Consumo globalizado


Vivimos en una sociedad de consumo globalizada, que no encuentra sus valores, que se difumina ante la prepotencia del individuo que se despeña en su narcisismo.

Vivimos en una sociedad de consumo globalizada, que no encuentra sus valores, que se difumina ante la prepotencia del individuo que se despeña en su narcisismo.

Esta es una sociedad de la ignorancia, aupada a categoría de normalidad, se exhibe con cierto orgullo como aditivo de simplicidad, sencillez, hedonismo y conducta consumista. 

De buffet libre, si una afirmación no se puede sostener como verdad, se sostiene como opinión.

Son muchos los que se centran en el yo, obsesionados con su situación personal, descuidando las vulnerabilidades sociales, el cuidado por lo que es común, por las estructuras colectivas y las interdependencias.

Crece el narcisismo, más aún, que la obesidad, y es que se busca ser envidiado, no respetado; el orgullo, está siendo sustituido por la vanidad.

La tiranía de un ritmo de vida hiper acelerado pudiera ser una respuesta escapista a un final que sabemos espera, la muerte. 

El consumismo resulta rampante, el dinero vale más que el tiempo, se produce a destajo, y los sufrimientos, las desventuras, en vez de ser asumidos y trabajados, son ocasionalmente compensados, o eso se busca, con demandas excesivas, necesidades superficiales. Esta es una sociedad de exigentes clientes, y consumidores, que desde un posicionamiento de derechos entendidos, se olvida de ser ciudadano.

Una sociedad narcisista, inestable, en constante cambio, que fomenta el individualismo, aplaude la dedicación desmesurada a la imagen, sociedad de consumismo.

Que genera mercancías des-ligadas y personas des-quiciadas, no tiene escrúpulos en hipotecar el futuro de hijos y nietos. 

Consumidores 24h x 7 días a la semana, atendidos por vendedores, sirviéndonos de máquinas expendedoras, adquiriendo por internet. Perdidos ante el alud de la oferta. Consumismo como refugio, como evasión, una cultura neoindividualista, que busca estar libre de imposiciones del grupo, también el familiar que se desinstitucionaliza y privatiza, una individualización, también de la pareja, donde todo es revisable, negociable. 

Hemos de educar y educarnos en el Tú, el vosotros, el nosotros, como reequilibrio del Yo. Precisamos certezas esenciales, valores fundamentales para no diluirnos en el hedonismo, materialismo, consumismo, individualismo.

Seamos humildes, provenimos de la tierra y a ella inexorablemente volvemos. Entendamos que estamos de alquiler, heredamos la tierra y la cederemos a quienes nos continuarán. Reciclemos, seamos respetuosos, gustemos de cuidar, de mimar la Naturaleza, mares, ríos, cielos, tierras. 

Valoremos lo noble, lo leal, lo generoso; sepamos que lo que nos libera es el amor; que los ideales ilustrados son eternos. 

Empleemos la razón para intentar entender nuestro mundo, y la justicia y la compasión para la mejora de la especie humana.

En este futuro inmediato hemos de poner en el centro a la persona, e implementar la comprensión, el respeto, la empatía, el ritmo de vida más pausado, de mayor contacto con la naturaleza. En fin, busquemos acercarnos un poco más a aquello que de verdad deseamos ser. 

La forma de vivir la vida, de disfrutarla es hacer bien lo que hay que hacer, erradicar la crisis de vitalidad, la decadencia, generar energía para arrojar luz sobre lo desconocido, expandirse al compartir, no aceptar cualquier condición con tal de seguir existiendo, no pensar en morirse, ni un minuto antes de la hora.

Valoremos lo sencillo, lo humilde, lo bien hecho, sintamos que vivimos, seamos atrevidos, emprendamos distintas aventuras, instalémonos también, un limitador de deseos. 

  Disfrutemos de los placeres naturales como las obras de arte, la tertulia, las comidas, la música, el deporte, el trabajo creativo con las manos, el contacto con los amigos; y seamos indiferentes a los placeres innecesarios como la búsqueda del poder, de la fama, del dinero.