lleva el cofrade… y lo lleva con orgullo.

Cuando los pasos regresaron a Santiago ya casi de madrugada, el aire seguía cargado de incienso y emoción. Los costaleros se incorporaron con las piernas temblando, se abrazaron sin decir nada y se quitaron el capirote con respeto. La Virgen de la Piedad entró la última, como siempre, dejando en el templo un silencio que todavía se siente esta mañana.

Ayer no fue solo una procesión. Fue Guadalajara arrodillada, sudando fe y recordando que la Pasión sigue viva porque hay hombres y mujeres que se arrodillan para llevarla.