El científico que revoluciona la lucha contra el cáncer de páncreas y emociona a Guadalajara
En uno de los laboratorios del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO) ocurrió algo excepcional. Los tumores no se redujeron ni se estabilizaron. Desaparecieron. Y lo hicieron sin dejar rastro de resistencias, ese mecanismo que suele hacer fracasar los tratamientos contra el cáncer de páncreas, uno de los tumores más agresivos y con peor pronóstico.
.jpg)
El experimento, realizado en modelos animales, estaba dirigido por el equipo del investigador español Mariano Barbacid, referente internacional en biomedicina y responsable del Grupo de Oncología Experimental del CNIO. Junto a la científica Carmen Guerra, su laboratorio diseñó una combinación de tres fármacos capaces de bloquear de forma simultánea las vías que alimentan el crecimiento tumoral. El resultado fue una respuesta completa: eliminación total de los tumores y ausencia de recaídas.
No se trata todavía de una cura aplicable a pacientes. Los propios investigadores piden prudencia. Falta desarrollar uno de los tres compuestos necesarios antes de iniciar ensayos clínicos en humanos. Pero el hallazgo supone algo que la investigación oncológica llevaba años buscando: demostrar que el cáncer de páncreas puede desactivarse si se atacan a la vez todos sus mecanismos de escape. En una enfermedad donde la supervivencia a cinco años apenas alcanza cifras de un dígito, el avance abre una vía terapéutica realista.

El proyecto se sostiene en gran medida gracias al apoyo de la Fundación CRIS Contra el Cáncer, que financia ciencia a través de donaciones ciudadanas.
Familias, asociaciones y pequeños donantes que aportan cuotas periódicas para acelerar tratamientos que, de depender solo de convocatorias públicas, tardarían años en llegar. Esa financiación colectiva ha permitido que el grupo avance con rapidez y sitúe a la ciencia española en el foco internacional.
Detrás del investigador de bata blanca hay, sin embargo, una historia menos conocida y más cercana. Pese a trabajar en Madrid, Barbacid mantiene desde hace años una relación estrecha con Guadalajara, ciudad a la que regresa con frecuencia para impartir conferencias, participar en actos divulgativos y agradecer el respaldo social a la ciencia. Allí ha sido distinguido por la Fundación Siglo Futuro con el Premio Valores Humanos y Culturales y ha recibido reconocimientos institucionales del Ayuntamiento de Guadalajara, además de colaborar en encuentros organizados por la Fundación Ibercaja.

Quienes han asistido a esas charlas destacan el mismo tono: menos épica y más pedagogía. Explica que la ciencia es lenta, que los avances no son milagros y que cada ensayo necesita recursos. Habla de datos, pero también de personas. De pacientes que esperan. De familias que donan cinco o diez euros al mes. De cómo la financiación solidaria puede acortar años de laboratorio. Ese vínculo ha convertido su nombre en algo más que el de un científico invitado: en Guadalajara lo sienten como propio.
El hallazgo de su equipo, difundido por el CNIO y recogido por medios especializados, coloca ahora ese lazo local en un contexto global. Si los resultados se confirman en humanos, la estrategia podría convertirse en un nuevo estándar terapéutico contra uno de los tumores más letales. No es aún una cura, pero sí una esperanza científica tangible, basada en evidencias y no en promesas.
Mientras los próximos pasos se preparan en el laboratorio, el mensaje que recorre hospitales y asociaciones es sencillo: la ciencia española puede competir al máximo nivel cuando cuenta con apoyo. Y, en este caso, ese apoyo también tiene acento de Guadalajara.