El pueblo de Guadalajara donde el culto al amor no es solo cosa de San Valentín

14/02/2026 - 18:49 FCV

En este pueblo serrano el amor no se limita a una fecha del calendario. Aquí se escribe, se recuerda y se celebra como parte de la identidad colectiva. Coincidiendo con San Valentín, la Oficina de Turismo de Cogolludo y el Ayuntamiento de Cogolludo han dado a conocer el fallo del VI Certamen de Cartas de Amor y Desamor, una iniciativa literaria que confirma que en esta villa ducal el sentimiento sigue muy vivo.

No es una casualidad. La historia de Cogolludo está atravesada por relatos donde el amor ocupa un lugar central. Ya en el siglo XVI, el dramaturgo Lope de Rueda llegó a la localidad para representar una obra ante el III duque de Medinaceli, don Gastón de la Cerda. Durante aquella estancia, el autor se enamoró perdidamente de Mariana, una joven que trabajaba al servicio del duque. La historia tuvo final feliz: ambos contrajeron matrimonio en 1552, dejando para siempre ligada la figura del teatro español al nombre de Cogolludo.

Ese legado emocional parece seguir flotando en el ambiente. Lo demuestra la alta participación registrada en esta sexta edición del certamen, en la que decenas de personas han enviado cartas donde el amor y el desamor se convierten en protagonistas absolutos. Textos íntimos, reflexivos y cuidados que han puesto muy difícil la decisión del jurado.

Tras un exhaustivo proceso de lectura y valoración, el jurado -formado por Miguel Sopeña y Maite y Jesús López- ha determinado que el ganador de la edición 2026 sea José Sacedón Sanz, vecino de Madrid, por su carta titulada “El valor de la palabra dada”, un texto que destacó por su profundidad emocional y su calidad literaria.

Desde la organización han querido felicitar no solo al ganador, "sino también al conjunto de participantes, subrayando el alto nivel de las cartas recibidas y agradeciendo la implicación de quienes, con sus palabras, mantienen viva una tradición que une literatura, historia y sentimiento".

Esta es la carta ganadora:

EL VALOR DE LA PALABRA DADA.

"Pablo se levantó del banco donde había estado sentado. Alisó su uniforme de marino y estudió a la muchedumbre que a esa hora iba y venía por la estación de Atocha de Madrid. Buscaba con la mirada a la chica con la rosa roja en la solapa, cuyo corazón conocía perfectamente y cuya cara no había visto jamás.

Su interés por ella había comenzado trece meses antes. A él le gustaba ir a estudiar a una biblioteca. Un día, leyendo un libro, “El valor de la palabra dada”, vio en el margen de una de sus páginas unas notas que le impactaron. Estaban escritas con una letra que reflejaba una mente lúcida, y decían así: “Si el título de este libro fuera real no harían falta notarios, ni firmas, ni contratos, solo el honor y la palabra”. Al final, un nombre: Cristina de la Maza.

Invirtiendo tiempo y esfuerzo consiguió su dirección. Vivía en Barcelona. Le escribió una carta de presentación explicando cómo había llegado hasta ella, y que si le parecía bien le gustaría ser su amigo. Recibió su respuesta en poco tiempo; estaría encantada de verle cuando fuera a Madrid o él viajara a la Ciudad Condal. No tuvieron tiempo. Al día siguiente, Pablo recibió una notificación de la Escuela de Marina. Debía embarcar inmediatamente en el buque escuela Juan Sebastián Elcano para continuar su formación en alta mar. Estaría más o menos un año lejos de España. Él se comunicó rápidamente con Cristina, la informó de la nueva situación y de qué forma podrían escribirse a partir de entonces.

Durante el tiempo que duró la travesía siguieron carteándose. Al principio, espaciadamente y después casi todos los días. Cada carta que recibían era una semilla que caía en el corazón del otro. Era evidente que un romance comenzaba a nacer. Pablo le pidió una fotografía, pero ella se negó argumentando, que si estaba interesado por ella, su apariencia no debía importarle.

Por fin, después de trece meses, Pablo volvió de su viaje. Habían fijado para encontrarse en su primera cita la estación de Atocha en Madrid. Ella llevaría una rosa roja en la solapa de su vestido y él, al verla, la invitaría a cenar y la entregaría un ejemplar del libro causante de que ahora fueran a conocerse.

Eran las siete de la tarde. Había llegado la hora acordada. Comenzó a andar por el andén dejando ver claramente el libro. Una joven se acercaba hacia él. Era alta y delgada. Su cabello rubio y rizado caía sobre sus hombros. Sus ojos grandes, de color, azul recordaban el color del mar en un atardecer veraniego. Vestía un traje de color verde claro, y unos zapatos de tacón alto a juego. A Pablo le pareció lo más bonito que había visto en su vida. Tanto incluso, que ni notó que no había ninguna en rosa en su solapa.

Al llegar a su altura ella preguntó:

—Por favor marinero, ¿puede decirme si la salida de la estación está al fondo del andén?

Solo pudo contestar un “sí” que apenas se oyó. Entonces la vio. Detrás y casi tapada por ella, estaba Cristina. No había duda. Allí estaba la enorme rosa roja en su solapa. Era una mujer de no menos de cuarenta años. Tenía el cabello entrecano, peinado en una especie de moño sujeto en su nuca, sus anchos pies lucían unos zapatos bajos de color oscuro. Pablo volvió la vista. La chica del traje verde llegaba a la salida de la estación, alejándose. Sintió el impulso de seguirla y no presentarse a Cristina. Pero al mismo tiempo, deseaba conocer a la mujer que le había acompañado durante los últimos trece meses. Además, pensó: “No puedo traicionar mis principios. Nunca debe olvidarse una palabra dada”. Saludó y entregándole el libro dijo:

—Soy Pablo, tú debes ser Cristina. Estaría encantado de invitarte a cenar.

Estas eran las palabras acordadas, pero al pronunciarlas, se escaparon de su boca con un halo de amargura y desencanto. La cara de la mujer se ensanchó con una enorme sonrisa.

—Mira muchacho —contestó—. Yo no me llamo Cristina y no sé lo que os traéis entre manos. La muchacha del vestido verde, que acaba de pasar por aquí, me ha pedido que me pusiera esta rosa roja en el ojal de mi chaqueta y que, si tú me invitabas a cenar, te dijera que Cristina es ella, que valora mucho la palabra dada, y que te espera en el restaurante que hay cruzando la calle, justo a la salida de la estación.