25/12/2018 / 12:32
Atilano Rodríguez


Imagenes

Contemplemos el Belén en silencio

Al contemplar el belén, deberíamos hacer silencio para escuchar lo que Dios nos dice a cada uno. Feliz día de Navidad.


La escena del nacimiento de Jesucristo ocupa un lugar central en la realización de los belenes que, durante el tiempo de Navidad, se presentan para nuestra devoción y admiración en los templos parroquiales, en las casas particulares o en otros lugares de nuestros pueblos y ciudades.

María y José, así como los pastores que se acercan al portal para adorar al Niño recién nacido, no pronuncian palabras ni expresan sus sentimientos. La escena se desarrolla en silencio y en actitud contemplativa.

Sin embargo, en esta escena, en medio del silencio, se nos dicen unas palabras que deberíamos conservar siempre en nuestro corazón y contarlas a los demás: Dios se hace Niño para que nunca nos sintamos solos. Esto quiere decir que, al contemplar el belén, deberíamos hacer silencio para escuchar lo que Dios nos dice a cada uno. Estas palabras sólo podemos entenderlas en parte cuando contemplamos el misterio del nacimiento de Jesús. Para comprender en su hondura y totalidad el misterio de la natividad del Señor, hemos de contemplarlo a la luz de los distintos momentos de su peregrinación por este mundo, pues el nacimiento de Jesús tiene su evolución y desarrollo en su vida, muerte y resurrección. El nacimiento es sólo el comienzo de la salvación de Dios que tiene su punto culminante en la resurrección.

Jesús, con su poder para curar a los enfermos, con su cercanía a los pobres y marginados de la sociedad, con las manifestaciones de predilección hacia los pecadores y con la acogida de los discípulos hasta la entrega de su vida en la cruz por todos los hombres, nos recuerda que más allá de los miedos, escepticismos y oscuridades, hay otra verdad.

Esa verdad consiste en que la soledad, la desesperación y la misma muerte quedan vencidas por esté Niño y por quienes, acogiéndolo como su único Salvador, tienen el coraje y la humildad de postrarse de rodillas ante Él en actitud de sincera adoración. De la adoración confiada nace la valentía y el ardor necesarios para presentarlo a los hermanos con el testimonio de las palabras y de las obras.

En la Navidad y durante el resto del año, pidamos al Señor que nos conceda la capacidad de escuchar y guardar en nuestro corazón su palabra dicha desde el silencio. Es más, oremos con fe a nuestro Dios para que nos ayude a vencer el miedo y el respeto humano. Así podremos decir estas palabras con convicción y alegría a nuestros semejantes, ayudándoles a mirar el futuro con confianza y esperanza.


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