20/02/2020 / 22:06
Tomás Gismera / Historiador


Imagenes

Bustares, Navidad en las alturas

Las fiestas pastoriles alegraron la Navidad en las montañas serranas


A los pies del Alto Rey, entre las serranías de Atienza y del Ocejón, en medio de impenetrables bosques de roble, se alzan un buen número de pequeñas poblaciones, tan apartadas de los caminos popularmente conocidos que a pesar de haber perdido por ello el tren del futuro en las manos jóvenes de sus habitantes, han conservado un urbanismo y unas costumbres dignas de figurar en nuestras memorias, como resto, en no pocas ocasiones, de nuestro rico acervo cultural, que ha dado a los pueblos serranos de Guadalajara una riqueza, a veces impensable, dentro del folclore nacional.

Una de esas pequeñas poblaciones que al día de hoy ve mermar el número de sus habitantes es Bustares, uno más de esos pueblos de la Sierra Negra, capaz por sí solo de figurar en cualquiera de las rutas turísticas tan de moda hoy en cualquier parte, y desde cuyas alturas se alcanza a ver una buena porción de nuestra Guadalajara serrana, alcarreña y campiñera.

El calendario festivo de Bustares
El rico folclore de nuestras serranías, representado en muchas ocasiones por nuestras ancestrales botargas y las representaciones carnavalescas de vaquillas, diablos, zorramangos y mascaritas, no debe dejar en el olvido otras muchas representaciones rituales que tuvieron hasta no hace demasiados años un puesto de honor en la cultura primitiva de nuestros pueblos. Vaquillones, zarrones y zorramangos recorrieron las calles de Atienza hasta comienzos del siglo XX. Danzantes y rondas de El Ordial, y botargas, máscaras y mascaritas, la casi totalidad de una serranía hoy poco menos que despoblada.

También las calles de Bustares vivieron, desde tiempos ancestrales, como gusta escribirse de un tiempo acá, los ritos añadidos a los santos patronos invernales, San Antón con su cochino, o Santa Águeda, que recorría las calles del pueblo acompañada de la ronda de mozos. Una ronda común a la inmensa mayoría de las poblaciones de nuestro entorno, pues en la  mayoría de ellas salieron los mozos a tocar el pandero, el rabel o cualquier cacharro del que se pudiera sacar un sonido melodioso.

La vaquilla de carnaval fue igualmente común a muchas poblaciones de la hoy conocida ruta de los pueblos negros. Vaquilla que en algunos lugares experimenta pequeños cambios, como para distinguirse de una población a otra, adoptando en Villares de Jadraque el título de Vaquillones, al igual que en otras poblaciones a medio camino entre la Campiña y la Serranía. Manteniéndose, a pesar de ello, como una de las muchas señas de identidad del folclore serrano.

 

Como los vaquillones de Jadraque, las vaquillas estaban extendidas por toda la Serranía

 

Ha quedado en el olvido por muchos de nuestros pueblos una tradición que también tuvo en Bustares amplia celebración, el canto de los mayos y la plantá de la maya en el centro de la plaza, aunque se mantenga, como recuerdo del pasado, la Cruz de Mayo, la bendición de los campos que en otras poblaciones se celebra por San Isidro o Santa Quiteria.

Quedó en el recuerdo la octava del Corpus, como lo hizo la festividad de San Antonio, otrora fiesta grande en cuyo día los vecinos de la población, unidos a Las Navas y algunas otras, ascendían en romería, porque a ellos les tocaba hacerlo en este día, hasta las alturas nubosas en las que se alza desafiando a los siglos la ermita del Santo Alto Rey de la Majestad. Comenzaba para la Serranía, con el San Antonio de Bustares, tras la Ascensión de Albendiego, un periodo en el que, desde junio hasta septiembre, no faltaban romeros en la cumbre. Al día de hoy, y desde hace años, todos los pueblos se unen para ascender al alto el mismo día, lo que no resta folclore y tradición a la jornada.

 

En San Antonio, los vecinos de Bustares ascendían al Alto Rey


Los Mozos de la Machorra
Pero entre la amplia gama de costumbres tradicionales de estas poblaciones en los días previos a la Navidad, tenían lugar en Bustares, a mitad de camino entre las fiestas de mozos de carnaval, y ya desaparecida, una peculiar celebración centrada en Los Mozos de la Machorra, encargados de poner en estos días la nota colorista a las festividades invernales.

