El centenario de Sorolla, en Sigüenza

21/03/2023 - 09:06 Redacción

Este fin de semana, la bisnieta del pintor, Fabiola Almarza Lorente Sorolla, que tiene vinculación con Sigüenza, disertó una interesante conferencia sobre la vida y obra del autor, con especial atención a su presencia en Castilla

A lo largo del fin de semana Sigüenza ha celebrado el centenario  de Joaquín Sorolla (1863-1923) con dos importantes eventos. Por una parte Fabiola Almarza Lorente Sorolla, bisnieta del genial pintor valenciano, disertó una interesante conferencia en la que habló sobre la vida y obra del artista, además de mencionar también recuerdos familiares.

Por otro lado, ayer domingo se inauguró una exposición con en torno a treinta réplicas fotográficas de cuadros, bocetos o “tipos” del pintor, fotografías familiares y otros documentos, entre las que destacan una de “Castilla”, el gran cuadro que pintó para su mecenas, Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, junto a otros 13 paneles más de las diferentes regiones de España. La muestra se puede ver en la Casa del Doncel, de lunes a domingo, en horario de 11:00 a 14:00 horas y de 16:00 a 19:00 horas (hasta el 1 de octubre). 

Ambas iniciativas son posibles gracias a la relación de la bisnieta del pintor con Sigüenza, y a la colaboración con el Ayuntamiento. Tanto la conferencia como la inauguración de la exposición contaron con la presencia institucional de la alcaldesa de Sigüenza, María Jesús Merino, y de la concejala de Cultura, Ana Blasco.

Fabiola Almarza tiene una larga relación con la ciudad del Doncel. “Mi abuela Elena, tercera hija de Sorolla, veraneaba en Sigüenza porque su marido era el dueño de las fábricas de resina de Mazarete”, cuenta.

 Centenario de la muerte de Joaquín Sorolla

En la conferencia, Fabiola habló, en primer lugar, de la familia de Joaquín Sorolla, de sus padres, que murieron en una epidemia de cólera que se produjo en Valencia, de Clotilde García, su querida esposa, y de su suegro, el fotógrafo 

Antonio García, que tuvo mucho que ver “no solo en su trayectoria artística, sino también en su vida”, contó Almarza. 

Fue la tía del pintor Isabel Bastida, hermana de su madre, quien adoptó a Sorolla y a su hermana y los crio.  Su tío era cerrajero y los profesores de la escuela primaria le animaron para que llevara al joven Joaquín a la Escuela de Artesanos y dejara volar el talento pictórico, éste era reticente, porque pensaba que no iba a tener futuro como pintor. Como no podía ser de otra manera, el talento del pintor no pasó desapercibido, pasando a la Escuela de Bellas Artes de Valencia, donde empezó a desarrollar su dibujo.

Sorolla pintó diferente temática a lo largo de su dilatada y exitosa carrera, como  pintura histórica,  religiosa o de género. Gracias a su cuadro,  '2 de mayo en Madrid, Defensa del parque de artillería de Monteleón', Sorolla ganó el primer Premio Nacional de Pintura. Con el 'El crit del Palleter' hizo lo propio con la Beca de Roma concedida por la Diputación de Valencia, que le permitió viajar y formarse allí. Su estancia en Italia influyó tremendamente en su obra, como posteriormente también lo hizo durante  una segunda estancia su visita a Paris.

Su carrera fue creciendo, de manera que, en 1895 ganó la medalla de oro  con el cuadro 'La vuelta de la pesca', en los Campos Elíseos de París. Fue un hecho relevante, puesto que se presentaron a concurso unos 19.000 cuadros venidos de todo el mundo. Pero no sólo eso. En la Exposición Universal, que se convocó en la capital francesa en 1900, recibió por su  obra  'Triste herencia' el Grand Prix. 

Después de sus primeros éxitos internacionales en Francia, su carrera vivió un ascenso meteórico. Las galerías de arte más importantes de Europa se empiezan a interesar por su obra. Su primera gran exposición la hace en Paris, concretamente en la galería Georges Petit, en 1906, a la que lleva 497 cuadros. El gran éxito de público y ventas le permitió dar el salto a Londres, en 1908, concretamente en las Grafton Galleries. La experiencia resultó un fracaso comercial, pero fue, a largo plazo, positiva porque allí conoció a Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America de Nueva York, quien le haría los encargos más importantes de su carrera.

 

Huntington fue un hispanista americano que enriqueció la biblioteca de la Hispanic Society con libros y manuscritos de gran valor, objetos de arqueología y muchas otras valiosas piezas de arte “que entonces estaban a la venta, porque, 

una vez más, España estaba en crisis”, señaló Almarza. También le interesaba la pintura. Así fue cómo invitó a Sorolla a exponer, en 1909, en la biblioteca de la Hispanic Society of America.  Sorolla aceptó y viajó a Nueva York con su mujer, Clotilde, su hija mayor, María, y su hijo Joaquín. Su hija pequeña, Elena -la abuela de Fabiola- se quedó con sus abuelos en Valencia. Sorolla obtuvo un éxito arrollador en Nueva York.  Visitaron su exposición 160.000 personas, “que para un pintor que no era aún conocido, es una barbaridad”, explica Fabiola.

Su gran éxito le lleva a, de nuevo de la mano de su benefactor americano, exponer en Chicago y en San Luis, en 1911. Igualmente, Huntington le propone en ese año que decore su biblioteca con motivos españoles. Sorolla le convenció para que los motivos fueran las costumbres de cada región española, en lugar de escenas históricas como pretendía. En eso quedaron, y Sorolla empezó a hacer los bocetos de todo ello. Curiosamente, empezó por el panel de la antigua Castilla (actuales Castilla-La Mancha, Castilla-León y Madrid). Para crear bocetos y cuadros, viajó durante siete años por todo el país.  El primer pueblo que visitó fue Lagartera, en Toledo. A partir de él, recorrió la región, y  también Guadalajara, elaborando los esbozos del cuadro definitivo. Algunos se conservan en el Museo Sorolla, en la calle General Martínez Campos de Madrid.  En 1912 pasó por Guadalajara, concretamente por Jadraque, camino de Soria. En su relación epistolar con Clotilde, a la que escribía a diario cuando no viajaba con él, dice que “comió bien”. También se conservan unos dibujos de las tierras rojas de nuestra provincia. Y, en ese mismo año, viajó a la Alcarria, donde pintó unos “tipos” alcarreños. 

Con todo este material, pintó el gran cuadro de Castilla, en torno a una 'Fiesta del pan', porque consideraba que Castilla era trigo, era el granero de España. En el cuadro, coloca a todos los personajes vestidos con los trajes típicos de cada comarca. Es un cuadro enorme, de casi 14 metros de largo, por 3,5 de alto. De hecho, en la exposición recién inaugurada de Sorolla en Sigüenza,  muestra algunos de los personajes de manera individualizada que aparecen en él. Fabiola Almarza presentó algunos de los bocetos que se conservan en la Hispanic Society of America en Nueva York.  Huntington no solo le pidió los cuadros y los bocetos, también le pidió que comprar la indumentaria de cada provincia. En total, pintó catorce de estos paneles. Y para hacerlo, viajo por Aragón, donde estuvo en Huesca, en Jaca y en Ansó, por Barcelona, Valencia, Extremadura, Galicia y Andalucía, donde acabó en Ayamonte, interesado por las impactantes imágenes de la pesca del atún. Terminó la serie, que lleva por título 'Visión de España' en 1919. 

Los 14 paneles que la componen se conservan en la biblioteca de la Hispanic Society of America, cuyo mecenas también le encargó retratos de los más 

importantes personajes españoles. Así fue como pintó a todos los grandes de la época, empezando por su suegro, como fotógrafo, pero también a los reyes de España, a Manuel Bartolomé Cossio o a Emilia Pardo Bazán, como única mujer. Así, la Hispanic Society es el único sitio donde, salvo el propio Museo Sorolla de Madrid, se conserva la mayor cantidad de obra del autor. Durante este periodo, se mantiene muy activo y viajando con frecuencia a Valencia y a al norte para pintar sus playas.

En el año 1920, Sorolla sufrió una hemiplejia, cuando apenas contaba con 57 años, mientras pintaba en el jardín de su casa. Tres años después, fallecía, en agosto de 1923 en Cercedilla.  

Sorolla y Clotilde ya habían hablado de que la casa donde vivían en Madrid, en la calle del General Martínez Campos, 37, sería  después su Museo. Su esposa redactó su testamentaría donde donaba la casa, cuadros, muebles y documentación cuando falleciera. Clotilde murió en 1929. Un año después, el Estado Español admitió la donación. En 1931 la casa se habilita como museo, y en 1932, abre como Museo, hasta el día de hoy.