Se trataba de una más de las fiestas pastoriles que recorrieron la mayoría del espinazo serrano de las tres provincias que se unen por aquellos altos, las de Guadalajara, Segovia y Madrid, dejando por nuestro lado significativas muestras de tradición por Cantalojas con sus cencerrones; o por la Huerce o Bocígano. Aquí, unidos a la cabra, o el cabro, o la machorra, que de cualquier manera se denomina al animal endemoniado dominado por los mozos. Extendida celebración, la de la carrera o paseo del animal, desde la Alcarria, por Ruguilla, a las cercanías de la Campiña, por Membrillera.

En Bustares la fiesta se centraba en estos días navideños en los que por las calles la ronda cantaba villancicos y en la iglesia se celebraba el nacimiento del hijo de Dios.

El desarrollo de la fiesta venía a ser, más o menos, así: Se reunían los mozos quintos del pueblo en los días previos a la festividad de los difuntos, nombrando entre ellos a un alcalde de los mozos, un regidor, un alguacil y un ranchero, que integraban su propio ayuntamiento, acordándose al mismo tiempo la compra de la cabra, la machorra, una o dos, dependiendo de los quintos de cada año, que era adquirida por tradición ese  día de los difuntos, uniéndola a la cabrada del pueblo, al tiempo que se la iba engordando con berzas, coles o cualquier otro producto que era robado por los mozos en las casas del pueblo.

Para mantener a la machorra y al mismo tiempo reunirse ellos, alquilaban un local en el que el día de Nochebuena revestían a la machorra con lazos, cintas y campanillas, corriéndola por el lugar mientras los mozos hacían sus rondas de cantos navideños, acompañados con los sonidos de las guitarras, el rabel, almirez, bandurria, botella y laúd.

 

En la iglesia de San Lorenzo se centraba parte de la festividad navideña de Bustares

 

Tras esa ronda se mataba a la machorra, y esa noche, reunidos en el local, se comía la asadura, reservándose la carne para el día siguiente. Tras la cena, todos juntos y vestidos de pastores, con un caldero de migas, acudían a la Misa del Gallo, ocupando el coro e interpretando los cantos tradicionales alusivos a la noche, mientras daban cuenta del caldero de migas, que cogían con las manos.
Concluida la misa daba comienzo a las puertas de la iglesia la ronda nocturna de los mozos con el primero de los cantos:

A las puertas de la iglesia,
en nombre de Dios comienzo,
a cantar el primer verso,
al glorioso San Lorenzo.

La ronda continuaba con cantos alusivos por la casa del cura, del alcalde, y de aquellas otras en las que había mozas casaderas.

El día de la Pascua se comía la carne de la cabra, guisada por el ranchero, tras el aviso a los mozos por parte del alguacil, y bajo las órdenes del alcalde, encargándose el regidor de mantener el orden y cobrar las multas cuando no se obedecían las normas de coger bola (trozo de carne), hablar o guardar silencio.

Posteriormente se organizaba el baile con las chicas del pueblo, la rueda, bailes en tiempo de jota y por parejas, que se iban intercambiando, encargándose el regidor de que no se rompiese la rueda, dentro de la cual el alcalde de los mozos bailaba con todas las chicas que previamente habían pagado la cantidad asignada para hacerlo, concluyendo la jornada con nuevas rondas de calle en calle y puerta en puerta, finalizando estas con un característico relincho de los mozos, y una común despedida:

Se me olvidaba advertirte
lo caras que están las sogas,
y en vez de darnos unos realillos,
nos dieras un saco gordas…

Costumbre semejante, en torno a la machorra de la Navidad y su fiesta de mozos, con similares características, hubo por otros puntos de la Serranía, entre ellos La Vereda de la Puebla, La Miñosa, Semillas, Naharros de Atienza…  y tantos más.

Ancestrales costumbres que nos hablan del rito de los pasos de la juventud y de la mocedad, y de un oficio, el de pastor, tan arraigado en las altas cumbres serranas y que, de alguna manera, tanto nos ha de recordar a la Navidad, al menos, en los villancicos.


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